Opinión

La cuchara

Fabada.
photo_camera Fabada.

Pocas cosas proporcionan más información sobre alguien que la frecuencia con la que se echa un puchero al coleto. No solo por razones nutricionales, que también, sino por el orden y concierto que trae consigo. Un hogar en el que al menos cada semana se haga un buen cocido, unas lentejas o garbanzos, una olla podrida, una fabada, un potaje o pote, es sin duda un lugar como Dios manda, en el que reina el sentido común y en el que resulta sencillo descubrir a personas equilibradas, además de bien alimentadas. La cacerola y la cuchara han hecho más por el ser humano que muchos avances científicos o técnicos, aunque nadie lo haya reconocido.

Procedo de una familia numerosa, en la que el menú se basaba en guisos de legumbres, carnes y verduras, días después reconvertidos en purés, a los que una tía mía llamaba finamente cremas. Su preparación la tarde anterior anunciaba el primer plato de la jornada siguiente, lo que revelaba una programación de los asuntos domésticos que siempre he considerado sumamente sugerente, por inspirar anticipación, predecibilidad y vacuna ante sobresaltos.

Los aromas de estos estofados evocaban esa estabilidad y continuidad tan necesarias. Es más, los bocadillos quedaban reducidos a las excursiones colegiales o a los interminables viajes veraniegos hacia el pueblo, porque no los volvíamos a catar a lo largo del año. El pitido de la válvula del perol a presión era como el tañido del campanario dando las doce, una melodía que serenaba al confirmar que todo seguía en pie, funcionando con normalidad.

La preparación de esta entrañable cocina precisaba de una liturgia alejada de las prisas. Antes de que un maño patentara la olla exprés, y de que su invento llegara a los fogones españoles, se requerían mañanas o tardes enteras para tener listos estos admirables condumios, de los que debía darse cuenta en la mesa como Cunqueiro recomendaba: despacio. Esto los convertía en algo respetable, digno de tomarse en serio, además de servir como extraordinario aglutinante de la prole al mediodía, a través del útil efecto cohesionador de su hervor y olor.

Este formidable panorama degeneró con motivo de la progresiva introducción de las denominadas comidas rápidas de origen yanqui en nuestra gastronomía, a lomos de una publicidad persistente que garantiza esos prósperos negocios multinacionales a los que les trae sin cuidado todo esto que aquí cuento. Aunque la autoridad continúe advirtiendo de sus nocivos efectos para la salud, sigue extendiéndose esa deplorable forma de comer -o mejor, de nutrirse- acertadamente adjetivada como basura, que desde luego nada tiene que ver con el noble y ancestral rito del puchero, al ser su mayor antítesis.

Una casa en la que no se haga uso de la cuchara con asiduidad, no es de recibo. Como tampoco lo es aquella que no mime como es debido el premioso proceso de elaboración de estas viandas, elevando el almuerzo al reposado apogeo de cada día.

La sustitución de la cuchara por las manos a la hora de comer nos ha devuelto, indudablemente, a la edad de piedra, por más que parezca un dechado de modernidad para aquellos que se alimentan como viven, sin pies ni cabeza.

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