Opinión

Los candados de París

Un puente de París.
photo_camera Un puente de París.

        París no es una ciudad monumental, sino un monumento toda ella. La transformación urbanística ideada por Haussmann no solamente zanjó allí una de las tradiciones francesas más características, las revoluciones, al convertir callejuelas medievales sucias y lúgubres en amplios bulevares imposibles de taponar con barricadas, sino que ha también propiciado la creación de una de las principales capitales del mundo, quizá la más bella, con mansardas o tejados grises de cinc utilizados antes como desvanes y hoy como formidables viviendas abuhardilladas.

        Como sucede con otras metrópolis contemporáneas, la Ville lumière es hoy un gran mosaico de razas y culturas. La alcaldesa es una gaditana de la que los taxistas te cuentan que le gusta dilapidar el dinero y que pretende que el transporte público sea pronto gratuito. El cosmopolitismo parisino se percibe en cada rincón, en una interminable torre de babel que ha postergado a la lengua de Molière, algo impensable hace un siglo. Las librerías siguen existiendo, con escaparates llenos de obras clásicas en ediciones viejas que es de suponer que se adquieran por los lectores. El pequeño comercio de ultramarinos o la frutería de barrio comparten espacio con las franquicias de moda o los cafés donde se puede comer un buen pescado, y cuesta encontrar oficinas de banco. Los lugares que atraen al turismo resultan intransitables a cualquier hora, en un flujo incesante que debe dificultar bastante residir en sus alrededores. Si te empeñas en balbucear su idioma, el francés te lo agradece con una sonrisa, incluso ayudándote con la pronunciación.

        Lo peor que le sucede al París actual es la proliferación de panolis que capta, en especial aquellos que por supuestos motivos sentimentales les da por poner candados en los puentes, en las papeleras, en las farolas, en las vallas y hasta en los urinarios públicos. Esta tendencia está resultando todo un problema que no solamente afecta a la Isla de Francia, sino que se extiende como la espuma a otros sitios de postín en el planeta donde estos apasionados candaleros actúan llevados por un ansia imperecedera de dejar su rastro por donde van. Como estas cerraduras se amontonan y se oxidan, caen luego al Sena, donde quienes navegan absortos en bateau pueden cualquier día despertarse del sueño parisino con un ojo morado o siete puntos de sutura en la coronilla.

        He leído, sin embargo, que las autoridades parisinas han puesto su atención en este delicado asunto y que de vez en cuando les da por retirar los candados y subastar a peso el metal. Pero la insistencia con que vuelven a aparecer apunta a otras soluciones más drásticas, como las clásicas sancionadoras o resarcitorias, con cámaras de por medio para disuadir al personal.

        Quienes ponen candados por doquier apuesto que son los mismos que recorren en patinete eléctrico en pareja todo París, jugándose el pellejo -especialmente ellas, que suelen ir delante-, entre autobuses, taxis o coches. Constituye todo un espectáculo observar las caras estupefacientes de las jóvenes que transitan por las avenidas parisinas delante de sus apuestos y temerarios pretendientes al manillar del patín. Mucho amor se debe tener para no salir corriendo tras un trayecto pilotado por estos alegres mocetones.

        París, en definitiva, siempre valdrá una misa y las que hagan falta. Salvo que acudan a ella estos zascandiles del amor al candado y al intrépido patinete sin control. 

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