Opinión

Los de antes

Leopoldo Calvo-Sotelo.
photo_camera Leopoldo Calvo-Sotelo.

Rondaba los veinte años cuando conocí a Leopoldo Calvo-Sotelo. Recorrí con él y con el jurista Ignacio de la Concha el Puente de los Santos cuando aún no estaba ni asfaltado. Mientras caminábamos esquivando el viento del nordeste por esa magna obra de ingeniería que terminó con el secular aislamiento de Asturias y Galicia, pude apreciar la talla del que fuera presidente, capaz de abordar con naturalidad desde los secretos técnicos de esa infraestructura hasta los vericuetos más desconocidos del convulso diecinueve español. En algunos encuentros posteriores confirmé esa primera sensación de estar ante alguien con categoría, con una personalidad muy alejada de esa imagen hierática con que los medios de la época quisieron caricaturizarle.

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            También tuve la fortuna por aquél tiempo de compartir momentos con Manuel Fraga, siendo eurodiputado. No he visto a nadie con un talento igual, saltando de tema en tema con indescriptible maestría, gracia y la rapidez del rayo. Fraga podía atender varias conversaciones a la vez y con un grado superlativo de elocuencia y rigor. Un verdadero ciclón, del que me ya me había advertido mi querido padre por un almuerzo que había mantenido con él. 

            Personalidades así no las hemos vuelto a tener en la política española. Las trayectorias de quienes se sentaban entonces en los consejos de ministros o en los escaños no admiten comparación con las de ahora. Ser ministro, diputado o senador era un timbre de honor, algo solo reservado para los mejores. Nada que ver con lo que sucede hoy, con carteras en manos de indocumentados sonrojantes, salvo notables excepciones. Los gobiernos y parlamentos de antes, de todos los partidos, estaban compuestos por lo mejorcito de la sociedad, y últimamente hemos optado por sujetos (y sujetas) de auténtica pena.

            Quien me tache de aristocrático en el sentido orteguiano del término no sabe de lo que habla. Para mandar no vale cualquiera. Ni para pilotar un avión o intervenir quirúrgicamente. Es sencillamente impresentable que existan aún representantes públicos que carezcan de las mínimas condiciones para gobernar o defender con propiedad las ideas de los ciudadanos. No es de recibo que dejemos en manos de gentes así estos delicados asuntos, porque el resultado a la vista está.      

            Que una nación permita que esto suceda, o en ocasiones lo aliente, certifica su profunda decadencia. La dichosa tendencia de bajar el nivel de los que se dedican a la política no responde, además, a la realidad de las cosas, porque ahora hasta el más tonto hace relojes y no queda ya pared donde colgar los títulos universitarios de especialista en algo. Por eso, hasta la cantinela de contar con parlamentarios o gobernantes que sean “como la gente” no se sostiene, porque aquí ya no queda nadie que no sea catedrático.

            No tenemos derecho alguno a quejarnos de la marcha del país mientras sigamos tolerando que hablen por nosotros o nos dirijan personas a las que no contrataríamos en nuestras empresas o a las que no pediríamos nunca consejo. Y eso mismo está sucediendo hoy en todas las formaciones, salvo una pequeña minoría que normalmente no tiene la voz cantante.

            Al menos en esto, cualquier tiempo pasado fue mejor, porque la mediocridad en la que estamos instalados es de las que mete miedo.

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