Opinión

Neofilia

Primera foto del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez.
photo_camera Primera foto del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez.

Algo tan inevitable como el cambio se ha convertido en eslogan adictivo en todos los órdenes, desde el cultural al político, pasando por el económico y social. “Por el cambio” fue aquel exitoso lema de campaña electoral que arrasó en 1982. En cuatro décadas de democracia hemos conocido la reiteración de esa expresión como divisa de modernidad, de adelanto o de progreso. Pero alcanzar esas ambiciosas metas nunca ha dependido del encanto de un término, sino de los fríos hechos, de ahí que tantas sociedades hayan protagonizado acentuadas involuciones en lugar de avances a lo largo de la historia.

La humanidad ha conocido cambios constantes, favorables o desfavorables, derivados del grado de razón aplicado a las decisiones determinantes que se han ido adoptando. Ningún pueblo ha dejado de experimentar transformaciones, aunque fueran mínimas, hacia mejor o hacia peor. También detrás de los cambios culturales ha habido siempre el pensamiento de un cerebro creador, como sostuvo De la Mora, si bien en cada generación procede comprobar el nivel de racionalidad de unas ideas estéticas respecto de las anteriores. En las principales ferias internacionales de arte, los medios no dejan de ilustrarnos a diario acerca de las novedades más impactantes, pero cualquiera en sus cabales puede distinguir en ellas monumentales tomaduras de pelo en forma de cigüeñal embadurnado con un pegote de purpurina encima. Las obras de calidad, clásicas o no, perduran, a diferencia de esas otras ocurrencias concebidas solo para llamar la atención.

Dependiendo del incremento, estancamiento o disminución que operen en la renta de una nación y de sus ciudadanos, calificamos igualmente a los cambios económicos como positivos o negativos. Y más aún cuando ese desarrollo es sostenido en el tiempo, alcanzando a la mayor parte de la población.

Pues bien, en política tampoco debiera haber diferente coyuntura. Para abrazar los cambios no resulta posible hacerlo sin conocer antes hacia dónde se va, sino solo cuando tenemos la completa certeza del rumbo y la manera de conseguirlo. Las naciones que han ido a mejor en época contemporánea lo han hecho sobre una solida división de poderes, a través de leyes objetivas y necesarias, sin querer imponer sesgados criterios ideológicos, reforzando además la institucionalidad pública, tecnificando a los cuadros dirigentes y profesionalizando a sus élites. Las que se han ido al pozo no han dejado de divagar sobre esas delicadas cuestiones, reabriendo debates absurdos y sobre todo planteando el futuro sobre palabras huecas, como esas que ahora tanto gustan y no dicen nada.

“Que sea para bien”, acostumbran a decir las buenas gentes del campo cuando se enteran de alguna noticia. Ningún viajero desconoce su destino, salvo el holandés errante. Solo los adultos infantiloides no cejan de estar en permanente alerta para comprar lo nuevo, lo que con acierto Konrad Lorenz bautizó en su día como “neofilia” y me acabo de enterar que científicos han confirmado al detectar en determinadas personas niveles altos de no sé qué enzima​. Es esta obsesión de hoy hacia lo nuevo y el cambio por el cambio lo que más cautiva, tal vez porque no se sabe lo que se quiere o lo que es peor, porque existe creciente incapacidad para querer algo razonable por el gran coste personal que supone solo ponerse a pensar en ello.

Digámoslo ya: lo nuevo no tiene que ser mejor por el simple hecho de ser nuevo. Antes al contrario, es preferible quedarse en tierra antes de embarcarnos hacia derroteros que ignoramos o sobre los que nos engañan, como a diario sucede con esos cantares de mañanas digitales, verdes, empoderadoras y transversales por la gloria de mi madre, como diría el gran Chiquito de la Calzada.    

 
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