Opinión

Nombres propios

Bebé recién nacido.
photo_camera Bebé recién nacido.

Me he llevado una alegría al comprobar la sensatez de los españoles a la hora de poner nombre a sus hijos. La última estadística confirma que a la inmensa mayoría los bautizamos como Antonio, José, Manuel, Francisco, Juan o David y a las crías como María, Carmen, Josefa, Dolores, Ana o Isabel. La relación es mucho más amplia, y recoge a los de toda la vida que guardan relación con los principales protagonistas del santoral católico.

En los últimos tiempos, a este catálogo tradicional se han ido sumando los nombres de procedencia de los inmigrantes que iban llegando a nuestro país; los de origen extranjero mal llevados al castellano -los célebres Brayan o Yesi, por el influjo del mundo del entretenimiento y sus celebridades-; así como aquellos otros de raigambre regional para reafirmar el fervor territorial de los padres de las criaturas. Lo que no sospechaba es que los extravagantes que tanto salen en la televisión y escuchas por la calle a conocidos o familiares fuesen tan minoritarios. Estas peculiares formas de nominar a los críos, algunas parecidas a las que usaríamos para denominar a las mascotas, parecen limitarse según datos oficiales a los que siempre pretenden llamar la atención con su excentricidad, condenando a sus chavales a vivir con un odioso sambenito hasta que puedan liberarse de él, si es que pueden.

Esto suele suceder por no pensar en el niño, sino en una idiota moda que, como cualquier otra, tiene fecha de caducidad. Esta pavorosa falta de sentido común, además, seguramente se volverá pasados los años en contra de sus responsables, porque cuando el chiquillo sea consciente de lo que le han puesto por nombre, reclamará con todo el derecho del mundo una explicación convincente a sus originales progenitores. Que se vayan preparando.

Es posible, no obstante, que lo que persigan con estos motes sea subrayar la futura personalidad del chico, en lugar de hacerlo aplicándose como es debido en su cuidada educación. Como es natural, no por poner a un hijo Einstein este se convertirá en un sabio, ni aun llamándolo Pitagorín, y no quiero dar ideas. Antes de decidir el nombre de sus hijos, debieran esas familias reflexionar seriamente qué les parecería a ellos llamarse de maneras tan ridículas, aunque temo encontrarme con alguna sorpresa desagradable, tal y como está el patio.

También, por cierto, ha sido abandonado en este asunto aquella bonita costumbre de utilizar el santo del día para quien llega a este mundo. En realidad, eso tenía sentido siempre que el venerado tuviera un nombre más o menos razonable, y no en otro caso. Aunque se trate de varones o damas de acrisoladas virtudes, que sin duda merecen perpetuarse por los siglos de los siglos, no parece del todo aconsejable registrar a alguien como Canuto, Potito, Panfilón, Fileto o Torpetes; o, para ellas, como Vereburga, Valberga, Teusetas o Cancionila. En el taco del Corazón de Jesús pueden encontrarse otros cientos de ejemplos.

Por más que haya libertad para ello, en fin, no hay derecho a comprometer el futuro de las nuevas generaciones poniéndoles nombres llamativos o extraños, teniendo como tenemos a miles hermosísimos y con profundo significado donde elegir.

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