Opinión

¡O tempora, o mores!

Congreso de los Diputados.
photo_camera Congreso de los Diputados.

Viejo asunto el de la hipocresía. El de los “sepulcros blanqueados”, como decíamos en casa, el de los que se dan golpes de pecho, pero son más malos que la quina. Siempre han rondado estos personajes a la pobre Iglesia católica, lastrándola, pero ahora frecuentan otros contextos laicos, como los que pregonan una igualdad en la que unos son más iguales que los demás, o quienes defienden con vehemencia la ética conservadora mientras desarrollan comportamientos incompatibles con ella.

Cada uno de estos repelentes fariseísmos cuenta con sus propias peculiaridades. Los de toda la vida no han cambiado, al continuar guareciendo a sus protagonistas bajo el rutinario paraguas canónico, sin poner excesivo celo en su puesta en práctica. Me pregunto a menudo cómo se las ingeniarán estas criaturas para purgar tales faltas, en el entendido de que sean conscientes de ellas, algo no descartable a tenor de los autoengaños con los que a veces conviven. El gran peligro de estos elementos sigue pasando por considerarlos serafines en lugar de ángeles caídos, merecedores sin duda del mayor pellizco de monja. Quien muerda esa manzana huirá a partir de entonces de ese incienso convertido en azufre como el gato escaldado del agua fría.

El impostor político, sin embargo, no solo comparte esta doblez, sino que la tiende a considerar intrascendente. Ser coherente, en la actual coyuntura relativista y de liquidez de pensamiento, sirve de bastante poco, de ahí que las notorias incongruencias entre lo que se predica y se hace no logren sepultar electoralmente a quienes así se conducen, que siguen dale que te pego con denuncias de vicios ajenos, pero muditos cuando se trata de sus conmilitones. Consejos vendo y para mí no tengo, como recuerda el refranero.

La más moderna modalidad de trapacería es, de todos modos, la que se extiende en el ámbito más conservador, en forma de desajuste entre lo que se defiende con ardor guerrero y se olvida de llevar a la realidad. En esta categoría se ubican quienes alardean cada segundo de moralidad por el wasap, pese a acumular toneladas de basura en el cuarto trasero de sus bondades. Esta distorsión cognitiva resulta muy popular entre este segmento de población, al que también le atrae más predicar que dar trigo, como se puede apreciar hasta en algunos de sus líderes, que, de santidad, la mitad de la mitad, como igualmente evoca la sabia paremiología castellana.

Cuando las ideas dejan de guiarnos y sirven como meros argumentos de torneos de debate universitario, suceden estas cosas. Y, en especial, cuando los que pisan las tablas políticas son unas formidables mediocridades que hablan y hablan para no decir nada y hacer mucho menos. De ahí que la congruencia personal o la naturalidad que envuelve a la verdad sean ya cosas anticuadas y extravagantes, que practican apenas un puñado de tontainas que no se han enterado aún de qué va la historia en estos tiempos de embeleco y trampantojo, en los que se ha de ir con pies de plomo para que no te la claven cuando menos te lo esperes.

¡O tempora, o mores!, repetiría hoy Cicerón. ¡Qué tropa!, soltaría de nuevo Romanones.

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