Opinión

Scruton

Roger Scruton.
photo_camera Roger Scruton.

A un par de horas de Londres en coche, no muy lejos de Bath o de Bristol, se encuentra el pueblecito de Brinkworth, en plena campiña inglesa. Su paisaje lo tiene todo: suaves lomas, pequeños riachuelos y ese intenso verde genuinamente anglosajón, con cercados de madera o setos que protegen extensas praderas y pequeñas granjas de caballos o primorosas casas de campo. No podría concebirse otro escenario para la despedida a uno de los grandes del pensamiento universal, Roger Scruton, al que tanto agradaban bucólicos panoramas así y al que hace un mes un fulminante cáncer de pulmón le salió al paso a los setenta y cinco años de edad.

Conocí a Scruton por sus ensayos políticos y por sus intervenciones públicas colgadas en la red. He de reconocer que me costó superar mi primera impresión de él como un nuevo esnob británico, pretencioso y pedante, con aire ligera y calculadamente desaliñado, sobre todo en su poblada cabellera pelirroja, que los años blanquearon. Sin embargo, pronto comprobé la hondura de sus reflexiones y la sensacional cultura que había detrás. Quienes lo trataron confirman ese espíritu polímata de Scruton sin pizca de dandismo, capaz de conversar con conocimiento de causa sobre lo divino y lo humano, desde la enología a la arquitectura, de los cigarros a la música, o de la estética al arte, como acaba de recordar en su obituario Mario Vargas Llosa.

El tradicionalismo de Sir Roger Scruton se cimentaba en las esencias de las sociedades para que estas pudieran sobrevivir a largo plazo. Y en la idea básica de que siempre es más fácil destruir que construir las cosas buenas, pero nunca más racional. Sus criterios, no obstante, no le impedían reconocer que solo puede ser conservado aquello que lo merece además de que para conservar hay también que reformar, como sostenía Burke, pero nunca al tuntún sino operando cuidadosamente sobre los sillares que han posibilitado la creación de cualquier nación.

Aunque sus planteamientos estuvieron enraizados en la angloesfera, donde ser conservador continúa siendo un timbre de honor, pueden asimismo extenderse a otros contextos. Especialmente sugerentes, por ejemplo, me parecieron los dos elementos que a su juicio definían a esta ideología en la actualidad: la lucha contra la dictadura de la corrección política y la amenaza del islamismo extremista. A la primera, con su creciente limitación de la libertad de expresión por el insufrible puritanismo supremacista progre que padecemos y por el estúpido énfasis en la culpa occidental sobre cualquier asunto, dedicó Scruton pasajes sublimes en su vasta producción, tal vez de lo mejor que se ha escrito en relación con esa fatalidad contemporánea.

Quien busque llenar de razón su forma de pensar, sin apriorismos ni tópicos, tiene en los libros de Roger Scruton una formidable guía. Su acentuada defensa de la tradición no se funda en rancios clichés formales, sino en unas raíces intelectuales bien profundas y en un amor incondicional a la patria y a lo mucho que esta representa. No hay tampoco en sus postulados intención partitocrática o coyuntural alguna -como de hecho demostró oponiéndose con ardor al Thatcherismo liberal surgido en las filas tories-, sino un férreo convencimiento de que solo a partir de lo que un país ha sabido levantar a lo largo de los siglos resultan posibles sus avances.

En tiempos en que el huero y ubicuo liberalismo actual ha ocupado el lugar del maduro conservadurismo democrático, alérgico a los radicalismos o populismos y con una dilatada historia de éxito a sus espaldas en el templado gobierno de los pueblos, toca sin duda retornar a sus fuentes ideológicas primarias, esas que Sir Roger Scruton tanto supo engrandecer y ennoblecer.

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