Opinión

Todo bajo control

Equipo sanitario frente al coronavirus
photo_camera Equipo sanitario frente al coronavirus
Se hace preciso tomar muy en serio los datos que proporcionan las autoridades chinas sobre esta pandemia, porque desde el inicio han dado muestras sobradas de transparencia. Debemos seguir haciendo caso a sus estrategias contra el contagio, o de sus estadísticas oficiales con curvas y picos, porque han sido desde siempre ejemplares a la hora de atajar sus propios problemas sanitarios y de evitar su propagación por los cinco continentes. Los sofisticados programas de salud alimentaria y de higiene ciudadana que lleva años implementando esa intachable democracia son todo un modelo para la comunidad internacional, con mercados populares repletos de exquisitas ambrosías limpias como los chorros del oro y que han conseguido convertir en comestible para humanos aquello de lo que ni los animales más hambrientos se alimentan.

Hemos de estar también en deuda perpetua con la benemérita jerarquía china por sus repetidos gestos de solidaridad fraternal con el mundo una vez desatada la epidemia, por sus altruistas suministros de materiales para la prevención o la atención hospitalaria, gratuitos y en perfecto estado de revista, incluso ofreciendo al resto del planeta generosas indemnizaciones por los daños ocasionados. Nunca podremos devolverles tanta filantropía.

Es asimismo un grave deber colectivo el de seguir aquí con suma atención y especial esmero lo que vayan disponiendo quienes están al mando de la crisis, porque hay que convenir que la están gobernando con el brío y acierto del capitán Aubrey en Master and Commander. Han acertado plenamente con la fórmula legal para combatir la plaga y con los diversos decretos que no han ido improvisando, porque su objetivo era terminar con la plaga aunque fuera a costa de acabar con el país. Han colmado con inusitada rapidez los sanatorios de medios punteros y actuado con inusual celeridad al meter a la población en sus casas a lavarse las manos, apenas cinco días después de recomendar que salieran a las calles a denunciar un aciago heteropatriarcado nada empoderador que nos traía de cabeza y que por eso resultaba obligado rechazar multitudinariamente.

Por eso y por otras muchas más cosas que no cabe recordar ahora, tenemos que continuar guiándonos por esos grandes timoneles que están sabiendo sacarnos de esta nueva plaga oriental y librarnos del más importante atolladero de los últimos tiempos. No se me ocurre cómo podremos agradecer tantos desvelos por nuestra economía, desde el pequeño autónomo a la gran empresa, mientras combaten sin descanso la infección informando con germánica exactitud sobre los pronósticos más razonables de su evolución, que si no han tenido más éxito es por circunstancias difíciles de pronosticar. Ha de reconocerse que es harto complicado extinguir a la vez una peste y una nación con tanta celeridad y eficacia, un logro al alcance de pocos.

La claridad de las normas ha sido otra de las inequívocas conquistas de quienes mandan. La enorme seguridad jurídica que nos ha proporcionado el boletín oficial se estudiará en las facultades de derecho, en especial por las sesudas excepciones al confinamiento domiciliario, con esas aglomeraciones al mediodía en el supermercado y esos salvoconductos a los esenciales dejando en casita a los accidentales, por desempeñar los muy tunantes servicios residuales a la sociedad, aunque fueran altos investigadores en ciencias superferolíticas. Conseguir que los perros sin bozal paseen a sus dueños con él puesto, lo recordaremos sin duda de por vida.

La fortuna que hemos tenido al contar con la mejor generación política de la edad contemporánea es algo que serena mucho en plena tempestad. La colección de formidables líderes nacionales y extranjeros que dirigen hoy nuestros pueblos, salvo los desafortunados casos de Alemania y Suecia, es toda una garantía de tranquilidad en una época tan delicada para la tierra. Menos mal que contamos con los mejores en los peores instantes.

Las estamos pasando canutas, pero no me quiero ni imaginar qué sucedería de no estar al frente las lumbreras que tenemos y que afortunadamente lo mantienen todo bajo control.

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