Opinión

Todo es nocivo

Un supermercado.
photo_camera Un supermercado.

La pandemia ha desatado una neurosis sobre la salud de órdago. Ya antes de su llegada era habitual que los medios reflejaran avisos más o menos apocalípticos relacionados con ciertos alimentos y sus perniciosos efectos en el organismo, tantas veces con indisimulada intención denigratoria por los cultivadores de otros diferentes. El eco internético se ha ocupado de multiplicar por mil estas advertencias, incluyendo consejos dietéticos todo lo justificados que se quiera, pero olvidándose de satisfacer al paladar.

Nuestros abuelos tiraban al menos de experiencia cuando se referían a los hábitos nutricionales inadecuados. El refranero está plagado de dichos que apuntan a la bondad o maldad de unas u otras comidas. Así, “el arroz con tomate y la patata cocida alargan la vida”; “ni al estómago eches grasa, ni tengas a la suegra en casa”; “caldo de gallina es reconocida medicina”; “el rábano, es malo para el diente y peor para el vientre”; o, en fin, “si quieres ver a tu marido enterrado, dale a cenar carnero asado”. Nunca sabremos de dónde habrán sacado estas ocurrencias los primeros que las cascaron en la plaza, la tasca o el lavadero del pueblo, pero las hemos tenido como ciertas durante siglos, y en ello seguimos.

Ahora, sin embargo, no es la espontánea sabiduría popular la que condena o ensalza a unas u otras hortalizas o frutas, sino unos manipulados sabiondos que nos ilustran a diario de los horrores de unos productos que, de ser ciertas sus funestas conclusiones, habrían conducido hace tiempo a la desaparición del género humano de la faz de la tierra, porque nos los llevamos metiendo en el buche desde que el mundo es mundo. 

Los lunes, toca censurar al plátano y a la patata, pero alabar a la banana y a la batata, por sus mayores propiedades onomatopéyicas y porque empiezan las dos por la letra b. Los martes es el día en que a estos pelmas les da por zumbarle al garbanzo y a su malvada producción de gases, en contraste con la chía, que es sin duda mucho más rica en sustancias minerales aunque no sepa a nada. El miércoles la cita es para la cerveza y el vino, siendo en semanas alternas vituperados o encumbrados dependiendo de la estación del año. Jueves y viernes los reservan estos enteradillos para atizar a las conservas, sanas o insanas a tenor de su precio en la lonja. Y el fin de semana lo culminan con los envasados, invariablemente objeto de las diatribas de estas incorregibles cotorras alimenticias de suplemento dominical.

No digo yo que no haya gran verdad en todo este gatuperio pseudocientífico, pero siempre me he preguntado la razón por la que quienes han estado generaciones y generaciones comiendo tan sumamente mal no han resultado nunca afectados por ello, como más atrás he apuntado. Tal vez esté en un error y hayamos sufrido sin enterarnos una extinción como la de los neandertales, pero permítanme dudarlo.

Cuando viajo a países con niveles de renta discretos, me suelo encontrar con numerosas personas entradas en años que se mantienen en perfecto estado de revista pese a consumir guisos o brebajes que jamás se me ocurriría ni oler. Puede ser que hayan llegado a viejos por suerte, pero también por hacer caso omiso a esos petardos marisabidillos nutricionales, que no hay quién los aguante.      

Como es natural, a nadie en su sano juicio le da por tomar cicuta o amanita phaloides, salvo en los mercados chinos, en los que cualquier cosa puede pasar. Pero pregúntense si esas permanentes y obsesivas matracas mediáticas sobre el resto de comestibles animales o vegetales, tantas veces cambiantes de un día para otro sin saber porqué, responden a estrictas exigencias de salubridad o más bien a estrategias mercantiles inconfesables de promoción o contraprogramación de unos u otros alimentos, que algunos gaznápiros aceptan como autos de fe o como si se tratara de terminantes órdenes ministeriales.

Vivir mata bastante y comer también, como pronto comprobarán los plastas que insisten en sustituir la tarta al güisqui por la de cardamomo con grosellas, aunque esta sea más saludable que aquella. O no. 

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