Lunes 18/12/2017. Actualizado 01:00h

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Bombas y mentiras sobre Libia

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Basta con utilizar el sentido común para desenmascarar las macabras contradicciones que envuelven el discurso oficial de Occidente a propósito de su guerra de rapiña en Libia. Es cuestión, simplemente, de plantearse unas elementales preguntas. ¿Por qué no se ha podido presentar ni una sola prueba de los supuestos bombardeos del Ejército de Gadafi contra su pueblo, que fue el argumento empleado por las potencias imperialistas para justificar su intervención? ¿Por qué se permite a la OTAN vulnerar flagrantemente la resolución 1973 de la ONU, que sólo le facultaba para imponer una zona de exclusión aérea? ¿Por qué los rebeldes y sus aliados occidentales han sido la única de las partes en conflicto que ha rechazado todas las propuestas de mediación internacional para buscar una salida pacífica a la crisis? ¿Tan bajo ha caído la humanidad como para asumir sin rechistar que la protección de la población civil pasa por bombardear hospitales, escuelas, hogares, canalizaciones de agua o estudios de televisión? ¿Por qué los grandes medios han ignorado o minimizado las matanzas de mujeres y niños provocadas por los misiles de la OTAN? ¿Por qué satanizan la figura de Gadafi al tiempo que dignifican la del sátrapa feudal de Qatar, principal mecenas de esta operación bélica? ¿Por qué ocultan o pasan de puntillas sobre el decisivo apoyo a los rebeldes de determinados servicios de inteligencia occidentales, instructores militares de Francia y Reino Unido, mercenarios y yihadistas de Al Qaeda? Si el líder libio es el tirano que nos cuentan y el pueblo está contra él, ¿cómo es posible que con un ejército relativamente pequeño haya resistido durante seis meses la implacable ofensiva de la poderosa coalición que respalda a los rebeldes? ¿Qué razón hay para dar crédito a quienes falsearon la verdad con el fin de invadir Irak, y cuyo historial está plagado de sangrientas ocupaciones militares y conspiraciones golpistas?

Entre tanto, la sociedad occidental se encuentra cómoda en ese estado de ignorancia, más o menos consciente, en el que le ha sumido la maquinaria de propaganda del sistema. Mejor no pensar y mirar para otro lado. Las élites capitalistas, que con su ilimitada codicia provocaron la crisis y que ahora planean hacer negocio de ella, controlan ya no sólo el poder económico, sino también el político, el militar y los grandes medios de comunicación. La democracia es hoy una mera ilusión, un espejismo que se desvanece en las dolientes arenas del Sahara.

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