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Ciudadanos a la deriva

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Hará unos cuatro años, Arturo Carlo Quintavalle, catedrático de Historia del Arte en la Universidad de Parma (Italia) realizó unas declaraciones en las que hacía notar, como estudioso del tema, que la Edad Media era una civilización en la que se producía el diálogo entre culturas. Exponía cómo en ciudades occidentales e islámicas existían los barrios hebreos y los barrios cristianos que convivían pacíficamente y esto sucedía en todo el Mediterráneo. Igualmente, afirmaba que este medievo había sido eliminado de las enciclopedias.

El profesor Quintavalle decía que la cultura occidental ha cometido un gran error al olvidar sus propias raíces y se encuentra ante un mundo islámico absolutamente ideologizado cuyos integrantes están dispuestos a morir por sus ideas. Es necesario recuperar del medievo tanto la tolerancia como el saber vivir y luchar por un ideal. Según él: “Estamos en una situación absurda en la que de lo único que se habla es de mantener el flujo del petróleo… No vemos a las personas y éste es el gran problema. Por eso a mí me gustaría creer porque, a menudo, los laicos intentamos hacer cosas por el colectivo que a un cristiano, creyente de verdad, le salen naturalmente. Lo que importa es creer lo suficiente en algo para llevarlo a cabo con todas tus fuerzas. Pero, hoy, no se cree en casi nada y se invierte el mínimo empuje para hacer las cosas, y eso, nos deja muy solos.”  Él considera un signo de nuestros días la carencia de dignidad intelectual y la falta de fuerza interior, existen un gran número de personalidades débiles.

Efectivamente, hoy puede hablarse de la abundancia de personalidades débiles, de seres humanos que van a la deriva, influidos por corrientes de opinión que están dirigiendo sus vidas a través de la televisión, el cine, la radio, la prensa y la publicidad. El hombre y la mujer contemporáneos, creyéndose independientes, se dejan arrastrar por las modas e ideas más peregrinas. Muchas personas, en el momento en que interrumpen sus múltiples actividades, se topan con el vacío, pueden llegar a darse cuenta de que están siendo dirigidas a no-se-sabe-dónde ni para-qué.  Es un relativismo sin contenido, es una carencia de convicciones que lleva a adoptar conductas regidas por los códigos y reglas que el medio les impone pero que ellos no han elegido conscientemente. La verdad es que se asemejan a los borregos de una manada.

Los “mass media” representan una civilización que huye de lo que es esencial de la vida humana. Puede afirmarse que no reflejan la realidad sino que, más bien, la construyen.  Claudio Magris habla de la victoria actual de un “totalitarismo blando y cordial capaz de promover  -a través de mitos, ritos, consignas, representaciones y figuras simbólicas- la autoidentificación de las masas…El totalitarismo no se confía ya a las fallidas ideologías fuertes sino a las gelatinosas ideologías débiles, promovidas por el poder de las comunicaciones.”

Se está construyendo un tipo de ciudadanos, dominados por la información continua, que valoran más el conocimiento y control de datos que los valores éticos.  Los cambios vertiginosos que se han producido en la tecnología, también se han producido, dramáticamente, en un gran número de personas que han desembocado, finalmente, en el vacío existencial. Y no está mal tener en cuenta lo que dice el escritor José Morales en su libro “Fidelidad”: “Subyace en el mundo del pensamiento una idea pervertida del hombre y de la mujer como seres que se agotan en un haz de instintos y no están ordenados a ningún tipo de trascendencia. Es un resultado híbrido de la psicología de Freud, la novelística del Ulises y los postulados del existencialismo nihilista.”

Creo que resulta lógico admitir que los principios morales fundamentales son los mismos para todos. Pueden considerarse estos ejemplos básicos y elementales: suprimir deliberadamente una vida inocente, dormir con la mujer del vecino, burlarse de Dios, y robar son malos para cualquiera, independientemente de las creencias de cada uno ya que suponen, realmente, un sustrato moral común. Y, sin embargo,  expresiones como “mi moral”, “tu moral”, están en boca de casi todos y el tópico reinante es “no debes imponer tu moral a nadie”.

Yendo al fondo de la cuestión, con sinceridad y sin subterfugios, las verdades morales comunes siguen siendo claras para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Nuestro problema colectivo puede ser el siguiente: nos hemos colocado al margen, fuera de la racionalidad. Nos cuesta admitir, entre otras cosas, que la ley natural es el “manual de instrucciones” para que el ser humano funcione y llegue a buen fin. No viene mal detenerse a pensar en estas palabras de George Orwell: “Nos hemos sumergido hasta una profundidad en que el re-planteamiento de lo obvio es el primer deber de los hombres inteligentes.” Creo que la función de pensar, reflexionar y elegir libremente es un derecho y un deber del ser humano.

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