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El Contador de historias: “La Profecía”

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“Caminaba el hombre un frio y lluvioso día de finales de Noviembre de 1976. La reunión se había convocado para la ocho de la tarde. Mientras caminaba, con cierta ligereza, pensaba cómo se encontraba en aquella situación y momento. Todo debido a una llamada tres años antes, cuando ya se preveía que quien gobernaba la nación desde hacía 34 años estaba llegando a su fin, como sucedió dos años después. Llevaban ya un año con la monarquía en la jefatura del estado, y se debía dirigir al país a hacia la democracia. La reunión tenía precisamente ese objetivo: como lo iban a hacer, que método emplear, y que lo aceptasen las diferentes sensibilidades políticas, algunas de ellas larvadas en los últimos años.

Otras dieciséis personas formaban el grupo junto con él. Consideraba que los otros eran personas de relevancia en la política, el pensamiento o las ciencias en la sufrida nación, y discurría como había llegado a formar parte del grupo. Más la realidad es que así era. Eran dieciséis los años transcurridos desde la primera e incipiente revuelta en la que participó cuando era estudiante, allá en el sur donde se crio. Luego el traslado a la Capital para continuar los estudios. Los primeros contactos “políticos”, y los primeros “movimientos”… Con estos y otros recuerdos se encontró subiendo en el ascensor que le conduciría al lugar de la cita.

Después de saludar a los ya presentes y una corta espera de los que faltaban, comenzó la reunión puntualmente.

El primer tema a tratar fue la reciente aprobación de La ley para la Reforma Política, que se sometería a Referéndum en los próximos días. Sobre el resultado de éste no se tenían dudas. Era el primera paso de “la ley a la ley a través de la ley”. Ahora tocaba programar los siguientes para que el sistema funcionase y se asentase definitivamente. Al cabo de múltiples propuestas y debates sobre las mismas, se llegó a dos conclusiones básicas: la primera, las iniciales elecciones estaba claro que las ganarían los conservadores o derecha moderada. La segunda, la alternativa sería la izquierda y, cuando alcanzase el poder, debería ejercerlo de forma hegemónica sin dar lugar a “frentes populares”. Serviría para desmitificarla contribuyendo para que se asentase una democracia moderna.

Por último en la elaboración final de la Constitución, convendría que estuvieran como ponentes representantes de todas las sensibilidades políticas, tanto de derechas como de izquierdas e igualmente aquellos que representasen a las regiones catalana y vasca. Serían los padres de la Constitución. El proyecto en consecuencia era: “derecha, izquierda, derecha”.

Llegado el momento de votar, se quedó pensativo. Al verle la cara de preocupación le preguntaron el motivo. Aparentemente sin pensarlo, contestó sin una duda:

Vamos a sentar a una mesa bien provista a unas personas hambrientas, no muy bien educadas; que se pueden comer de mala manera la comida, romper los platos y acabar destrozando la mesa. Ese es el peligro que corremos y que correrá la nación, que no sepan responder a la generosidad e incluso que sean desleales a lo que se pone en sus manos.

Era madrugada ya. El plan se había aprobado por unanimidad y regresaba a casa preocupado y sorprendido por el atrevimiento de lo que había expresado. Le salieron del corazón y del alma, y ahí quedaron como enquistadas sin saber por qué”.

Volvía a caminar por las mismas calles, ahora más despacio, y volvía a ser una tarde en anochecida, lluviosa y del otoño, pero transcurridos cuarenta largos años. En esta ocasión regresaba de una comida con antiguos compañeros de promoción de la Facultad, y a su mente acudió aquella otra. Dos veces en el tiempo transcurrido gobernó la izquierda y las dos veces quedó el país degradado en sus valores y arruinado económicamente. En la última lo dejaron además con el veneno del odio y del separatismo inoculado en sus venas. La nación no había aprendido la lección en su totalidad. Y aunque en los últimos tiempos gobernaron los conservadores para sacar a la nación de la postración en que quedó, se estaba corriendo el riesgo de que volviera la izquierda cuando todavía se encontraba convaleciente. Y es que la soberbia y la ambición desmesurada de poder, son la mayor corrupción que puede invadir a cualquier ser humano.

De todas formas siempre quedaba la esperanza de que algunas palabras y pensamientos no se conviertan en una profecía, y si no es así, que ésta siempre sea para bien. Y a la vista de los hechos que estaban sucediendo, acudieron a su mente aquellas otras: el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado.

 

J. R. Pablos

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