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Cultura de la muerte

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Un bebé nacido en Sevilla ha sido utilizado para curar a su hermano mayor, gravemente enfermo.

En primer lugar, es muy triste - por decirlo suavemente - que ese bebé recién nacido sea tratado como una cosa, que sea querido como instrumento para curar más que por lo que realmente es: una vida individual e irrepetible.

Además, y más importante que lo anterior, hay que tener en cuenta la cantidad de embriones – quince -  que han sido destruidos en el camino. Embriones a los cuales les corresponde la misma dignidad que al “bebé medicamento” y al niño curado.

Parece claro, para cualquiera que tenga un mínimo de sentido común, que el niño que ha nacido pasó  antes por el mismo estado embrionario que todos aquellos que se obtuvieron en el proceso. En consecuencia, los que se han destruido eran también vidas humanas. En sus primeros pasos, pero vidas humanas.

Y el fin de curar a un niño no justifica la destrucción de otras vidas, aunque sean pequeñas, aunque no se vean… ¡Son vidas humanas! ¡Se está curando a un niño dejando por el camino a muchos más. 

Los medios de comunicación  nos muestran imágenes almibaradas de los felices padres besando al bebé que se ha usado como “aspirina”, vistiendo de color de rosa y de gran avance científico algo que no es más que muerte y destrucción.

Muerte y destrucción hacia la que parece encaminarse una sociedad que - adocenada, engañada e ignorante -  no sólo lo acepta sino que recibe la noticia con alborozo y regocijo sin reparar en los quince embriones destruidos, en las quince pequeñas vidas tiradas al cubo de la basura.

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