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Tras la DUI y el artículo 155, llegó la jornada electoral del 21-D y el primer dato que arrojó, además de la alta participación, signo de la real preocupación con que se viven el momento actual político en Cataluña, es que la sociedad catalana está fracturada: 2.059.065 votos (47,50%) a favor de opciones independentistas y 2.204.922 votos (52,50%) a favor de opciones no independentistas. Los apoyos independentistas se mantienen en el umbral de los dos millones de votos, si bien se observa que la representación que logran en el Parlament viene en ligera caída desde 2010, cuando alcanzaron 76 escaños, por los 74 de 2012, los 72 de 2015 y los 70 de éste 2017, sobre los 135 de la cámara autonómica catalana, al margen de los efectos de la ley d’Hondt.

Más allá de que haya sido la primera vez que un partido de los denominados constitucionalistas haya vencido en unas elecciones catalanas, a través de Ciudadanos y su cabeza de lista, Inés Arrimadas; es de destacar el resultado dentro del ámbito independentista, donde el enésimo cambio de siglas y nombre de la histórica herencia de CDC y el pujolismo, esta vez bajo la marca PdeCAT, ha sabido volver a dejar en evidencia a las encuestas y superar a ERC, quien confiaba conseguir, en esta ocasión, su segundo mejor resultado electoral, tras el de 1932 (en plena II República) cuando alcanzó 56 escaños, del total de 85 del Parlament entonces, después de haber sabido maniobrar, sin excesivo desgaste, en el Govern presidido por Puigdemont, y que los sondeos, hace un mes, la situaran como fuerza ganadora, dejando a sus socios en JxSi en la cuarta o quinta posición en la pugna electoral, según los estudios de intención de voto por entonces.

Quizás una palabra explica mejor que nada lo ocurrido desde la aplicación en Cataluña del articulo 155 de la Constitución y convocar las elecciones del 21-D: épica del victimismo; y es que el electorado independentista entre elegir a un preso en la cárcel de Estremera, a pesar de la honestidad demostrada al optar por no asumir el articulo aplicado, ni renunciar a sus pronunciamientos respecto a la DUI (no cómo hicieron otros de sus compañeros en el Govern e incluso la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, para sí conseguir su libertad), prefirieron apoyar a quien sí huyó y evitó cualquier responsabilidad sobre sus actos; en una elección, sin duda, respetable, pero que supone toda una alegoría en sí misma. Parece evidente que en la épica del procés cotiza al alza el “exilio” vía huida, frente a la cárcel, a pesar del honrado rechazo que Junqueras hizo de la árnica que le fue ofrecida, sí aceptada por otros compañeros, y es que visto lo visto parece claro que, en este ámbito, gusta mucho más el espectáculo que la coherencia.

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