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La voz del lector

Gritos e insultos en el Calvario

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                Sólo con la muerte de Cristo se hizo el silencio en el monte Calvario. El silencio convertido en llanto, en dolor y pena, acompañó al sepulcro el cuerpo muerto de Jesucristo.

                Sólo cuando la obra redentora de Cristo haya alcanzado al último elegido, el Calvario se descubrirá rodeado, transformado en silencio. El silencio convertido en gloria y gozo de la Resurrección.

                “Los que pasaban por allí lo insultaban moviendo la cabeza y diciendo: “Bah”¡Tú que destruías el templo y lo edificabas en tres días, sálvate a ti mismo y baja de la Cruz”. Del mismo modo los sumos sacerdotes y los maestros de la le se burlaban de él…Los que estaban crucificados con él también lo insultaban” (Mc 15, 29-32).

                Gritos e insultos se suceden sin interrupción, y continuarán hasta el fin de los tiempos. Y Cristo seguirá clavado en la Cruz, recibiendo los insultos, escuchando los gritos, hasta que su palabra “Todo está consumado”, convierta la realidad del pecado más recóndito de la vida del hombre, la llene de su Luz, y abra el alma a la Gracia y a la Gloria de Dios.

                ¿Por qué?

                Los insultos cambian de matiz, de tono. Las palabras apenas varían. El lenguaje del hombre es muy limitado, y ni en el bien ni en el mal alcanza niveles creativos sublimes.

En la algazara del desconcierto por la Muerte en la Cruz del Hijo de Dios hecho hombre, todos alzan la voz hacia Dios, el Enemigo. Y unen sus voces, los Pilatos de todos los rincones de la tierra que defienden sus abusos de poder, preguntando “¿Qué es la Verdad?”.

Todos los Herodes del mundo, que no soportan la mirada de Cristo ni en el rostro de un niño, ni en el rostro de un Crucificado a muerte. ¿Les aviva en el alma la conciencia de la Verdad de servir? ¿De que el poder si no es servicio es abominable?

Todos los “malos ladrones” de la tierra, que al cabo de los años de corrupción encuentran sus manos llenas de podredumbre, miseria, soledad; y no soportan el Perdón que la mirada de Cristo les ofrece desde la Cruz.

“No me redimas”, parecen gritarle, “¿Quién te da derecho a morirte por mí?; ¿Qué quieres, que yo te ame, te pida perdón, porque te dices Dios y mueres por mí? Tu muerte es cosa tuya, no mía”. Y sus gritos se pierden en el infinito abismo vacío –en el infierno-soledad- de su espíritu.

Cristo permanece clavado en la Cruz.

“Y toda la gente que había asistido al espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba dándose golpes de pecho” (Lc 23, 48).

 La Cruz de Jesucristo seguirá alzada en el Calvario hasta la mirada del último hombre sobre la tierra, para recibir el último desprecio del hombre, la última mirada despectiva del hombre que echa en cara a Dios el Amor con que lo ha creado, el Amor con el que le ha redimido, el Amor que solo puede abrirle las puertas del Cielo.

Cristo, clavado en la Cruz espera paciente esa mirada; en la esperanza de que quien le contempla, quien le mire, se convierta, abra sus ojos a la luz de Sus ojos, y no se cierre dentro de la miseria de su oscuridad, dentro de las puertas de sí mismo, dentro en su propio Infierno.

“Señor, Ten misericordia”.

Hasta el fin del mundo elevarán su mirada a la Cruz todos los que han encontrado a María Santísima en su “via crucis”, todos los “buenos ladrones” que no han tenido vergüenza de presentarse en toda su miseria ante Dios, todos los pecadores arrepentidos, todos los publicanos que esconden su alegría, su dolor, su amor en un rincón escondido de un templo, y que apenas osan elevar los ojos ante Cristo crucificado.

Todos, como un coro de ángeles, le dirán:

 “Acuérdate de mi cuando estés en Tu reino; que toda mi vida es Tu recuerdo, Señor”.

Y Jesucristo les sonreirá desde la Cruz, y les dirá en gozo ya de la Resurrección:

“Hoy estaréis conmigo en el Paraíso”.

                                                               Ernesto Juliá Díaz

                                                               Sacerdote y escritor.

                (“Anotaciones de un converso” y “El santo de lo ordinario”, ed. Cobel, son dos de sus últimos libros)

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