Martes 21/11/2017. Actualizado 01:00h

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La voz del lector

Historias del “colocao”

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-¿Qué tal está fulano?

-Muy bien, está a punto de jubilarse.

-¿Y qué tal sus hijos?

- Muy bien, los dos están “colocaos”, uno en el Gobierno X y el otro en la compañía H.

Esta conversación hipotética la hemos escuchado muchas veces en voces de diferentes personas y refleja excepcionalmente bien la forma de pensar de un país. El “colocao”, el estar “colocao” es una palabra de difícil traducción a otras lenguas, sin equivalente directo en otras idiomas. No estamos hablando de buscar un trabajo, o de encontrar empleo, hablamos de colocarnos, de estar “colocaos” como una condición superior, como un status privilegiado.

Casi podríamos decir que “estar colocao” tiene relación con el trabajo de forma tangencial, es más una forma de vida, una manera de pasar por el mundo incluso opuesta a algunas formas de trabajo. El “colocao” huye del riesgo, de la precariedad, es un orgullo para sus padres y una seguridad para su pareja; casi podríamos decir que es opuesto al trabajador autónomo y enemigo del emprendedor. El “colocao” no está interesado tanto en el empleo, más bien le encanta detentarlo y aprovecharlo. El “colocao” no es sexista porque a día de hoy hay muchos “colocaos” pero abundan las “colocadas”, va al lugar del trabajo, pero no siempre trabaja. El objetivo básico del “colocao” no es tanto trabajar, producir o dar servicio al cliente, su objetivo prioritario es seguir “colocao” y hacerlo aún a costa del país, su empresa y las generaciones posteriores. El “colocao” siempre está atento a mejorar su condiciones y privilegios de casta hasta su jubilación, lo antes posible y eso sí, con el 100% del sueldo. El “colocao” puede cambiar de coche, de pareja, divorciarse, casarse pero nunca dejará su trabajo. El “colocao” es miembro de una casta, de una secta privilegiada en la que es difícil entrar, pero una vez dentro no salimos ni con agua hirviendo.

Esta figura no es un fenómeno nuevo; ha estado presente en nuestra historia de quijotes desde siempre. Es un personaje fácilmente identificable en la novela picaresca o en la figura del hidalgo alejado del trabajo manual y dedicado a menesteres de más alta consideración. Está tan presente en nuestro subconsciente colectivo que hasta Carlos III tuvo que publicar un decreto por el que se consideraba digno el trabajo manual. ¡Quien no deseó tener un dormidero en el Ministerio!, que así se llamaba durante las década de los 50 o disponer de unas rentas concedidas por la Corona con las que poder disponer de tiempo y prestigio para dedicarse a otros más nobles oficios.

Este sigue siendo un país de castas y privilegios donde cada casta trata de proteger su propia parcela de protección y donde lógicamente existen diferentes categorías de “colocaos”. El “colocao” pata negra vive normalmente del presupuesto público y adopta la forma de funcionario, con sus 35 horas a la semana, sus moscosos y sobre todo su seguridad a prueba de bomba. Dentro del funcionario también hay categorías, Hay mucho “colocao” en la universidad, en la sanidad, en los sindicatos o en los partidos políticos. Conviene no engañarse, porque “colocaos” hay en compañías privadas; es una forma de interpretar su desempeño laboral en términos de echar la mañana, fichar y cumplir. El “colocao” está bien como está, no quiere cambiar, le encanta la regulación y huye de todo lo que suponga globalización, mercados libres, viajar, competencia y apertura. Ya está bien como está, para que cambiar, que se arriesguen otros, que inventen otros, que se metan en líos otros: el “colocao” ya está seguro, ya tiene su pedazo de cielo en la tierra.

Luchar contra esta mentalidad no es fácil, es tan difícil que hasta hemos creado una palabra propia y diferente para reflejar una forma de vida. Contra esta forma de mentalidad se puede luchar o se puede fomentar. Tengo la sensación que el sistema político que hemos creado acaba fomentando esa figura y lanza un mensaje de refuerzo claro. A muchos de estos “colocaos” tampoco les afecta la crisis, al contrario, le suben el sueldo, los precios bajan y sus hipotecas también… todo un éxito, son la envidia de familiares y amigos y de no digamos de pequeños autónomos que ni venden, ni cobran.

Eso sí, no nos engañemos, esta situación aquí descrita significa un fracaso colectivo como país y un reflejo de un sistema político en decadencia y caduco. Una sociedad que desprecia el riesgo, la iniciativa, el esfuerzo, la movilidad, la apertura, el creer en el individuo y su capacidad de forjarse a sí mismo es una sociedad decadente. La crisis ha empezado a evidenciar esa situación, desgraciadamente golpeando a los más débiles con más paro y peores servicios públicos. Por ahora los “colocaos” siguen a lo suyo, la cosa no va con ellos… por ahora.  

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