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Tratado de Lisboa: el macramé checo

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Hoy 3 de noviembre de 2009 el presidente euro escéptico de la República Checa ha ratificado con su firma el Tratado de Lisboa, sucesor de la fallida constitución europea. A costa de desposeer, una vez más, de sus derechos legítimos a cientos de miles de alemanes.  

El hecho comienza en 1945. Tras los conocidos sucesos durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania y en Europa, ya sujetos a reparaciones de guerra y ajustes compensatorios de las víctimas, incluidos los campos de trabajo, es el momento en el que plantea en caliente, entre 1945 y 1948 la deportación masiva de alemanes hacia la República Federal de Alemania, pues los que se fueron a la oriental, acabaron por cruzar la frontera hacia el oeste. Más de 3 millones y medio de alemanes fueron expulsados por las nuevas autoridades de Polonia, Checoslovaquia y Hungría. Asimismo los checoslovacos expulsaron a buena parte de la minoría húngara, de la zona oriental del país.  

La guerra y sus consecuencias parecían haberse borrado del mapa, sobre todo tras la caida del muro de Berlin y la reunificación de las dos Alemanias en 1990, pero es en 2006 cuando la sorpresa llama de la mano del presidente polaco, reclamando reparaciones de guerra a la canciller Ángela Merkel. La reclamación de que no se aplique la declaración de derechos, de las personas, claro, del propio tratado, con el fin único y exclusivo de eludir la responsabilidad checa en la salvaje, brutal y masiva agresión a un conjunto de familias que venían viviendo por generaciones, más allá del nacionalsocialismo, en sus países, con normalidad, no hace sino revelar lo que nos queda por recorrer para alcanzar la unidad europea efectiva.  

Nuestra Europa, casa común de los que creemos en el legado común de miles de años de evolución y agregado y suma cultural de los diferentes pueblos que estamos o han podido venir al viejo continente, debe ser capaz de cicatrizar las heridas, siendo consciente de que la memoria histórica nunca debe poder ser sesgada, y siempre debe dar cabida a todas las memorias para que el relato común se corresponda a la realidad. Todas las víctimas lo son, incluidos esos 3’5 millones de alemanes desplazados al final del conflicto, aún 60 años después, sin siquiera reparación moral, que mas que nada, es el elemento central, pasado tanto tiempo.  

El Tratado de Lisboa, que entrará  o bien en Diciembre o en Enero de 2010 en vigor, es una nueva herramienta para avanzar, un paso más, en una integración europea, que no es la que nos gustaría, por otros motivos también, pero aquí dejar constancia de la clara voluntad de superar las trabas establecidas y reivindicar la memoria de todas aquellas víctimas de los totalitarismos, y señalar que no es excusa la existencia de un mal previo para justificar otros de similar o diferente talla. No puede haber excepciones. La denuncia de todas las violaciones de derechos humanos debe ser global, como lo es su defensa, la defensa de todos y cada uno de los derechos humanos, proclamados en múltiples declaraciones legales, también en la declaración de derechos del Tratado de Lisboa.  

Ahora sería buena oportunidad de preguntar al reelecto presidente de la Comisión Europea, dado que han logrado sus objetivos, a que precio lo han logrado, y si merecía la pena tal camino, y si no había alguna otra vía para avanzar en el logro de nuestra Europa.  

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