Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

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El búho y el burro

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Cuentan que un búho escapó de su cautiverio. Y que se volvió al su robledal. Dicen que su regreso convocó la curiosidad de todos los habitantes del bosque. Todos querían conocer cómo se organizaban los humanos. Así que la rapaz se lo explicó. Hizo saber a toda la fauna del lugar que los hombres habían logrado alcanzar cierto equilibrio pacífico. Y que ya no empleaban la fuerza bruta para decidir quien era el más indicado para gobernar la tribu. Que lo hacían por sufragio universal. La exposición del noctívago fue aplaudida por todos los animales de aquel paraje que inmediatamente acordaron ponerla en práctica. Y es que hacía ya algún tiempo que, desde la rata almizclera hasta la calandria, todas las bestias se disputaban el título de mejor cantor de la montaña. Así que el mochuelo no lo dudo. Y organizó un concurso al que se inscribieron todos los residentes del bosque, y en el que, una vez finalizado, tendría derecho a introducir en una gran urna un pequeño papel con el nombre oculto del elegido.

Y dicho y hecho. Subieron al escenario. Silbaron. Trinaron. Arrullaron. Pero lo más importante: votaron a continuación.

El primer apunte del recuento se anunció con toda solemnidad. ¡Compañeros!, ululó el búho, ¡el primer voto es para nuestro amigo el burro! La perplejidad, no sin algún tímido aplauso, se apoderó del auditorio. Segundo voto, continuó la rapaz: ¡el burro! Tercero, ¡el burro! Cuando la noche terminó, el asno fue proclamado el mejor intérprete de la circunscripción. Cada animal, para defender su propio aullido o rugido, había decidido votar al menos cualificado de los concursantes. Solo la papeleta del burro, que apostó por el urogallo, evitó la unanimidad. Se murmura que desde entonces el bosque ya no es el mismo. Que han vuelto a imponerse las peleas, muchas veces a muerte. Que el borrico cantarín no ha dejado de rebuznar ni un solo minuto. Y que el búho, desterrado, se culpa por no haber incluido una jornada de reflexión previa al sufragio.

Parece que en las últimas elecciones hemos cometido el mismo error que los habitantes del bosque. Esperemos que los diversos representantes sean capaces de permitir gobernar aunque sea al burro y no nos hagan pasar por otra experiencia como la de la fábula.

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