Lunes 21/05/2018. Actualizado 14:21h

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La voz del lector

En julio toca imaginación

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Los jueves milagro, y los domingos mentira. Y si no, a los hechos me remito. Este fin de semana, en Santiago de Compostela, Alfredo Pérez Rubalcaba ha asegurado que España tiene un pequeño margen en el contexto de la crisis económica ya que está mejor que estaba hace dos años (lo dirá por sus amigos y/o conocidos). Se pone la túnica de gala, nada por aquí, nada por allá, dos velas y en su bola de cristal ve una luz al final del túnel que le permite asegurar que sabe lo que tiene que hacer para crear empleo.

Su sabio discurso tiene su aquél, ya que invita a pensar que joder con el caballero, que si conoce la forma a qué está esperando para empezar a generar trabajo y cumplir con su obligación, que para eso está ahora donde está, que no deje para mañana la faena de hoy, que después ya se verá donde paran su cara y su desvergüenza. No entiendo cómo tiene los arrestos suficientes para decir cosas como ésta sin que se le descomponga el cuerpo. Es un exponente máximo de la calaña de vividores y embaucadores de mercadillo que han arruinado y continúan arruinando el país.

Ahora resulta que el delfín de Zapatero (aunque parece más un congrio) se va a esforzar en explicarle a la gente que sabe lo que tienen  que hacer él y su banda para crear empleo. Me parece muy bien aunque, ya que estamos, podría aprovechar el viaje y contar por qué no están aplicando sus mágicos remedios hace tiempo, en vez de guardárselos para ganar unas elecciones. Si es que hay que tener cuajo; o te partes el pecho a reír o le prendes fuego al sistema. Encima, no contento, don Alfredo fabula con un programa ejecutable que contendrá medidas que todo el mundo vea que se pueden llevar a la práctica para resolver el gran problema que tienen los españoles, que es el empleo.

Es que no lo puedo soportar. Rubalcaba es el modelo de político a expulsar de las instituciones. Mentiroso, manipulador y embustero. Dice que es de los que piensa que cuando los ciudadanos se quejan de los políticos, de lo que se quejan es de una determinada forma de hacer política. Aquí acierta en parte; evidentemente el ciudadano se queja de la forma de hacer política que desarrollan, entre otros, estafadores públicos como él. Pero también la ciudadanía abomina de estos miembros de la sociedad, servidores de lo propio, que han convertido la política en su negocio, que se burlan de la democracia conduciéndola a bastón por donde les interesa, y que no saben hacer otra cosa más que extraer de la sociedad a la que deben su posición todos los beneficios que puedan engordar su hacienda, ciscándose sobre la responsabilidad entregada con libertad por el pueblo soberano, y destruyendo cualquier asomo ético que pudiera ennoblecer su profesión.

Oportunistas que venden duros a peseta y que se agarran con los dientes a lo que sea con tal de seguir en la medra. En Galicia, a Rubalcaba le tocaba hablar de ayuntamientos (que no pueden pagar ni proveedores ni nóminas), emprendedores (que no consiguen un crédito de los bancos socios del gobierno y corresponsables del desastre)  e hipotecados (que no pueden pagar ni piso ni pan, pues sin trabajo no hay ingreso ni ahorro ni puñeta que comer). Y cuando acuda a otro sitio a predicar su pastoral, nuevas historias y divertidos cuentos brotarán de su imaginación para recibir el aplauso incondicional de los acólitos de un vicepresidente del Gobierno que seguirá  mintiendo esté donde esté y vaya donde vaya, pues se siente impune y todopoderoso. Estamos servidos.

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