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Una misionera en Bolivia

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Sucede que a menudo utilizo la escritura como un hilo que hilvana palabras, intentando expresar de este modo momentos vividos que imborrablemente marcan la trayectoria personal. Aterrizando en una realidad que hace dos meses se tornaba como extraña, aún no encuentro la forma más apropiada de comenzar a relatar esta experiencia.

Supongo que el deseo incontenible de entrega a quien menos tiene constituye un rasgo de identidad de la propia personalidad. De este modo, desde hace varios años como quien aguarda un gran deseo anhelaba poder salir hacia uno de los países más pobres no tanto para “dar”, sino acompañar vidas y así valorar la propia. Cuando a mediados de este curso escuché la propuesta: “Cuet Joven Bolivia”, no pude evitar manifestarme con una sonrisa de “oreja a oreja”. Empecé a soñar despierta y desde ese momento a luchar por dicho sueño, ahorrar dinero de donde no sabía y sobre todo convencer arduamente a mis padres de que no estaba loca.

Terminé los exámenes con la mirada puesta en Bolivia, comentando a los más cercanos la noticia y pidiendo colaboración tanto a los amigos como a la parroquia. Todo lo que hiciese falta nosotras intentaríamos llevarlo.

Llegué a mi casa el cuatro de julio, como loca preparando maletas y recogiendo medicamentos, material escolar, enseres de higiene, etc. Cinco días más tardes ya no podía dormir, estaba nerviosa y desconcertada ante lo que podría llegar. Por tanto, el insomnio se convirtió en reflexión: “con la sencillez de Cristo servidor”. Me proponía como reto que la clave estuviera en la sencillez, en el hacer sencillo; de Cristo, a su manera pues de él surge la invitación a “seguirle”; y en el servicio, dónde sea, cómo sea y a quién sea.

El lunes, diez, a primera hora en el aeropuerto de La Palma, dejamos a nuestros padres con lágrimas en los ojos. Y partimos hasta Tenerife, allí se reuniría todo el equipo que viajaba desde España (Pino, Josefina, Ana, Inma y yo, Elena).

Las Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia, repetían su experiencia organizando Cuet Joven. Antes de salir en Madrid, en nombre de toda la Congregación nos enviaban a la misión teniendo por certeza que desde la distancia estarían unidas a nosotras.

Tras casi veinticuatro horas de viaje y con cinco horas de diferencia de nuestra tierra, llegamos de noche a Cochabamba aún sin saber bien lo que allí nos esperaba. De camino al cerro dónde nos quedábamos parecía que nos habíamos metido en un libro que hablaba de “desorden y carreteras sin asfaltar”.

Tuvimos una acogida increíble tanto por parte de las Hermanas que allí trabajan (Carmen, Julia, Mª Elena, Mirna y Juani) como por el Padre Mario. Y especialmente de los habitantes, los habitantes de Tijti y San Miguel que cariñosamente nos llamaban “hermanitas”.

En la primera semana nos ocupamos de la organización del Cuet Joven `08 a la vez que esperábamos ansiosas la llegada de nuestras compañeras chilenas (Paola, Pamela, Jacqueline, Mónica y Claudia). Centramos nuestra misión de Tijti, un cerro “más rural” en el que estaba comenzando la parroquia, en la elaboración de un censo de toda la población, lo cual implicaba una visita a cada familia de la zona. Además, nos dedicamos a trabajar con los niños a través de títeres, canciones y juegos para de este modo inculcar hábitos de higiene. Con las mamás elaboramos talleres de manualidades con la finalidad de que lo que allí aprendiesen a hacer posteriormente lo pudieran vender. Junto a todo ello, creamos lazos con los jóvenes y animamos a las familias a participar en la nueva andadura de la parroquia.

Por otro lado, en el cerro de San Miguel nos comprometimos con las tareas que realizaban las hermanas intentando sensibilizar, especialmente a los niños, en medidas de higiene tanto en el comedor como en el apoyo de la biblioteca. Igualmente, tuvimos varios encuentros con los jóvenes de este cerro y nos encargamos de preparar actividades lúdicas y educativas para niños. A ello, debemos sumar el acercamiento que tuvimos con “cleferos” (drogodependientes) haciendo del deporte el mejor recurso de unión.

Podría decir que fue un mes de “no parar” pero prefiero señalar que fue de mil sentimientos. Un mes de “dejarse sorprender”, de aprender a vivir a su modo, intentando que la experiencia llenase lo máximo posible, empapándonos de la realidad boliviana, valorando otros modos de vivir. Lo más importante de todo esto es el aprendizaje, aprender a relativizar la vida. Aprender a dar importancia a lo que de verdad tiene importancia. Aprender a salir de nosotros mismos. Aprender a salir de uno mismo para encontrarse con el hermano. Este mes en Bolivia fue la experiencia de aprendizaje de tantas, tantas cosas que apenas puedo enumerar con palabras. Es más, afirmo con rotundidad que no fui a cambiar la vida de nadie, simplemente a que esta experiencia pasara por mi vida. Cochabamba tiene figura de mujer de pelo negro recogido en dos largas trenzas. En su espalda cara a su hijo envuelto en aguayos. Ojos negros que tímidamente dirigen la mirada, unos buscan simplemente cariño, otros desesperadamente dinero y otros no dicen nada…o mejor dicho lo dicen todo…Pieles curtidas que hablan de un sufrimiento silencioso. Ojos que esquivan demostrando los pesares de esta vida que a la espalda llevan, el dolor, la represión de la mujer, una división política, una pobreza en la que se pierde la dignidad.

Es cierto que este pueblo boliviano “cojea” en la educación, en hábitos de higiene. Pero este pueblo boliviano brilla en humildad, en sencillez, en el afrontar los imprevistos del destino, en trabajar a deshora y sin descanso. Este pueblo boliviano nos enseña que Europa no es el centro del mundo, que podemos salir de nuestro egoísmo y que juntos podemos construir un mundo mejor posible, defendiendo la dignidad de cada persona humana. Creo que las palabras se quedan cortas para expresar todo lo que he venido sintiendo no sólo desde cuando me fui sino desde que llegué, desde que he contrastado está realidad europea y aquella realidad boliviana. A mi parecer todo conlleva un proceso de interiorización y yo aún, con mil sensaciones distintas, me encuentro en esta dirección de hacer propio lo vivido.

Me gustaría aprovechar para dar GRACIAS, esperando no dejar a nadie por detrás. En primer lugar: Gracias a Dios por proponerme ese reto de negarme a mí misma y seguirle. Gracias a las Dominicas por la invitación y ayuda para poder compartir este Cuet Joven ’08. Gracias a la Parroquia de San Blas y a todas las personas que han puesto su granito de arena colaborando con esta misión. Gracias a todo el equipo de trabajo y a las hermanas que están en Bolivia, por haber compartido vida, por enseñarme cada una a su manera. Gracias a mis amigos y a mi familia, porque han intentado respetar esta forma mía de ser, porque gracias a ellos he llegado a ser lo que hoy soy. Gracias a todos los que han compartido este sueño, a los que me han ayudado a luchar por él.

“Me consta y sé, nunca lo olvido, que mi destino fértil voluntario, es convertirme en ojos, boca, manos, para otras manos, bocas y mirada” (Mario Benedetti)

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