Opinión

Homofobia en un colegio andaluz

Hace un par de días, el Telediario de la 1 dio una noticia en apariencia intrascendente: un niño no había sido admitido en un colegio privado (Yago School), cerca de Sevilla. Todos los periódicos que he podido encontrar en internet identifican al chaval como el hijo de una pareja gay, sin aclarar si es un hijo de otra pareja, que ha sido adoptado por ambos miembros de la pareja homosexual, o si es el hijo real de uno de los dos “padres” y ha sido adoptado por el otro.

En fin, lo gordo es que al director del colegio le ha caído una imputación por un delito contra los derechos fundamentales y las libertades públicas -ahí es nada-, me imagino que por discriminación en razón de la orientación sexual. La verdad es que un niño, por supuesto, no tiene por qué pagar por lo que piensen o hagan sus padres, pero en un colegio con un ideario determinado puede ser muy perjudicial, para un alumno, que en el aula le enseñen una cosa y en su casa vea, cada día, todo lo contrario. Esto, a mi juicio, es más que suficiente para que la dirección del colegio pueda juzgar que no es conveniente admitir a un niño en concreto. Pero, de ser así el ideario del colegio andaluz, el director debía haber estado avispado y explicárselo a los padres (al primer padre y al segundo padre), en vez de dar la callada por respuesta, lo que se ha interpretado en clave conspiratoria “anti-gay”.

Por otro lado, parece que el texto que explicaba el ideario del colegio de marras –muy mal elegido- ponía expresamente que se pretendía educar a los niños en el respeto a “otros modos de vida” y la prensa ha visto en la inadmisión una clara violación de su propio ideario, lo cual, para mí, está cogido por los pelos, porque el modo de vida de los Talibán –aunque sea nocivo- también es “otro modo de vida”, que también tendría que respetarse, si lleváramos el razonamiento anterior a sus últimas consecuencias.

Sin embargo, el caso de Andalucía es exactamente el mismo que el de aquél consejero matrimonial, en los Estados Unidos, que se negó a atender a una pareja gay que fue a su consulta “buscando” orientación (o bronca). Cuando el consejero se la negó, alegando que no estaba de acuerdo con las relaciones homosexuales, la pareja gay montó un verdadero follón, al sentirse discriminada. Quiero pensar que, si yo hubiera sido ese consejero, habría tenido la astucia de recibir a los gays con una gran sonrisa, hacerles sentar en un cómodo sofá y decirles que, por supuesto, podía aconsejarles en su relación, y que el mejor consejo que podía darles era no volver a tener relaciones homo-eróticas con nadie, bien entendido que, para mí, ser homosexual no puede ser malo en sí mismo, porque “algo” no es nunca ni bueno ni malo. Malas sólo pueden ser las acciones, no las personas.

Desde el punto de vista ético, cada vez veo más claro que aborto y sodomía están intrínsecamente unidos: hoy ya no existen el bien y el mal; sólo existen el placer y el dolor. El sexo produce placer y, por lo tanto, es bueno. Nadie puede ni denostarlo, ni mucho menos prohibirlo. Sólo se debe restringir una actividad en la medida en que dicha actividad provoque dolor a alguien o le impida a ese alguien conseguir placer. Nuestra amada libertad no es ni mucho menos nuestro valor más importante, ni siquiera en lo que sólo afecta al individuo, pues la eutanasia se defiende en nombre del supuesto derecho a decidir sobre la propia vida, pero la realidad demuestra que, donde se ha introducido plenamente la eutanasia legal, se termina administrando la muerte a pacientes que no la han pedido pero que sí sufren –mucho o poco- y los matarifes suponen que nadie en su sano juicio podría elegir libremente continuar con una vida sufriente (http://www.forbes.com/sites/timworstall/2012/02/26/but-rick-santorums-sorta-right-about-dutch-euthanasia/). Así, el placer prima claramente sobre la libertad.

Por ello, el dolor sólo es admisible si es el único camino para obtener más placer (las agujetas de después del gimnasio) o para evitar un dolor mayor (un tratamiento médico). Así, la ética se ha convertido, únicamente, en la ciencia del cálculo de los medios más adecuados para obtener placer o reducir el dolor, físico o psicológico. Obtener placer mediante la práctica del sexo anal (con condón, eso sí) no perjudica a nadie ni impide a nadie practicar el coito del modo que a él más le guste. Asimismo, abortar es un método seguro de eliminar las consecuencias negativas del placer heterosexual y, además, tampoco recorta la libertad de nadie, porque sólo pueden exigir y utilizar dicha libertad los ya nacidos, no los humanos que todavía están por nacer.

Me juego el cuello a que muchísima gente piensa de esta manera. Sin embargo, si no existen ni el bien ni el mal como valores en sí mismos, sino sólo un consenso de lo que nos permite vivir juntos en sociedad, haciendo cada uno lo que le plazca, ¿qué motivos tendría una persona para no saltarse dicho consenso, pudiendo hacerlo, si fuera lo suficientemente fuerte y valiente para ello? Es decir: si el único motivo para respetar la libertad de los demás es que respeten la tuya y que así esto no se convierta en una selva, ¿qué haremos cuando aparezca el rey de la selva?

¿Soy homófobo por decir estas cosas? Creo que no. La Real Academia define la homofobia como la “aversión obsesiva hacia las personas homosexuales”. Yo no puedo estar obsesionado con los homosexuales porque sólo conozco a uno (un profesor bastante majo). Es más, yo no sé lo que es la homosexualidad y reto a cualquiera a que me dé una definición aceptable. Por otro lado, repito que a las personas no se las juzga, se juzga lo que las personas hacen. En este sentido, yo sí sé lo qué son las relaciones y las prácticas homosexuales, como el sexo anal o la masturbación mutua, y las desapruebo. Pero seamos sinceros: ni todos los homosexuales practican la sodomía, ni todos los que practican la sodomía son homosexuales.

Para mí el sexo es una realidad que sólo alcanza la dignidad de lo plenamente humano cuando reúne tres características: placer, amor y apertura a la vida. El sexo puede carecer de placer, como ocurre en una violación, en la que un acto que nos ayuda a ser felices se convierte en una humillación y en una muestra de odio y tortura. El sexo también puede carecer de amor, como cuando copulan dos personas que no tienen ningún compromiso el uno con el otro, ya que un amor sin compromiso es un amor falso o incompleto. En el sexo también se puede impedir la procreación de modo artificial, en cuyo caso los miembros de la pareja no se acercan el uno al otro en su totalidad, como seres humanos capaces, entre otras cosas, de dar vida, sino que sólo se utilizan el uno al otro para satisfacer una necesidad biológica o psicológica.

No dudo de que en el sexo homosexual pueda haber placer y amor, pero por su propia naturaleza es un sexo cerrado a la vida y, como se dice en algunos anuncios sobre disfunción eréctil: “el sexo es vida”. Si un niño pregunta a cualquier profesor de biología para qué le sirven al gorila sus genitales, el profesor responderá que para procrear. El ser humano puede trascender ese instinto animal de procrear y, con su libertad, convertir el coito en una muestra de amor, pero, si suprime la procreación, desaparecerá la misma esencia del sexo biológico entre los mamíferos, y los humanos somos mamíferos.

Lo que acabo de decir –mis motivos para criticar las prácticas homosexuales- puede ser correcto o incorrecto, pero me parece que lo he razonado. Sin embargo, tengo la impresión que cada vez hay menos espacio público para emitir opiniones de este tipo. Últimamente hemos podido ver buenas películas sobre la adicción al sexo (Shame, Thanks for giving, Dallas buyers club…), en las que la homosexualidad juega un cierto papel, pero en ellas no se hace ninguna valoración ética de las relaciones sexuales. En el cine de hoy dichas relaciones son, únicamente, una fuente de placer y estabilidad emocional, aunque se reconoce que pueden convertirse en una obsesión y quitarnos nuestra libertad. En definitiva: la adicción al sexo perjudica el placer sexual, que es lo único que importa, y sólo por eso la adicción sería mala, pues el sexo es sagrado y punto. Nada puede prohibirlo, dificultarlo o criticarlo. ¿Que eres heterosexual y quieres formar una bonita familia “franquista”? Pues hazlo, nadie te lo impide; pero no te atrevas a decirme cuándo puedo o no puedo desabrocharme la bragueta.

No ya desde un punto de vista moral, sino únicamente desde la más básica necesidad de sobrevivir, el sexo homosexual tiene muchos inconvenientes y motivos por los que criticarse (http://carm.org/homosexual-gay-sex-harms-no-one; http://carm.org/statistics-hiv-aids-health), pero a los pocos médicos que se atreven a hablar de ello se les hace el vacío más espantoso.

Estos últimos años, con la memoria histórica y demás aniversarios del Holocausto, ha empezado un proceso de canonización laica a los gays represaliados por la homofobia del fascismo. E igual que se ha comparado a Gallardón con Le Pen por la nueva ley del aborto, es fácil meter en el mismo saco a todos aquellos a los que las relaciones homosexuales nos parecen mal. Sin embargo, la homofobia de la virilidad fascista era en realidad una obsesión sexual más; no se criticaba el desenfreno o la desnaturalización sexual de la sodomía, sino sólo un modo concreto de entender ese desenfreno. Nada que ver con una concepción del sexo unido al amor comprometido y a la naturaleza del cuerpo humano como ser capaz de procrear. Por ello, la misma obsesión con el placer sexual por parte de personas que no tenían nada de religiosas ni de conservadoras (los nazis), y que ocasionó la discriminación hacia los homosexuales en el pasado, es ahora la que se vuelve paranoica cuando se cuestiona la libertad sexual en sus términos más amplios.

Finalmente, del mismo modo que los abortistas se niegan habitualmente a entrar al trapo de discutir, en televisión, si un feto es un ser humano, los partidarios de las relaciones homosexuales y del matrimonio gay se cuidan mucho de llevar sus argumentos a sus últimas consecuencias y concretar si es permisible la poligamia, la poliandria, el bestialismo o el innumerable abanico de posibilidades de goce que empiezan cuando te vistes de cuero y amarras a tu pareja de turno a la cama con unas esposas.

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