Opinión

Estamos en una coyuntura de derribo

Para algunos, lo urgente es defender lo contrario de cualquier cosa que parezca normal o  mayoritario.  Hay que decir  o hacer algo que sea lo más insólito posible, como, por ejemplo, darle un cargo en el gobierno de Barcelona a una actriz post-porno, sea eso lo que sea, que ha dejado imágenes de cómo regaba las calles y no con agua precisamente.

La población más afectada por este síndrome es la que cuenta entre veinticuatro y cuarenta y tantos años, y si se recuerda que entre ella hay muchos profesores y profesores  se podrá calcular el influjo que tienen en gente más joven. Epítome de esta mentalidad es Pablo Iglesias en sus primeros tiempos y otros podemitas que ahora no están tan con él porque dicen ha girado al centro y ha dejado de decir viva Chaves y esas cosas, lo que era una excentricidad. Se suman algunos viejos aburridos e inactivos, que nada tienen que perder y que quizá encuentren en el trato con estos jóvenes anarquizantes una especie de  aventura senil.

Excéntricos también son algunos grupos animalistas que defienden de tal modo a los irracionales (cosa por los demás muy justa y que es un deber para el hombre) que llegan a odiar a los humanos, esos pobres animales racionales.

Ese paradigma es un mosaico, no se espere un principio rector, ni siquiera una ideología; es un desahogo individual. Hasta que el poder, ejercido por gente de su cuerda, más o menos,-pongamos que se habla de Colau, Carmena o el Kichi- los acoge, alimenta y le da un cargo. Y he aquí como la actitud anarquizante queda domesticada y muchos de esos antiguos rompedores de todo se convierten en beatos de lo alternativo.

 
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