Opinión

Nadalicémonos

Rafa Nadal, en la final del Open Australia (Foto: Luke Hemer / Tennis Australia).
photo_camera Rafa Nadal, en la final del Open Australia (Foto: Luke Hemer / Tennis Australia).

Tiene algo Rafa Nadal que nos mantiene pegados al televisor durante horas, viendo como la bolita pasa de un lado a otro de la red y bota entre las tres rayas. El tenis es un deporte aburrido y sencillo, que nos haría bostezar, si no fuera porque juega Nadal y le da un encanto especial a lo de pasar la bolita al otro lado de la red. Posiblemente sea su actitud, su concentración, algo tan aparentemente sencillo como aparentemente aburrido, que nos hace incluso levantarnos de la tele cuando va por el segundo o tercer set, y nosotros ya no aguantamos más sentados frente a la pantalla y pidiendo que aquello se acabe ya de una vez, mientras él sigue y sigue.

Su entereza para salir del hoyo y darle a la bolita la dirección adecuada, a veces a más de 130 kilómetros por hora, después de varias horas de darle y volverle a dar, apasiona a miles de personas, muchos más que los que están a pleno sol, con el calor que hace, allí viéndolo todo desde la grada, o incluso, no viendo demasiado si estás en la parte alta del graderío, sentado, sin moverte. A muchísima gente le emociona verlo incluso por la tele. Sale Nadal y con un sólo gesto de zas-zas nos conmueve por su convicción, por la preparación necesaria para ganar tantas veces una final como la de Rolad Garros. Que bueno sería que nuestros políticos también aprendieran de él a ser sencillos como el tenis, sin postureos, ni gestos desabridos. Si ganas, ganas, y si pierdes, pierdes. Casi ninguno de ellos ha ganado con la contundencia de Nadal. Muchos se han quedado a media pista, gesticulando y queriendo llamar la atención, como si lo que estuvieran haciendo fuera muy costoso. Que no es así, que no te pongas empingorotado si no has sabido o podido ganar con contundencia. Que te lo replantees y nos dejes vivir en paz.

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