Opinión

Consecuencias imprevisibles del retroceso islamista en Turquía

El frenazo a la reforma de la constitución, al no tener mayoría de dos tercios, y las dificultades para formar un nuevo gobierno (a falta de mayoría absoluta: baja de 326 escaños a 258, de un total de 550), pueden suponer también un compás de espera hacia la aproximación a Europa. Aunque no deja de ser anecdótico que un árbitro turco dirigiera la reciente final de la Champions...

Turquía venía alejándose poco a poco de Bruselas, e intervenía en los conflictos de Oriente apoyando a los partidos o gobiernos islamistas no radicales: fracasó en su intento de influir contra la actual presidencia militar de Egipto, pero sigue de cerca la ya demasiado larga guerra civil de Siria de acuerdo con Irán y Rusia, que tantos refugiados le obliga a atender.

Recientes declaraciones del presidente iraní, Hasan Rohaní, recuerdan mucho la postura de Erdogan: afirmó en Teherán que no se entromete en los conflictos de Iraq ni de Siria, pero pretende ayudar a los dos países “en la lucha contra el terrorismo”. Su apoyo es con armamento y asesores militares, convencido de que el gran enemigo es la milicia que se ampara bajo el paraguas del llamado “Estado islámico”, de una violencia y crueldad difícilmente imaginable hace años. Resulta un peligro real también para Teherán, que sólo se podría evitar fortaleciendo a los actuales gobiernos de Iraq y Siria.

Rohaní, siempre en nombre de la paz y la estabilidad de la región, no ahorra críticas hacia la intervención de Arabia Saudí, agudizada tras la toma de posesión del rey Salman. Los tentáculos de esta peculiar monarquía absoluta teocrática alcanzan también al Yemen, como acaba de comprobarse por el bombardeo del centro histórico de su capital Saná, en intento de que vuelva al poder el presidente Hadi, derrocado por un golpe de la etnia huthi (proiraní). Dentro de la peculiar mentalidad de muchos medios occidentales, parece más grave la destrucción de un antiguo patrimonio cultural que la pérdida de vidas humanas, así como la consolidación en la zona del poderoso autócrata de Riad, cortejado de hecho por tantos intereses económicos, no pocos españoles, como es sabido.

En la práctica, resulta difícil comprender cómo Occidente confía en Riad, cuando es uno de los principales valedores del yihadismo internacional, así como del sostenimiento financiero del islam en tantos países de Europa. La reciente condena del periodista Raef Badaui a diez años de prisión, junto con la pena física de varios centenares de latigazos, sitúa bien la mentalidad arcaica de sus gobernantes. Sólo falta que, como en su día con Gadafi, el embajador saudí presida la comisión de derechos humanos de la ONU con sede en Ginebra.

La salida de la actual crisis de Turquía puede ser importante en estos momentos, cuando incluso en medios cristianos se habla de guerra justa contra el fanatismo yihadista del Estado islámico. Lo reafirma en un libro reciente, publicado en Italia, Raphael Luis Salo, Patriarca de Babilonia de los Caldeos en Bagdad, decepcionado también por la tibia reacción oficial de los musulmanes dentro y fuera de la región. Considera que la comunidad internacional debe intervenir para proteger a las minorías, librar sus ciudades y permitir a las personas desplazadas regresar a casa.

Habrá que estar atentos en Turquía a la continuidad o al relevo de Ahmet Davutoglu al frente del gobierno y del partido (AKP). Las esperanzas que suscitó como hombre no partidista, sino universitario intelectual, pueden llevarle al ostracismo. Sería una pérdida para el futuro de Turquía y la estabilidad de Oriente Medio.

 
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