Opinión

Doscientos muertos al día en Siria durante Ginebra-2

            No era fácil el éxito de una conferencia no precedida de algún tipo de tregua entre las partes en conflicto, aunque su objetivo oficial era “lograr la paz con urgencia”. De hecho, y aunque haya exageración en las cifras ofrecidas por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (con sede en Londres), mientras gobierno y oposición hablaban en Ginebra, morían en Siria casi doscientas personas cada día. En un porcentaje amplio, población civil: víctimas de bombardeos aéreos, ataques de artillería y disparos de francotiradores en distintas zonas del país. Aparte de las muertes debidas a la escasez de alimentos y a la falta de medicinas en tantos lugares.

            Nadie esperaba resultados, a pesar de los esfuerzos del mediador internacional, Lajdar Brahimi, diplomático argelino, enviado especial de la ONU. A lo largo de los últimos años, el conflicto se ha agravado, también por la presencia activa de diversas potencias de la región, aparte de la insistencia de Rusia e Irán en sus posiciones, que han logrado un importante cambio de criterio en Estados Unidos y Francia, principales protagonistas occidentales. Entretanto, sigue la división entre Turquía e Irán. En síntesis, Irán apoya a Assad, y Turquía a la oposición; aunque, tras la reunión de la pasada semana del presidente iraní, Hassan Rohani, con el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, plantean promover una acción humanitaria común en Siria.

            De modo casi ritual, se reafirma que el futuro de Siria depende de la decisión de su pueblo, sin injerencias externas. Pero no parece que las partes en contienda –que cuentan con abundante ayuda militar extranjera‑ tengan capacidad de aproximar posturas divergentes. Al menos, comenta Brahimi, han comenzado a sentarse en la misma mesa. Y volverán a hacerlo la próxima semana, si no hay sorpresas.

            La solución teórica comenzaría por detener las acciones bélicas –están destruyendo el país‑, concordar un gobierno provisional, que elabore una nueva constitución política, y convocar elecciones. Pero la sombra de lo sucedido en Egipto es demasiado alargada, para suscitar la confianza de unos y otros. Incluye la visión oficial que considera “organizaciones terroristas” a la mayor parte de los rebeldes. El ministro de Asuntos Exteriores de Siria, Walid al Mualem, acusó expresamente a los grupos armados de obstaculizar la entrada de ayuda humanitaria en el casco histórico de Homs: preferirían un corredor humanitario "para salir con sus armas y llevar la violencia a otra parte".

            Por su parte, los portavoces de la Coalición Nacional Siria siguieron criticando en Ginebra el totalitarismo del régimen de Bachar El Asad. Desde el comienzo de las protestas en 2011, su respuesta se reduciría a aplicar la violencia “a manifestantes pacíficos": como si sólo el gobierno de Damasco fuera responsable de la posterior deriva hasta la actual guerra.

            Si no es fácil conseguir acuerdos para resolver cuestiones humanitarias de máxima urgencia, más difícil parece el consenso sobre el futuro político de Siria. Hasta hace unos años, como en Egipto, el poder respetaba la libertad religiosa, tan importante en Oriente Medio. Al cabo, Bashar al Assad pertenece a la minoría alauita, mientras que casi tres cuartas partes de la población son sunitas. ¿Qué normas constitucionales asegurarían la protección de las minorías, sin que un Morsi islamizase el país?

            Las espadas están en alto y no se prevé un desenlace pacífico, aunque importa mucho que se constituya una mesa que trabaje de modo habitual, para continuar dando pasos, aun pequeños. Por desgracia, desde el fin de la II Gran Guerra, se han reproducido este tipo de conflictos en el mundo, con salidas desiguales: sólo un liderazgo internacional fuerte puede contribuir a superar esas tragedias, en las que un pueblo está de hecho martirizad o por sus líderes, con una notoria participación en el drama de poderes regionales cercanos, y de las grandes potencias, que quitan y ponen alianzas y ayudas frecuentemente en función de los propios intereses, enmascarados en grandes y nobles palabras.

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