Opinión

La ONU actualizará los objetivos del milenio contra la pobreza

En sucesivas reuniones se fue valorando el grado de cumplimiento de esas metas, ciertamente ambiciosas, para erradicar el hambre y la pobreza en el mundo. Ahora, tras unos años inciertos a consecuencia de la crisis económica, que ha disminuido las posibilidades de cooperación internacional, expertos y diplomáticos de 193 países se han vuelto a reunir en Nueva York para actualizar aquellos objetivos. Se ha aprobado un anteproyecto, para erradicar la pobreza extrema, y controlar a la vez el calentamiento climático global; se titula “Transformar nuestro mundo: Agenda 2030 para un desarrollo sostenible”. Será aprobado formalmente por los jefes de Estado y de gobierno a finales de septiembre, en el marco de la sesión anual de la Asamblea General de la ONU.

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El año 2000 se fijaron ocho grandes objetivos para los quince años siguientes. El informe elaborado a fin de junio es más optimista de lo esperado. En la introducción se leer: “Cuando está a punto de acabarse el plazo, la comunidad internacional puede alegrarse. Gracias a esfuerzos coordinados a los diversos niveles, el proyecto ha salvado la vida de millones de personas y ha garantizado una vida mejor a muchas más”. Pero –añade‑ “el trabajo no está completo: debe proseguir”.

No se ha alcanzado ninguno de los ocho objetivos. Pero en muchas áreas se han logrado resultados notables, comparando datos estadísticos entre 1990 y 2015. Así lo reconoce el informe oficial, aunque matiza el riesgo de inexactitud de ciertas cifras, pues proceden de organismos estatales que no siempre trabajan con el rigor y la honestidad indispensables. Pero aceptando esa información, el avance es considerable respecto de la erradicación del hambre, también si se tiene en cuenta que la población mundial ha pasado de 5.200 millones a 7.300: el número de personas en extrema pobreza ha caído de 1900 millones a 836; proporcionalmente, del 47 al 14%, y el porcentaje de quienes siguen padeciendo hambre, de 23% al 12,9%.

Otros motivos de satisfacción provienen del número de niños en edad escolar que no asisten a la escuela primaria: cayó, en este caso respecto del año 2000, de 1100 millones a 570 (aunque el informe no tiene en cuenta el hacinamiento de las aulas en algunos países de África, ni el tiempo real de asistencia a clase dentro del año escolar); de la fuerte reducción de la tasa de mortalidad en los primeros cinco años de vida: de 90 niños por mil en 1990 a 43 hoy; de la desaparición casi completa de las sustancias que reducen la concentración de ozono en la atmósfera; en fin, de la extensión de las áreas naturales terrestres protegidas de la tierra: del 8,4% al 15,2%.

El nuevo plan establece, a partir del 1º de enero de 2016, 17 objetivos de desarrollo para 2030, comenzando por “erradicar la pobreza en todas sus formas y en todas partes en el mundo”. No puede olvidarse que mil millones de personas malviven aún con menos de 1,25 dólares al día, sobre todo en el África subsahariana y en algunas regiones de Asia.

Los diversos objetivos se dirigen a mejorar decididamente la salud de los habitantes del planeta; a garantizar a todos el acceso a una educación de calidad presidida por la igualdad de varones y mujeres, frente a la discriminación femenina aún presente en tantos países del Tercer Mundo; a seguir poniendo medios para eliminar cualquier otro tipo de discriminación y violencia contra las mujeres; a reducir las desigualdades; a garantizar un trabajo digno para todos; a promover modelos sostenibles de producción y consumo, y, finalmente, a favorecer la existencia de una auténtica “sociedad pacífica no excluyente”.

Se actualizan también los “indicadores”, que permitirán un “seguimiento sistemático” de los objetivos, aun siendo competencia de cada Estado. Los expertos estiman que lograrlos costará al mundo entre 3.300 y 4.500 billones –en sentido anglosajón‑ de dólares al año. Habrá que contar, por tanto, con la respuesta de los presupuestos de los países desarrollados, que dedicaron a iniciativas de cooperación bilateral y multilateral en 2014 unos 135 billones de dólares, el 66% más que el año 2000. De ahí surgen algunas perplejidades sobre la viabilidad del proyecto. En las 75 páginas del informe de junio sobre Doha, no hay referencias a la financiación, a las fuentes principales de recursos económicos, al control de los gastos, etc. Valen la pena los esfuerzos cumplidos, pero hacen falta seguramente muchos más para asegurar la sostenibilidad real de un desarrollo sostenible.




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