Opinión

Paradojas: energía nuclear y coches eléctricos ante el cambio climático

Lógicamente, esos incentivos resultan indispensables para resolver las cuantiosas necesidades de financiación para las infraestructuras sostenibles: según estima la iniciativa New Climate Economy, 90 billones de dólares de aquí a 2030.

La Agencia de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en su informe de finales de octubre señala el reto urgente de superar los combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas, que aportan cuatro quintas partes de la producción mundial de energía primaria, son responsables de casi el noventa por ciento de las emisiones de dióxido de carbono.

La víspera de la cumbre del 12 de diciembre en Boulogne-Billancourt (Hauts-de-Seine), Emmanuel Macron recibió a Le Monde en el Elíseo: una extensa entrevista aborda temas de máxima actualidad, comenzando lógicamente por los relativos al medio ambiente. El presidente francés se alegra de los avances logrados en la opinión pública mundial en los últimos veinte años, así como del fuerte compromiso legal y diplomático de la COP21 y el Acuerdo de París. Pero recuerda que este último no incluye mecanismos de sanción y, además, se ha debilitado radicalmente por la retirada norteamericana. Hace falta una movilización más fuerte, un choc en los modos de producción y desarrollo económico, para lograr el éxito.

Además de la importancia de las conferencias internacionales, que presionan a gobiernos y líderes políticos, Macron plantea la necesidad de movilizar a todos -regiones, ciudades, empresarios, sector financiero privado y público- para diseñar y sostener nuevos modelos. Ese choc incluye la renuncia a explotar las reservas de recursos fósiles. La clave es que el Banco Mundial y los donantes y financieros internacionales apoyen menos proyectos de combustibles fósiles y más de energía solar y eólica. Francia iría por delante, pues prevé que en 2040 cese toda explotación de los yacimientos de petróleo y gas del subsuelo nacional, en Francia continental y en ultramar.

Los periodistas matizan que, en el caso de Francia, esa tendencia es más bien simbólica, por la débil producción nacional de hidrocarburos, así como por el retraso en energías renovables. El presidente de la República no oculta la necesidad de reformas legales para simplificar autorizaciones y evitar excesos burocráticos. Pero, a la vez, precisa en términos nada demagógicos su postura ante la energía nuclear, la gran fuente de electricidad en el país vecino... “En primer lugar, debemos salir de un debate totalmente falaz: la energía nuclear no es mala para el clima”. Aun así, mantiene el objetivo de reducir al 50% su aportación a la electricidad del país, “pero a condición de que no emitamos más gases de efecto invernadero”. Porque, “si estamos de acuerdo en que la primera prioridad es el calentamiento global, la urgencia es cerrar las centrales térmicas y de carbón”. Salvo que exigencias de seguridad exijan clausurar algunas nucleares.

En ese contexto, Macron desea incentivar mucho más los coches eléctricos e híbridos. Excluye soluciones drásticas, como el cierre de centrales de carbón antes de cinco años. Prefiere políticas de bonificación de las compras, combinadas con incremento paulatino de los impuestos al gasóleo y normas europeas más exigente sobre emisión de gases para los vehículos nuevos. Pero una prohibición total de la gasolina y el gasóleo no es realista a corto plazo.

Curiosamente, el propio diario publicaba dos días después una tribuna con el título "El coche eléctrico no resuelve los problemas de contaminación, los desplaza". Dos investigadores de la Escuela de Economía de Toulouse, Stefan Ambec y Claude Crampes, presentan los resultados de estudios estadounidenses recientes: el cambio a motores eléctricos empeorará los efectos sobre la salud en las zonas rurales, aunque los disminuya en los núcleos urbanos más poblados. La idea central es que, con los motores de combustión, la contaminación se localiza en los lugares donde se la consume; el motor eléctrico traslada el origen de la polución atmosférica a los sitios donde se produce.

Para evaluar el impacto de los autos eléctricos en la calidad del aire en Estados Unidos, un equipo de economistas estudió las emisiones por milla de un automóvil de gasolina, y la energía consumida por un coche eléctrico del mismo modelo para recorrer la misma distancia. A continuación, calcularon las emisiones contaminantes de las centrales térmicas correspondientes al consumo de una milla. Establecieron así el costo social de la contaminación en dólares por milla en cada condado americano. Puede reducirse en las grandes ciudades, como Nueva York (3,16 centavos), Chicago (2,98), Los Ángeles (3,85). En cambio, en los condados rurales el costo social es bajo, con un promedio de 1,2 centavos. El paso al eléctrico aumenta en tres centavos de promedio. En definitiva, la cuestión se traslada al modo más o menos limpio de producir electricidad.

En todo caso, difícil será avanzar a escala universal en ausencia de Estados Unidos. En una entrevista de la CBS a Macron, se refirió a su “responsabilidad ante la historia” en términos esperanzados: “Estoy bastante seguro de que mi amigo el presidente Trump cambiará de opinión en los meses o años venideros”. El jefe del estado francés ha demostrado hasta ahora que su proverbial optimismo es más realista de lo que parece a primera vista. Veremos.

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