Opinión

Partitocracia y consenso en la cultura democrática europea

            Los pactos entre partidos pueden ser muy democráticos, pero también capaces de secuestrar la propia democracia. No seré yo quien avale ni mínimamente el actual populismo contrario a los partidos políticos. Mucho luchamos en su día hasta conseguir que volvieran a la palestra: sin esas formaciones no se consigue de veras una participación pública moderna. Pero, justamente por eso, se impone a mi entender evitar los excesos de la partitocracia.

            No puede ser que las cúpulas de los partidos –no siempre caracterizadas ni mucho menos por la democracia interna‑ se reúnan y adopten decisiones que poco después serán de general cumplimiento, por decisión de unas cámaras legislativas en las que prevalece la disciplina de partido. No soy experto en derecho público, pero ese reiterado uso se da de bruces con el artículo 67, 2, de la vigente Constitución: “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo”.  Pero “el que se mueve”…

            Pienso estos días en la farsa española de la renovación de vocales del Consejo del Poder Judicial. Sólo falta que sepamos por el jefe de gobierno –no sería la primera vez- quién será su presidente antes de que el nuevo Consejo se reúna para designar a su moderador. Se repite lo que al parecer dijo Alfonso Guerra sobre la muerte de Montesquieu. Si el barón estaba aún vivo, Alberto Ruiz-Gallardón le ha dado la puntilla. Ha sido el director de lidia de una notable cuadrilla de la que no ha querido quedar ausente ni siquiera IU, una formación política que parecía vivir sólo de un discurso ético más o menos radical. Al final, todos conformistas.

            Distinto me parece el caso del pacto alemán entre democristianos y socialdemócratas para asegurar el buen gobierno tedesco en los próximos cuatro años. La “gran coalición” no era ahora tan ineludible como en 2005, porque Angela Merkel está muy cerca de la mayoría absoluta. No sin discrepancias, los líderes de ambos partidos han acudido a las negociaciones tras conseguir la autorización de los representantes de sus partidos. También en este caso se iban a aprobar decisiones ajenas a los propios programas electorales (no tan flagrantes, desde luego, como lo hecho por el PP, sin estricta necesidad parlamentaria alguna, respecto del Consejo del Poder Judicial).

            De todos modos, se critica a la canciller que haya acabado haciendo demasiadas concesiones. Así sucede con la aceptación –sorprendente quizá para un lector español‑ del establecimiento de un salario mínimo de 8.5 euros por hora a partir de 2015, importante en un país donde los salarios no han subido en los últimos doce años. O con el número de ministerios que ocuparán los socialistas: a algunos les parece demasiado seis de catorce. O con la mayor inversión en educación e infraestructuras y la reducción voluntaria de la jubilación de 67 años a 63, con 45 de cotización.

            Por su parte, el SPD acepta la continuidad en las grandes líneas de la política económica germana, incluida la congelación de los impuestos y el equilibrio presupuestario. Lo confirmará, según parece –probable, nunca seguro‑, una amplia encuesta entre los militantes del partido, algo insólito en nuestro país. Y, con esa decisión, desaparece la esperanza en más de un país del sur de que se aflojara la exigencia de austeridad, para favorecer el crecimiento, aun sin alegrías keynesianas.

            En definitiva, el consenso prevalece sobre la disciplina de voto: la responsabilidad, sobre el anonimato; también, en el caso de los agentes sociales –patronales y sindicatos‑, que denotan una madurez de la que nos gustaría participar en algo por estos pagos.

            He oído sorprendentes reacciones en España contra la inercia y aburrimiento de Alemania. Como si los herederos de los fuertes germanos de Tácito no hubieran tenido abundantes emociones en la primera mitad del siglo XX, como para desear descansar delante de una jarra de cerveza… A la responsabilidad seria de sus actuales dirigentes, la sociedad responde con la aceptación serena de medidas que de hecho recortan su bienestar. Y, aunque la prensa de otros países destaque bribonadas de neonazis, afortunadamente ese movimiento no crece, a diferencia de lo que sucede en países no lejanos.

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