Opinión

Victoria pírrica de los demócratas en Hong Kong

Estos días, la noticia escueta dice que el parlamento de la antigua colonia británica no ha aprobado la reforma electoral propugnada desde Pekín, y que había originado hace unos meses el llamado movimiento de los paraguas en la isla. El cambio habría introducido el sufragio universal para la elección del presidente del ejecutivo local en 2017. Pero la oposición no aceptaba los requisitos para la designación de los candidatos, que prácticamente significaba un sistema de cooptación entre pro-chinos. A pesar de los denodados esfuerzos del actual gobernador de la colonia, no sólo no ha conseguido reducir el número de votantes opuestos –para conseguir la mayoría de dos tercios indispensable para reformar el estatuto , sino que ha aumentado, con el apoyo de diputados teóricamente gubernamentales. En la práctica, no ha alcanzado ni siquiera mayoría simple.

Jeffrey Lam Kin-fung, diputado del principal partido pro-Pekín, el DAB (Alianza Democrática para el Progreso de Hong Kong), lo explica como un malentendido. Al ver que no estaba presente en la sesión Lau Wong-fat –atrapado por un atasco de tráfico  uno de los principales valedores del proyecto, decidió que su grupo abandonase la sala a pocos segundos de la votación, para retrasar la emisión de los votos. Pero muchos no se enteraron, y se llevó a cabo porque había quórum.

Como suele ocurrir, la agencia oficial de noticias ha informado a la China continental de las maniobras de una minoría, en contra de la mayoría de los ciudadanos de Hong Kong. Según el ministerio chino encargado de las dos regiones administrativas especiales (Hong Kong y Macao), esos diputados habrían votado en contra del proyecto por intereses privados, “retrasando el desarrollo democrático de Hong Kong y haciéndole perder una oportunidad importante para celebrar elecciones por sufragio universal”. En términos semejantes se ha pronunciado el comité permanente de la Asamblea popular china, que había aprobado en agosto de 2014 el proyecto ahora rechazado en la isla.

Se trata así de capitalizar la derrota para infringir un golpe a la oposición, intentando confirmar el apoyo de las clases medias de la antigua colonia a favor de fórmulas de compromiso, que aseguren la estabilidad política, aunque no sean plenamente democráticas. De acuerdo con una encuesta realizada por tres universidades de Hong Kong, el 48% de la población estaba a favor de esta reforma, y sólo el 38% se oponía.

Por ahí discurrían buena parte de los argumentos del gobierno para convencer a los recalcitrantes del avance que suponía el proyecto: la reforma, aun imperfecta, daría oportunidad de votar directamente a cinco millones de personas. En el debate parlamentario se produjo así una situación paradójica: los demócratas se oponían, mientras los diputados pro-Pekín parecía conversos a la democracia. No había espacio, a juicio de los primeros, para fórmulas de compromiso, sin alterar los compromisos asumidos durante la fuerte revuelta del otoño.

Ciertamente, el jefe del ejecutivo debe de sentirse fracasado, no sólo porque tenía el encargo de conseguir la reforma, sino porque le han fallado en la práctica diputados que teóricamente le apoyaban. Pero, con el sistema actual, C. Y. Leung podrá gobernar con más comodidad y renovar su poder en 2017, a expensas de la reacción de los ciudadanos en 2016.

Los expertos prevén que el partido comunista de China aumentará el control y la presión sobre la vida política de Hong Kong, con todo tipo de recursos –no sólo económicos  para aumentar la mayoría del campo pro-Pekín en las elecciones parlamentarias que se celebrarán el próximo año.

De momento, la oposición pro-democracia ha demostrado su capacidad de resistencia, imponiendo con creces su minoría de bloqueo, como anunció desde las revueltas del otoño. Aunque se aleje el sufragio universal directo en la elección de presidente, no está de ningún modo superada la promesa de “un país, dos sistemas”, hecha por Pekín en el momento de la retrocesión de la antigua colonia.

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