Opinión

Autocensura frente a libertad de expresión en Francia y Estados Unidos

Charlie Hebdo.
photo_camera Charlie Hebdo.

Leí con diferencia de días dos noticias inquietantes para las libertades públicas en países de eximia tradición democrática, como Estados Unidos y Francia. Desde París, y por iniciativa del editor de Charlie Hebdo, en el contexto del comienzo de la vista judicial sobre los atentados de 2015, un centenar de medios franceses dirigieron una insólita carta abierta a los ciudadanos. Con un título expresivo: “Ensemble, défendons la liberté” (juntos, defendamos la libertad).

Firmaban cabeceras muy diversas, y a menudo divergentes, pero unidas al sentir que está en juego uno de los valores democráticos fundamentales: la libertad de expresión. Parten de un hecho comprobado universalmente en el tiempo y en el espacio, quizá no experimentado en propia carne: la violencia verbal tiende a convertirse en violencia física. Las amenazas de muerte de quienes critican agresivamente a sus oponentes, se reflejan antes o después en asesinatos fanáticos, alguno imposible de entender, como el asesinato a cuchillo del anciano P. Jacques Hamel en 2016 en su iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray.

La jerarquía eclesiástica ha demostrado su coherente valentía al no callar, a pesar de las persecuciones, ciertamente agudizadas en los últimos decenios. Pero es preciso fortalecer también los ánimos civiles de periodistas, escritores, dibujantes, para que no cedan ante el miedo a la violencia. Los firmantes del manifiesto recuerdan una vez más el artículo 10 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, incorporada a la Constitución francesa, para que nadie sea molestado por sus opiniones, ni siquiera las religiosas, siempre que no perturbe el orden público establecido por la ley.

Los autores de la carta temen que asfixie a los espíritus libres el miedo a “nuevas ideologías totalitarias, que pretenden a veces estar inspiradas en textos religiosos”. En realidad, aunque no lo dicen explícitamente, piensan en las reacciones fundamentalistas contra las blasfemias y se curan justamente en salud: creyentes o no, defienden la libertad, no la blasfemia. Y apelan a la conciencia de todos: “Ciudadanos, representantes electos locales, responsables políticos, periodistas, militantes de todos los partidos y asociaciones, más que nunca en estos tiempos inciertos, debemos unir nuestras fuerzas para expulsar el miedo y hacer triunfar nuestro indestructible amor por la libertad”.

No mencionan las universidades, aunque también ha llegado a Francia la ola inquisitorial, como se comprobó hace año y medio en la Sorbona: fue retirada, por presión de grupos marginales activos, nada menos que una gran tragedia de Esquilo, Las Suplicantes. Constituyó una grave y vergonzosa herida para el templo de la libertad y para toda apertura al conocimiento y al diálogo intelectual y humano. À suivre: el riesgo de proceso penal a un profesor de Derecho que se permitió relatar con ironía la historia del contrato matrimonial en Francia.

El problema inquieta cada vez más en Estados Unidos. Hasta el punto de que, con su proverbial sentido práctico, tratan de medir el fenómeno, y –salvo error por mi parte- se ha publicado la primera clasificación de universidades según el grado de libertad de expresión en los campus. El ranking parte de una encuesta a casi veinte mil universitarios de 55 universidades. Lo contaba Nathan Harden en RealClearPolitics.com el 29 de septiembre, desde una comprobación dolorosa: en la mayoría de esos centros académicos, los estudiantes no se sienten libres de expresar lo que piensan. El nivel de autocensura es alto: el 60% se calla por miedo a la respuesta de los demás; entre los estudiantes conservadores, llega al 72%. Como era previsible, los sondeos detectan que en el 80% de esos 55 centros la ideología dominante entre los alumnos es el liberalismo (en el sentido americano del término). No es paradoja.

Algunos datos estremecen: casi el 20% considera aceptable en algunos casos el uso de la violencia para detener un discurso o evento no deseado. Para el 36% de los estudiantes de la Ivy League, es "siempre" o "a veces" aceptable gritar a un orador que no le gusta. En definitiva, “las universidades se han convertido en lugares peligrosos para expresar ideas impopulares. Los profesores y estudiantes temen ser gritados, rechazados o, en algunos casos, despedidos o expulsados. Esto tiene un efecto escalofriante en el aula”.

Destaca el liderazgo de la Universidad de Chicago, que lanzó en 2016 la declaración -que lleva el nombre de la gran ciudad de Illinois- de compromiso con la libertad de expresión académica, adoptada luego por otras universidades de Estados Unidos. En la encuesta, estudiantes de diversas convicciones coinciden en que las autoridades académicas apoyan ampliamente la tolerancia hacia los diversos puntos de vista y opiniones. Pero puede mejorar, porque su puntuación es 64 sobre 100.

Si en algún lugar del mundo debe brillar la belleza alegre y serena de la coherencia intelectual, es en las universidades, frente a odios tristes que oprimen -incluso físicamente- y limitan la libertad.

El vídeo del día

Ministro de Justicia sobre el rey emérito: “Si fuera llamado, vendría”.
Comentarios
Somos ECD
¿Quieres formar parte de ECD?