Opinión

Tras el Brexit, los demás apuestan por una Europa más sólida y ecológica

Parlamento Europeo.
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Las elecciones europeas no se celebraron en todos los países el mismo día. Por eso, fue alentador que, en uno de los primeros, triunfase un partido clásico, en contra de los augures del euroescepticismo. De hecho, las elecciones del domingo indican la derrota de la internacional de la ultraderecha lanzada el pasado 18 de mayo en la gran plaza del Duomo de Milán, con el aliento de enemigos de la Unión como Steve Bannon o el presidente Vladimir Putin (antes del escándalo que ha roto la coalición de gobierno en Austria). Tal vez, como expresó Matteo Renzi respecto de su tocayo Salvini, son gigantes con pies de barro: aunque estén en primera línea en Italia, Francia y, por supuesto, Gran Bretaña, apenas llegan al 25% de los ciudadanos europeos, aunque no sea posible ahora la “gran coalición” de socialdemócratas y conservadores.

Se ha superado así un escollo importante en la construcción de Europa, aunque existen aún demasiados apegos al concepto de soberanía estatal: en su día fue moderno, pero resulta cada vez más arcaico. Además, en la actual batalla entre Estados Unidos y China, es más necesaria, si cabe, la fortaleza de una política comunitaria en el viejo continente.

Ciertamente, es preciso seguir avanzando, para consolidar las consecuencias prácticas de los tratados fundacionales y organizativos, la carta de derechos fundamentales de la UE de 2000, así como la de derechos sociales de 1989. A mi juicio, son documentos ponderados, aunque se hayan aplicado a veces con planteamientos demasiado liberales, unidos paradójicamente a un exceso de regulaciones intervencionistas.

Basta pensar en la importancia del espacio jurídico europeo, que evitaría esperpentos como el sufrido por España en Bruselas y Berlín; sobre todo, contribuiría eficazmente a la lucha contra el crimen organizado que no conoce fronteras (sin contar las amenazas terroristas): o, en el plano positivo, aseguraría la competencia empresarial dentro de un derecho común sin trabas ni privilegios.

Los gobiernos europeos tienen sobre la mesa muchos problemas, que encontrarían mejores soluciones con políticas comunes en materia de salarios, pensiones o inmigración; y, por supuesto, en la lucha contra las secuelas del envejecimiento, la gran amenaza del estado del bienestar. Sólo beneficios derivan de la movilidad de capitales y personas, a pesar de las campañas fuertes de hace décadas, simbolizadas en algún país por la imagen del “fontanero polaco”. Desde luego, el Brexit debilitará a corto plazo a la UE, pero sobre todo a los británicos. Al contrario, la UE puede fortalecerse, porque no tendrá que luchar contra las reticencias de Gran Bretaña ante cualquier proyecto de avance que limaba su insularismo.

Más allá de Estados y naciones, son decisivos los valores comunes recogidos en los textos fundamentales; con independencia de la opinión sobre las raíces cristianas de Europa, no cabe duda de que, como reconoce la Carta de Niza, existe un “patrimonio espiritual y moral”, que fundamenta los “valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad”. Para algunos, del laicismo formal elegido en esos documentos, derivan inconvenientes planteados veinte años después. Pero olvidan quizá que se reconoce expresamente a toda persona el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Las convicciones personales no son privadas: la Carta protege también su ejercicio público colectivo.

Recuerdo un sondeo de Sofres en la primavera del año 2000, cuando avanzaba la aprobación de la carta de derechos fundamentales. Los valores básicos en Europa quedaron reflejados, según la técnica de considerar las palabras que más se repiten ante determinadas preguntas. La relación resultaba expresiva: paz, unidad, unión, futuro, diferencia, esperanza, solidaridad, igualdad, libertad, diversidad, respeto. Como es natural, las tradiciones culturales de cada país aportaban su impronta: por ejemplo, griegos e italianos daban mucha importancia a la historia de una civilización común, mientras que los franceses actualizaban los viejos lemas revolucionarios en torno a la solidaridad y la promoción social. Libertad y democracia se presuponían por todos. Hoy se añadiría quizá el cuidado del medio ambiente.

La gran novedad en lo que va de siglo podría ser el auge del individualismo, que está a mi entender en la base de los movimientos euroescépticos, aunque se escondan bajo ideologías identitarias nacionalistas.

Pero, como afirmaba hace unos días Julia Kristeva, ni los más decepcionados ni los abstencionistas refractarios, han cuestionado su pertenencia a la cultura europea. Se sienten europeos. Y “la cultura europea puede ser el camino cardinal para conducir a las naciones a una Europa más sólida”: su identidad plural, su multilingüismo, su cultura de los derechos de las mujeres y de la persona, puede y debe ser una respuesta a las crispaciones identitarias, al derrotismo y a la crisis medioambiental.

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