Opinión

La China de Xi Jinping amenaza agresivamente a Taiwán

Banderas de China y Taiwán.
photo_camera Banderas de China y Taiwán.

Los líderes de la Unión Europea acaban de celebrar una cumbre con el presidente chino Xi Jinping. Las referencias publicadas acerca de la videoconferencia reflejan la debilidad del viejo continente ante la expansión de Pekín que, a pesar de la propaganda, sigue limitando la libertad de empresa y endurece la política de control de los derechos humanos. Las noticias de Hong Kong son muy preocupantes, aunque no llegan a los evidentes excesos de la provincia de Xinjiang, que trata a los uigures como ciudadanos de ínfima categoría, casi como esclavos. 

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Mi impresión es que multinacionales y gobernantes de Europa han venido poniendo entre paréntesis la cuestión de las libertades, ante las oportunidades económicas derivadas del creciente comercio con China, especialmente tras su ingreso en la OMC, favorecido en su día por Estados Unidos, en continuidad con la política que inauguró Nixon al comienzo de los setenta. Paradójicamente, Washington lidera hoy la guerra mercantil contra Pekín, y el aliado histórico de Europa la abandona, porque prefiere centrarse en el America first. La UE está sola ante las más que dudosas prácticas de la China comunista. 

La propaganda china –unida a su opacidad informativa- ha conseguido, por ejemplo, trasladar a los gobiernos occidentales la responsabilidad de una pandemia que se originó en el continente amarillo, con notoria falta de trasparencia sobre el origen del virus. A pesar de los desmentidos, se impone la convicción de que la Organización Mundial de la Salud está manipulada por Pekín, también desde el punto de vista que desearía comentar hoy: la presión sobre Taiwán, una vez que parece “encarrilada” la cuestión de Hong Kong, con la tremenda ley de seguridad aprobada en el continente contra la voluntad popular de la antigua colonia británica. 

Al menos, los líderes europeos parecen ser cada día más conscientes de que, sin estado de derecho, no podrá consolidarse un comercio justo con China. No es de recibo que Pekín condicione acuerdos económicos a la aceptación de su política interna. Por esto, lo más probable es que el presidente Xi Jinping no aceptará la petición de permitir visitar Xinjiang a observadores independientes, y no responderá a la cuestión de las libertades en Hong Kong. 

Los abusos en Xinjiang llegan al exterior gracias a víctimas y testigos que han podido huir. El Estado aplica sin conmiseración los avances técnicos para controlar e imponer. China es quizá la primera dictadura tecnológica de la historia, paradójicamente gracias a aplicaciones europeas, si se acepta el reciente informe de Amnistía Internacional. Pero occidente puede observar territorios ajenos a través de imágenes de satélite: se calcula que desde 2017 se han construido 260 centros de detención en la provincia de mayoría uigur, algunos con capacidad para más de 30.000 personas, sometidas a peculiares procesos de “transformación por la educación”. 

Se comprende que, en una tribuna publicada en Le Monde el pasado día 14, nueve expertos y eurodiputados pidan que la UE revise su “política de una sola China” y apoye a Taiwán, para preservar la democracia ante la actitud de Pekín, cada vez más agresiva y autoritaria. La intervención en Hong Kong supone de hecho la derogación del principio “un país, dos sistemas”. El rechazo de ese modelo facilitó sin duda la gran victoria de Tsai Ing-wen en las últimas elecciones celebradas en la antigua Formosa, que preside desde 2016. 

A la presión política de los líderes comunistas chinos en los foros internacionales, se une la impaciencia del presidente Xi Jinping por una reunificación que ha dejado de ser pacífica: más bien adquiere tonos amenazantes, reflejados en un Libro Blanco del Ejército Popular de Liberación (EPL) de 2019. Las tensiones se apoyan también en la intensificación de maniobras militares y la frecuencia de incursiones en torno a Taiwán. 

Como señalan los expertos, “China utiliza la amenaza militar por razones distintas a la autodefensa, e incluso subordina los principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas a sus propias preferencias nacionales”. Parece plausible una de sus conclusiones, fundamento de diversas sugerencias a corto plazo: “ya es hora de que nos enfrentemos a las pretensiones de legitimidad del PCCh en sus empresas expansionistas. Europa no puede dejar, como si nada hubiera pasado, de adaptar su política de una sola China. Al contrario, hay que advertir a Pekín de que el respeto de las normas y valores internacionales no es negociable para Europa”.

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