Opinión

La contradicción cultural entre violencia y pacifismo

            El papa Francisco no se resigna tampoco con la violencia. Ciertamente, ésta no va a desaparecer como por ensalmo tras la oración por la paz del domingo 8 de junio en los jardines del Vaticano. Pero fue importante reunir al presidente de Israel, Simon Peres, con el palestino, Mahmud Abbas, y añadir la significativa presencia del patriarca Bartolomé de Constantinopla.

            Mucho se ha escrito en los últimos tiempos sobre el yihadismo, que comporta y recuerda lo peor de las guerras santas, que parecían felizmente borradas de la faz del planeta. A pesar de tantos esfuerzos –incluido el más reciente del Consejo musulmán francés‑, todo indica que seguirá existiendo una violencia falsamente justificada en creencias religiosas. Pero, desde la perspectiva cristiana, se impone la conclusión contraria: la vida del espíritu llevará a la paz, o no habrá paz en el mundo. Por ahí discurre el resto válido del pacifismo, una de las principales tendencias culturales de la postmodernidad.

            Dentro de su optimismo antropológico, Juan Pablo II recordó en un documento sobre el cambio de milenio (cfr.Tertio millenio adveniente, 46), los que consideraba “signos de esperanza presentes en este último fin de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos: en el campo civil, los progresos realizados por la ciencia, por la técnica y sobre todo por la medicina al servicio de la vida humana, un sentido más vivo de responsabilidad en relación al ambiente, los esfuerzos por restablecer la paz y la justicia allí donde hayan sido violadas, la voluntad de reconciliación y de solidaridad entre los diversos pueblos, en particular en la compleja relación entre el Norte y el Sur del mundo...”

            Esa realidad constituía un gran motivo de confianza, considerando que el siglo XX había conocido notorios avances en el reconocimiento de los derechos humanos, pero fue tiempo de violencia y terrorismo, de dos grandes guerras y de contiendas regionales. Se cuentan por millones las víctimas de esas conflagraciones y de los diversos genocidios, con la lógica secuela de desplazados, subdesarrollo, opresión, miseria y hambre.

            Al final del milenio, quedaban lejos las secuelas de esos conflictos, superada también la guerra fría y la crisis de los Balcanes. Pero el creciente anhelo de paz se vería frustrado por el avance de violencias difícilmente explicables. Tras la inmensa fe en el progreso científico perenne e irreversible, renació lo irracional, reflejado en huelgas y protestas salvajes, dentro del mundo desarrollado, y en conflictos regionales sin más justificación que intereses económicos o afrentas de origen tribal. Junto con esos fenómenos, el siglo XXI asiste además a un terrible incremento del terrorismo, inspirado en la yihad o en los nacionalismos, sin olvidar el injusto horizonte de la llamada guerra preventiva.

            Fantasmas que parecían conjurados reviven en los mismos lugares y con formas semejantes: basta pensar en el racismo o la xenofobia presentes desde los estadios de fútbol a los populismos europeos de izquierda y derecha. Mucho se habla del individualismo consumista de la joven generación, que incluye a la vez indiferencia o desinterés por lo público y manifestaciones agresivas de corte autista: pueden proceder de los hijos del bienestar en Berlín, en Los Angeles o en Barcelona y Madrid; o de los desheredados de las barriadas periféricas de grandes ciudades como París o Londres.

            Propugna Alain Touraine la defensa de las minorías como exigencia democrática de la nueva izquierda. Tiene razón, siempre que no decaiga la protección a la mayoría, justamente contra la agresividad de grupos minoritarios que pretenden imponerse por encima de la libertad de expresión o de comercio: como si los demás no tuvieran derecho a difundir su criterio o hubiera que volver a la censura previa de periódicos y mensajes publicitarios.

            Escribo estas líneas cuando se cumplen 65 años de la aparición de 1984, de Georges Orwell. Y pienso que influye mucho en la inestabilidad y en tantos excesos la creciente polisemia y la difusión de la neolengua, aunque no exista ningún Miniver, Ministerio de la Verdad. ¿Cómo olvidar en este contexto aquellos cartelones y consignas del Partido, como “el Gran Hermano te vigila”, o “la guerra es la paz”, o “la ignorancia es la fuerza”?

            Comparto las principales tesis de Jesús Ballesteros, en su libro Repensar la paz, de 2006. La batalla contra el terrorismo, presente en países desarrollados y en conflictos regionales, altera conceptos filosóficos fundamentales del tratado clásico sobre la guerra y la paz. Exige replantear las bases antropológicas del problema, desde la perspectiva de la radical dignidad humana. Pese a ostensibles progresos, el mundo sigue ofreciendo un déficit democrático, que hace difícil encauzar los conflictos, a diferencia de cada Estado libre. Sigue pendiente la construcción de una nueva cultura de la paz, que contribuya a la renovación del Derecho y de las instituciones internacionales.

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