Opinión

Tras las elecciones europeas: del big bang al apocalipsis

Parlamento europeo.
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Las elecciones legislativas se celebraron entre semana en Dinamarca y, según preveían los sondeos, el voto ha sido fragmentario, pero con predominio del bloque de centro izquierda, que relevará al desgastado centro derecha, mientras continúa la crisis del Estado del bienestar al fondo. Mette Frederiksen, líder socialdemócrata, puede convertirse en la primer ministro más joven de Europa gracias a su sentido práctico, más que a una revisión ideológica de fondo. Como de costumbre, se subraya la normalidad democrática en la alternancia en el poder, a diferencia de lo que suele suceder cuando se producen hecatombes en la izquierda.

Sin duda, resulta humillante para viejos o nuevos partidos ser sobrepasados por formaciones políticas más jóvenes o, sencillamente, populistas. Para el SPD, que gobierna Alemania bajo la batuta de la gran coalición promovida por Angela Merkel, ha sido duro pasar a ser el tercer partido, rebasado por los Verdes. Se explica la dimisión de la líder socialdemócrata Andrea Nahles.

También le cuesta mucho a La república en marcha de Emmanuel Macron aceptar haber obtenido -en coalición con centristas- un escaño menos que el partido dirigido por Marine Le Pen. Los republicanos a secas fueron los cuartos, detrás de los Verdes, y Laurent Wauquiez presentó enseguida la dimisión –seguida por otros dirigentes, entre los que destaca Valérie Pécresse, que gobierna la región Île-de-France-, mientras que el presidente del Senado, Gérard Larcher, intentaba reorientar la derrota con la celebración en octubre de una "gran convención nacional" de la derecha y del centro.

Se abre, por tanto, en ambos países –también en Italia, pero con sus propias tradiciones políticas-, un proceso de refundación que, en Francia, por el descalabro de los grupos a la izquierda del partido socialista, adquiere tintes dramáticos, casi apocalípticos. Lo reflejo en el título de estas líneas, inspirado en otros ajenos que hablan de la emergencia, tras las elecciones europeas, de un nuevo mundo político: de ahí la metáfora del big bang con que Le Monde presenta el manifiesto de un millar de personas, que llaman a “construir la esperanza” en torno a las exigencias sociales y ecológicas, lejos de pactos ocasionales y de la lógica del “odio como fuerza motriz”.

Forzoso es reconocer que esa inspiración, exaltada por la lucha de clases marxista, no tiene sentido ya en los países desarrollados: se sigue hablando de que las clases trabajadoras han abandonado a la izquierda, pero más bien habría que reconocer la transformación social del estado del bienestar, superador del concepto mismo de clase social. Los grandes temas de la modernidad –así, la bioética, el envejecimiento de la población, la crisis del bienestar, o el cambio climático- son interclasistas, porque no dependen de condiciones previas casi inconmovibles, sino de perspectivas personales sobre el sentido de la propia vida. Explica en gran medida el avance de partidos que ponen el énfasis en “valores”, aunque puede ser transitorio, porque de la política se esperan soluciones prácticas más que principios. Y no parece que esté en manos de la partitocracia abordar las grandes cuestiones vitales de la persona.

Las perspectivas éticas pueden encontrar adhesión en una multiplicidad de personas, con independencia de sus posiciones políticas o sindicales. La globalización económica contribuye mejor que sus contrarios –nacionalismos, estatalismo- a erradicar la pobreza en el mundo. Pero, desde el consumismo inmediato, no es fácil plantear las exigencias del cambio climático, ni la inversión de la pirámide demográfica, ni las consecuencias de una creciente deshumanidad en los intercambios, consecuencia del pragmatismo. El desarrollo resulta compatible de hecho con la expansión de nuevas esclavitudes o, simplemente, del crecimiento de las desigualdades (que no es automático: detrás hay siempre decisiones de personas).

No basta ya el maniqueo anticapitalista o antiliberal. Podemos estar de acuerdo en la crítica –desde los documentos pontificios a las declaraciones políticas más progresistas-, pero la cuestión política es cómo construir nuevas relaciones humanas cuando hace agua el Estado del bienestar. Tal vez, la actual desconfianza en países avanzados hacia los partidos políticos deriva de su incapacidad de proponer metas de veras esperanzadoras, porque no renuncian a intereses partidistas a corto plazo. Quizá por eso mucha gente joven prefiere comprometerse –frente a promesas engañosas , con la aportación práctica para resolver problemas reales a través del voluntariado, aun con el riesgo de dejar campo libre a las nuevas formas de opresión humana promovidas o toleradas por los poderosos.

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