Opinión

Elecciones en Francia: el partido de la abstención derrota a los diversos bloques

Emmanuel Macron
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Se han producido algunas sorpresas en la segunda vuelta de las elecciones legislativas en Francia. En la campaña el presidente Macron impuso un ritmo más bien desapasionado, como si se conformase con un nivel de participación bajo: debía de pensar que le beneficiaba más que una participación activa, que suele contribuir al cambio, en este caso a favor de la coalición configurada en torno a Jean-Luc Mélenchon.

En consecuencia, se ha acentuado la abstención, que alcanzó el nuevo récord del 53,86%. En primera vuelta, había participado el 47,51%, que incluía 1,55% de votos en blanco y 0,65% de nulos (ahora, 46,14; 5,50, y 2,15 respectivamente).  Esa tendencia a la abstención es quizá más acusada en Francia que en otros países, hasta el punto de que algún analista la considera ya “fenómeno estructural”.

Como escribió el director de Le Monde ante los resultados de la primera vuelta, se ha convertido en el “primer partido”, además con mayoría absoluta. Probablemente, las coaliciones preelectorales no han contribuido a animar a los ciudadanos a votar, porque pueden haber acentuado la sensación genérica de una débil representatividad de los políticos, porque se alejan de los intereses reales de la gente, como si los debates –por otra parte, esta vez más bien exiguos- se apartasen de la vida cotidiana y provocasen sentimientos de indiferencia y resignación.

No está claro que haya ido contra la abstención la polarización de la segunda vuelta entre los tres grandes bloques iniciales, y especialmente entre los votantes de la Nupes (nueva unión política, ecológica y social) y el campo presidencial, que subordinaban casi todo a la prioridad de la derrota del contrario. Mélenchon buscaba cierta venganza del tercer puesto en las presidenciales, y en su enfrentamiento directo contra Emmanuel Macron ha recibido una respuesta previsible: se le aplicó el criterio de la “demonización”, superado, en cambio, por Marine Le Pen: tras una campaña átona, parece haber conseguido su viejo objetivo de integrarse en el sistema, con el hasta tiempos recientes impensable apoyo de obreros y empleados. Se ha fragmentado el “frente republicano”, que explicaba el tremendo retroceso de la extrema derecha en el balotaje respecto de los votos conseguidos en primera vuelta.

Aparte de las sorpresas, se han confirmado las últimas previsiones a partir de los datos del domingo anterior: aunque la Nupes obtuvo el 26,11%, con 4 candidatos ya elegidos, por alcanzar más del 50%, no se esperaba que obtuviera la mayoría. Pero sí se convierte en la principal fuerza de oposición en la Asamblea con 142 escaños. Es el grupo con más votantes jóvenes, anticapitalistas, ecologistas, más bien urbanos.

A partir de ahora, Macron tendrá que lidiar con una Cámara sin mayoría absoluta. Ha prevalecido la tendencia que reflejaban los resultados anteriores: el campo presidencial, Ensemble! obtuvo el 25,88%, con un solo electo, y una cifra inferior a la de la primera vuelta de las presidenciales. Se esperaba la reacción de sus votantes (clase media hacia arriba, electores con mayor formación académica, de edad intermedia), contra los extremos, pero no ha sido suficiente para llegar a la mayoría absoluta (298): se queda con 246 diputados, lo que obligará a Macron a buscar alianzas para sacar adelante los proyectos de ley. Ipsos le daba entre 255 y 295.

A mi juicio, la abstención ha beneficiado sobre todo a Marine Le Pen, que consigue un resultado histórico, a pesar de las críticas que recibió por su casi “no campaña”: unos 89 escaños, diez veces más que hace cinco años. No se puede olvidar que, en la primera vuelta, fueron de esa línea el 22,93% de los votos, si se suma el 18,86% de RN (Rassemblemente national) con el 4,25 de Reconquête, el partido de Eric Zemour, quien no pasó al balotaje. Sus votantes históricos son de clase media, también rural, pero con fuerte incremento de obreros y empleados, bastante movilizados contra el macronismo. Le Pen podrá plantear mociones de censura (mínimo de 56 diputados), y recursos al Consejo constitucional sobre los textos legales (a partir de 60).

En fin, la clásica formación de la derecha se había recuperado, tras el fracaso de Valérie Pécresse en las presidenciales (no llegó al 5%, aunque casi triplicó a la candidata socialista Anne Hidalgo). LR-UDI (gaullistas y centro derecha) obtuvieron entonces el 11,30% de los votos, y ahora 64 diputados (frente a los 112 de hace cinco años). Está por ver si apoyarán o no a Macron en la Asamblea.

Finalmente, se ha confirmado que el 13,78% restante, suma de pequeños grupos de diversas tendencias, no influirán decisivamente en Asamblea Nacional, que contará con 13 escaños de izquierda y 9 de derecha.

 

Parece obvio que la debilitación de Macron no es lo mejor para la gobernación de Francia, ni para su contribución a impulsar soluciones a la crisis mundial actual. Pero muestra a los partidarios del sistema proporcional que, también con la vigente ley, se expresa la voluntad de los ciudadanos, que puede resumirse en pocas palabras: desconfianza en la política, polarización ideológica, profunda división social, crisis letal del “frente republicano”.

         

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