Opinión

No es fácil encajar al Islam dentro del orden jurídico europeo

Musulmanes protestan rezando en una calle en París.
photo_camera Musulmanes protestan rezando en una calle en París.

He releído, en el contexto de la canonización del papa Pablo VI, su primera encíclica, de 1964, Ecclesiam suam, un importante documento sobre el sentido del dialogo. Ya avanzado el texto, describe los diversos “círculos” de esa aproximación entre los hombres, para referirse a “los que creen en Dios” (n. 40). Ahí menciona con afecto al pueblo hebreo y a los musulmanes,

“merecedores de admiración por todo lo que en su culto a Dios hay de verdadero y de bueno”. Sin irenismo ni sincretismo, con la esperanza de que todos lleguen a la plenitud religiosa propia de la vida cristiana, el papa expresaba su “reconocimiento a los valores espirituales y morales de las diversas confesiones religiosas no cristianas” y se comprometía a “promover y defender con ellas los ideales que pueden ser comunes en el campo de la libertad religiosa, de la hermandad humana, de la buena cultura, de la beneficencia social y del orden civil”.

En continuidad con manifestaciones prácticas de Juan XXIII, daba carta de naturaleza teológica al diálogo interreligioso. Desde entonces, se ha recorrido un largo camino. En esa línea se inscribe el anuncio de que el papa Francisco acudirá a Abu Dabi a comienzos de febrero, para participar en una reunión internacional sobre la fraternidad humana. Será la primera vez que un obispo de Roma pise los Emiratos Árabes Unidos del golfo pérsico.

Me sumo al deseo profundo de que el diálogo sea fructífero, pero no puedo ocultar las dificultades. Proceden de la desmesura de planteamientos y acciones de los seguidores del Profeta, tanto en las poderosas repúblicas islámicas, como en los países occidentales; así como de la tibia respuesta que reciben aquí. La presencia del Islam crece en Alemania, Francia o Gran Bretaña; por supuesto, en Italia y España; incluso, en Estados Unidos; y probablemente pronto en Venezuela, tras la visita de Erdogan a Caracas tras la reunión del G-20 en Buenos Aires.

Una expresión semejante a Londistán se difundió en el Reino Unido antes de que un laborista de religión musulmana llegase a la alcaldía de Londres. Se ha recordado ante la negativa del gobierno conservador a conceder asilo a Asia Bibi, la mujer cristiana paquistaní condenada a muerte y absuelta al fin por el Tribunal Supremo de Islamabad. Se trata quizá de la punta del iceberg de una actitud calificada por un periodista italiano como “fobia políticamente correcta de no parecer antimusulmán”: nada de molestar a las comunidades islámicas locales ni de poner en peligro las embajadas inglesas en el extranjero.

De hecho, la tolerancia es máxima en el Reino Unido, donde en zonas urbanas rige la sharía, con tribunales que aplican su derecho de familia. Al contrario, aumenta la discriminación contra los cristianos: este año Gran Bretaña ha concedido asilo a 1.112 sirios, ninguno cristiano (aunque la raíz del problema puede estar en el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, que canaliza las demandas).

La cuestión clásica del principio de laicidad se debate también estos días en Francia –la vida no se agota con los gilets jaunes-, por el objetivo oficial de encauzar la realidad musulmana en el ordenamiento jurídico civil. Se habla mucho del “Islam de Francia”, que asumiría los valores republicanos y laicos de la ley de separación de 1905, frente a las posiciones que no renuncian a introducir en la legislación elementos tomados de la sharía.

El presidente Emmanuel Macron anunció hace ya más de un año su intención de avanzar en aspectos como la formación de los imanes, la financiación y gestión de mezquitas, o la lucha contra el proceso de radicalización de gente joven. Aunque se creó en 2003 un Consejo francés del culto musulmán, como instancia representativa ante las autoridades públicas, dista de haber logrado pleno consenso de los musulmanes que viven en Francia. Surgen rivalidades entre diversas asociaciones y federaciones, no todas compatibles con la vigente ley de laicidad. Parece existir, además, falta de trasparencia en los flujos financieros derivados de los productos halal y de la organización de las peregrinaciones a la Meca.

De hecho, un “colectivo” de imanes, teólogos, empresarios e intelectuales informó recientemente, en una tribuna de Le Monde, de su propósito de crear una nueva asociación (AMIF, Asociación Musulmana para el Islam en Francia), que permita resolver el “eterno problema de la financiación del culto musulmán”. Pocos días después el proyecto recibía las críticas de otros. Los promotores no entran en cuestiones de fondo quizá decisivas: se sitúan cómodamente entre “la instrumentalización del islam con fines políticos y/o terroristas, y las discriminaciones que sufren los musulmanes”. Se autoproclaman difusores de “un discurso teológico islámico ilustrado”, dentro del respeto a la República francesa laica: “libertad, igualdad y fraternidad son ideales universales, que permiten conciliar ciudadanía republicana y fe individual”. Veremos. Sin llegar a los extremos de Oriana Fallaci, no es fácil la aproximación sin revisar los condicionamientos teológicos del Corán: un cierto fundamentalismo parece a muchos inseparable, hoy por hoy, de la religión de Mahoma.

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