Opinión

No faltan avances tecnológicos regresivos para la humanidad

En junio, durante unos días de vacaciones junto a la ría de Arousa, me fijé varias veces en unos puestos de venta de cerezas a la vera de una de las espléndidas vías rápidas de Galicia. No lo comprobé, pero me dijeron que venían desde el valle del Jerte. Los productores habían adoptado esa solución de línea directa con el consumidor, porque la cadena de distribución suponía su ruina.

         Recuerdo experiencias semejantes desde tiempo inmemorial, pero quizá se ha agudizado el problema en tiempos recientes, por la relativa primacía económica que están alcanzado las soluciones comerciales. Evocan el avance que supusieron en su día las cadenas de producción, cada vez más robotizadas en la actualidad. Pero el progreso no es gratuito: deja cadáveres a su paso, como sucede cada vez más con el pequeño comercio; o consolida enfoques laborales que, en nombre de la eficacia, reducen conquistas históricas de los trabajadores.

         Entre otros grandes medios de comunicación, Le Monde ha dedicado mucho espacio a los Uber files. Al margen del posible morbo político de la participación de un joven político llamado Emmanuel Macron en la implantación de Uber en Francia, el fenómeno invita a reflexionar sobre las ventajas e inconvenientes de la llamada gig economy: se presentó desde sus comienzos como un intento de favorecer la cooperación frente a la competitividad, de prestar servicios hiperpersonalizados, de primar la organización horizontal frente a la jerárquica; pero ocultaba el deseo de reducir cargas fiscales y sociales para obtener más beneficios. Ciertamente, facilitaba oportunidades de trabajo a personas desempleadas, pero implicaba suprimir o reducir ventajas históricas –irrenunciables desde la perspectiva del derecho laboral- respecto de horarios y duración, descansos retribuidos, prestaciones diversas desde el paro a la jubilación...

         Hasta ahora, la dimensión ética del progreso científico se había planteado sobre todo en el entorno de la intervención en los procesos esenciales de la vida humana: desde la concepción y el embarazo, hasta los cuidados paliativos y la muerte. Uno de los grandes principios de la bioética fue siempre que no todo lo que la ciencia o la técnica podían hacer era compatible con la dignidad de la persona; por tanto, no se debía hacer todo lo que era técnicamente posible.

         Esa perspectiva se impone cada vez más en todos los aspectos del comportamiento humano, justamente porque ha crecido el doble poder creador y destructivo ligado al progreso. Basta pensar, en el contexto de la invasión de Ucrania, en la necesaria refundación del derecho internacional humanitario o en la justificación ética de la carrera de armamentos. Al menos, para sortear el dilema propuesto por el gran Edgar Morin entre homo sapiens y homo demens. O la frecuente dialéctica entre visionarios y retrógrados, apocalípticos e integrados... Porque IA y big data pueden aplicarse a la lucha contra la enfermedad, pero son el nervio de la videovigilancia totalitaria del partido único en China.

         La aplicación indiscriminada de dogmas económicos puede llevar a la crueldad. Por eso suscita también reacciones emocionales, insuficientemente pensadas, que pueden despreciarse como irreales, utópicas, simplistas, populistas. Tal vez algunas lo fueron. Pero cada vez son más nítidos los avances éticos en términos de responsabilidad social de la empresa, de inversiones modalizadas por las grandes cuestiones humanas y ecológicas de nuestro tiempo.

         La última palabra debería ser, no de los gobiernos –por mucho que les gustaría a tantos-, sino del ciudadano responsable, que no es mero consumidor. Por supuesto, le encanta comprar más barato, pero no cuando se entera de que los precios bajos se consiguen a base de fabricar en lugares sin apenas protección social de los trabajadores, o de que la mayor o menos gratuidad de servicios públicos básicos la paga con crecientes impuestos y tasas que entretejen la economía de una sociedad desarrollada, o de la inhumana robotización de procesos de producción y distribución gobernados por algoritmos.

         En cualquier caso, la complejidad de los problemas actuales indica que no hay nada neutral. No se trata de abrumar al ciudadano, como si no pudiera dar un paso sin plantearse cuestiones ideológicas o éticas. Pero sí de advertir contra la posible indiferencia, que impide la fortaleza de una sociedad civil despierta y viva, capaz de valorar avances y retrocesos, criticando estereotipos y simplificaciones. Muchas veces proceden de los propios gobiernos democráticos (lo son en la elección, pero no cuando hurtan o dificultad el control de la gestión). Porque, como ha escrito el filósofo Eric Sadin, a raíz del caso Uber, cierto tipo de desarrollo técnico ha rimado sistemáticamente con un principio de regresión social.

 
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