Opinión

En el fútbol coexisten contratos millonarios y auténticas esclavitudes

Leo Messi en un partido contra el Atlético de Madrid.
photo_camera Leo Messi en un partido contra el Atlético de Madrid.

Acabado el Mundial de Rusia, se prepara ya el próximo en Qatar, dentro de cuatro años. Confío en que el acontecimiento deportivo sirva para revisar el problema social de los trabajadores en ese país. Se ha difundido, aun con sordina, en el contexto de la construcción de los estados necesarios para el gran evento. Supone un tremendo contraste con las continuas informaciones sobre traspasos y sueldos de los futbolistas profesionales en tantos países del mundo, no sólo en Europa.

    Recuerdo lo sucedido antes y después de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Suscitaron gran expectativa, como signo de apertura al mundo libre, con la esperanza de que el Régimen estableciera contrapesos para limitar el poder de partido y gobierno, y proteger los derechos humanos. Por desgracia, fueron fuegos fatuos, como se comprueba diez años después con la censura de noticias relativas a la libre expresión –procesos, control de Internet- o los ataques a la libertad religiosa. Aunque acaban difundiéndose en la “blogosfera”, a pesar de los cortafuegos gubernamentales.

    Se subrayó en su momento la evolución económica de China hacia el libre mercado, aun con las exigencias políticas totalitarias del partido político único. Xi Jinping parecía admirar –cuando era presidente de la Escuela central del partido en 2008- el autoritarismo moderado de Singapur: separación limitada de poderes y admisión de pequeños partidos políticos que canalizasen las insatisfacciones sociales. Pero los analistas de la evolución del sistema chino usan cada vez más el término imperialismo...

    No se debería repetir la experiencia de los Juegos Olímpicos de Pekín con el Mundial de fútbol en Qatar. Reconozco de antemano que esa afirmación tiene mucho de utópico. Bastar pensar en las conversaciones de tantos líderes occidentales con China: prevalece el comercio, con olvido de los derechos humanos. Y no parece improbable que, con la fabulosa monetización del fútbol, suceda algo semejante respecto de las condiciones sociales de los obreros de Qatar.

    No he conseguido averiguar del todo cómo se fraguó la elección de ese emirato como sede los Mundiales de 2022, que, al fin, tendrá lugar del 21 de noviembre al 18 de diciembre, no en verano. Cada vez se publican más reportajes espectaculares de los modernísimos estadios diseñados para el evento. Pero la información pasa página sobre el costo en vidas humanas que ha supuesto la construcción de esos coliseos contemporáneos. Hace tres años, se habían superado las 1200 muertes de trabajadores, en su gran mayoría emigrantes de la India, Nepal y Bangladesh. Se acusó a Qatar de fomentar el trabajo forzoso, aun a cambio de medios económicos que pueden paliar la pobreza de las familias de origen.

    El emirato ha empleado a más de un millón de personas, obligadas a trabajar durante 16 horas diarias con temperaturas de hasta 50 grados a la sombra. La mitad de las muertes se debería a enfermedades repentinas y paros cardíacos causados por las duras condiciones laborales. Pero las autoridades no las consideran oficialmente accidentes laborales. Contrastan los exiguos datos gubernamentales con la información de las representaciones diplomáticas en Doha. En 2013, la Confederación Sindical Internacional estimaba que 4.000 de los dos millones de trabajadores extranjeros en Qatar, corrían peligro de muerte antes de 2022. Desde entonces, el comité organizador del Mundial, que supervisa la construcción de los ocho nuevos estadios, somete a las empresas constructoras a condiciones restrictivas.

    Buena parte de los problemas deriva del sistema de la kafala (una especie de tutela con rasgos próximos a los de los antiguos siervos de la gleba), que vincula a los trabajadores con el empleador: sus decisiones son casi absolutas, y pueden llevar a cambios de lugar de trabajo o a la expulsión del país; suelen confiscar los pasaportes, como medida de control. El patrono proporciona alojamiento, comida y transporte, con un salario mínimo de 750 rials qataríes (176 euros).

    Algunas crónicas describen la mejoría de las condiciones de vida en poblados para los obreros construidos cerca de Doha, con mezquita, campo de fútbol, cantina, centro comercial y habitaciones de 25 metros cuadrados para cinco o seis personas, con aire acondicionado. Estos avances han llevado a la OIT a cerrar el expediente de trabajo forzado, pero ha abierto una delegación en la capital de Qatar, para seguir de cerca el proceso, así como apoyar la abolición de la kafala.

    En todo caso, la FIFA no aporta nuevas informaciones: da la impresión de estar sometida a los intereses de un Estado que combina la modernidad técnica con un exiguo respeto a derechos humanos elementales.

 
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