Opinión

El informe Pisa saca los colores a la educación occidental

Niños en el colegio.
photo_camera Niños en el colegio.

El problema no es sólo español, aunque aquí puede agudizarse si el narcisismo ideológico impide reconoce la dimensión real de la crisis pedagógica, derivada de la profunda difusión del pensamiento posmoderno. El nihilismo intelectual –“todo vale”- causa estragos en la vida cotidiana de los sistemas educativos de Occidente, incluidos los de los países del norte de Europa.

No soy especialista ni mucho menos en estas cuestiones, aunque he tenido siempre cierta afición, quizá por ser nieto de maestro nacional e hijo de maestra. Había en casa muchos libros y revistas periódicas. Recuerdo dos, que leía habitualmente: Novelas y Cuentos -publicaba obras más bien clásicas, y dedicaba las páginas centrales a una peculiar miscelánea cultural- y Escuela Española –una publicación profesional para el magisterio. Cuando conocí personalmente muchos años después a Víctor García-Hoz, se asombró de que hubiera leído sus antiguos artículos semanales en esa revista…

Repito que no soy experto: no puedo valorar técnicamente el informe Pisa; pero me he hecho una idea a través de lamentaciones aparecidas en los medios informativos que leo habitualmente. Sólo he encontrado una excepción en Aceprensa, donde Fernando Rodríguez-Borlado dedicó unas páginas a Portugal, calificándolo como un “tapado”, es decir, un equipo capaz de situarse por delante sin hacer mucho ruido, a base de constancia y regularidad más que de brillo. Es uno de los pocos países que no deja de mejorar en los últimos años. Se sitúa ya por encima de la media, aunque lejos de los primeros puestos, ocupados por China, Singapur, Corea del Sur, Finlandia o Estonia. Pero está por delante de España, y también de otros cuyo rendimiento era antes muy superior, como Holanda, Austria o Suiza.

En la abundancia de datos ofrecidos por este informe, cuesta trabajo dilucidar las causas principales de los resultados, también porque confluyen aspectos muy diversos en el trabajo educativo. Pero, pensando también en el futuro de unas sociedades cada vez más tecnificada, es preciso fijar la atención en el profesorado. Así, en Portugal -aunque es preciso mejorar en varios campos, como señala Rodríguez-Borlado-, los profesores y directivos portugueses están por encima de la media en cualificación y sueldo (en relación con otros trabajadores con titulaciones superiores).

Si Portugal va mejorando, la educación básica de Estados Unidos empeora, según los datos anuales del Nation’s Report Card. El declive no aparece sólo entre los estudiantes de familias pobres de las escuelas públicas: ocurre también con los de las escuelas privadas. Pero los primeros han sufrido lógicamente más los efectos de las crisis económicas, con los consiguientes recortes presupuestarios. Pero cada vez está más claro que no es cuestión cuantitativa, sino de acierto en la seleccion de partidas e inversiones.

Además, en gran medida, se advierte el déficit en la capacidad del profesorado para resolver los serios problemas de atención y aprendizaje derivado del tiempo que los alumnos y sus familias pasan delante de las pantallas: antes, de la televisión; ahora, en Internet y redes sociales. Las dificultades crecen en las capas sociales más desfavorecidas: los hijos tienden a ver la televisión y a los videojuegos en porcentajes más altos que sus compañeros ricos –hasta casi el doble-; explica en parte por qué les va peor académicamente; y, al revés, están menos motivados para el trabajo intelectual. De otra parte, en la escuela se aplican brillantes recursos audiovisuales y estéticos para atraer la esquiva atención de los alumnos; paradójicamente, la distraen, no la centran.

Se agudiza, por tanto, la necesidad de poner en primer plano a los profesores. Es una de las líneas actuales de la política francesa, centrada en la idea de “revalorización” de las tares docentes, no sólo en el plano económico: seguiría los pasos de Polonia, que ha avanzado mucho gracias al cuidado de los maestros y a la concesión de mayor autonomía a los centros educativos.

Como señalaba en Le Monde el 7 de enero Roger-François Gauthier, un experto internacional en educación, antiguo inspector general del ministerio, la mejora de la profesión docente se ha vuelto más apremiante en los últimos tiempos. La necesidad de aumentar el sueldo está patente en el actual debate sobre la reforma de las pensiones. El gobierno estudia nuevas formas de remuneración. Pero no parece suficiente si de veras se desea revalorizar, dar valor, a unos profesionales: más bien exige una visión no tecnocrática de la figura del maestro, un reconocimiento generoso de su función social.

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