Opinión

La libertad de expresión supera la amenaza de lo políticamente impuesto

Redes sociales.
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Mientras en las Redes digitales los bulos y las insidias campan por sus fueros, sin apenas control, algunos sienten miedo a expresar su libre opinión. La abundancia y ligereza de tantos juicios mediáticos podrían hacer tambalear uno de los grandes avances de la cultura democrática. Se explica que gente culta reconozca con sencillez que no está dispuesta a entrar en el juego: así, en días pasados, la conocida pensadora francesa Elisabeth Badinter.

Más grave es el reconocimiento jurídico, no de la libertad, sino de la opresión, como sucede en leyes aprobadas en algunas comunidades autónomas de España: se invierte la carga de la prueba ante la acusación de personas pertenecientes a minorías antes discriminadas, ahora autoritarias. Las víctimas se han transformado en verdugos, sin que nadie, que yo sepa, haya acudido al Tribunal Constitucional, con su dilatada jurisprudencia en defensa del derecho a la información. Limitarlo sería tanto como reducir o impedir la convivencia democrática.

Tengo experiencia personal: sólo por mucha fortuna pude demostrar que no estaba en Madrid cuando un juzgado de plaza de Castilla me citaba amenazadoramente por una denuncia policial –basada en la errónea anotación de una matrícula de coche- nada menos que de haber robado cobre, con nocturnidad, en unas obras de Getafe o Leganés, no recuerdo… Pero eso no es nada ante leyes locales, que ahora se intentan llevar en el Parlamento al conjunto de España.

En buena medida, esta tendencia reductiva procede de Estados Unidos, como si hubiera olvidado la magnitud de la Primera Enmienda de su Constitución. Por eso, me alegra comprobar que se está produciendo una sólida reacción. No me refiero a política, partidos ni elecciones. Sino a los campus universitarios, y concretamente a Berkeley.

No pude entender en su día que en ese campus de la Universidad estatal de California se cancelasen invitaciones o se produjeran tumultos para evitar intervenciones de personas relevantes. Allí, cuatro años antes del mayo del 68 francés, se habían ganado amplias batallas de libertad cultural y social. Mario Savio se hizo famoso en el mundo al frente del movimiento por la libertad de expresión.

El detonante del cambio puede estar en los disturbios, con gran violencia física, que encendió el campus el año pasado como protesta universal contra una intervención de un conservador más bien agresivo, Milo Yiannopoulos, ex-editor de Breitbart. Hubo muchos destrozos, pero las autoridades académicas acusaron a grupos de activistas ajenos a la universidad. Un año antes, la supuesta corrección política se había cebado con una mujer, Ann Coulter.

El canciller del campus de, Carol Christ, viene fomentando debates intelectuales entre conservadores y liberales: discusiones más o menos serenas dentro de las disparidades ideológicas. Han surgido grupos estudiantiles que promueven el diálogo cívico. El rectorado ha modificado las directrices sobre libertad de expresión en la universidad, tras las conclusiones de una comisión académica ad hoc. El principal cambio en las reglas (de carácter experimental) pretende reducir la posible práctica de la “interrupción” de los discursos contrarios. Por su parte, los invitados procuran evitar enfoques o críticas que puedan resultar hirientes.

El portavoz de Berkeley reafirma el inquebrantable compromiso de la universidad con la Primera Enmienda, apoyo firme de la libertad de expresión en Estados Unidos. Manifiesta también idéntica confianza con las organizaciones estudiantiles, con independencia de la orientación de cada una. Desde esas premisas, subraya la necesidad de difundir con libertad las opiniones, evitando las provocaciones o la mera propaganda.

Parece importante que las autoridades académicas y los líderes de las asociaciones de estudiantes resistan con valentía ante la agresividad de diversas posturas enfrentadas entre sí, con tendencia a la radicalización. En muchos aspectos sociales, no sólo políticos y económicos, se está produciendo una crispada división sin precedentes, con sus inquisiciones y sus fatwas criminalizadoras. Para recuperar la concordia, es preciso superar el actual macarthismo, ahora de signo contrario, limitando también el supremacismo que evoca viejos tiempos del Ku Klux Klan. Parte de la función social de la universidad es mantener su condición de lugar por excelencia de la libertad intelectual, la investigación y el diálogo.

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