Opinión

Por la libertad de expresión en las universidades de Estados Unidos

Universidad de Princeton.
photo_camera Universidad de Princeton.

El pensador americano Robert George, profesor de Princeton, intervino recientemente en un simposio sobre derechos fundamentales y conflictos de derechos, organizado en Roma por la Fundación Joseph Ratzinger-Benedicto XVI y la universidad privada de Roma LUMSA, con motivo del 70º aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos y del 20º de la concesión del doctorado honoris causa a Joseph Ratzinger por parte de esa universidad.

Al leer crónicas y entrevistas, he recordado una de las luchas protagonizadas por él, en defensa de los derechos civiles clásicos, amenazados en tantos campus americanos por la imposición de la corrección política, defensora de unos derechos humanos de última generación que son más bien un cáncer de esas libertades.

Robert George participa de la vieja y nueva convicción que separa deseos y derechos. Le parece absurda la imagen actual de que “desear algo lo transforma en un derecho”. La entrada en el catálogo de los derechos humanos requiere “una reflexión disciplinada sobre la naturaleza, la dignidad y el bien de la persona humana”, inseparable de las exigencias de la justicia y del bien común. Se trata de racionalizar el concepto, frente al predominio de la teoría voluntarista del derecho, que acaba conduciendo al “iliberalismo” propio de tantas manifestaciones recientes de populismo: su fundamento coincide radicalmente con los sedicentes progresismos que están empobreciendo las universidades americanas, como anticipó Allan Bloom hace treinta años. “La idea de obligaciones morales no elegidas -una idea de la que depende en gran medida la auténtica solidaridad- se vuelve incomprensible y se percibe como una imposición arbitraria”. A la vez, es sustituida coactivamente por nuevos derechos, impuestos como deberes.

El reduccionismo aparece netamente en el ejercicio de la libre expresión en el ámbito académico. George justifica el derecho a la libertad de opinión desde la radical protección de valores esenciales, como la búsqueda de la verdad, dentro de una convivencia democrática. Lo expresó breve y claramente el año pasado en una declaración que formuló con su amigo y colega, Cornel West, profesor de Harvard, con quien, de otra parte, está lejos de coincidir en todo.

Situó el documento en https://jmp.princeton.edu/statement, donde se puede consultar y adherirse a la masa ingente de firmantes. Responde a un problema real, que se ha intentado atajar también con la “declaración de Chicago”. El movimiento se abre paso poco a poco, a pesar de la terrible presión –no exenta de amenazas y violencias físicas- de lo políticamente impuesto, también presente, por desgracia, en centros académicos españoles.

La tragedia del voluntarismo es que impide el diálogo intelectual. Se suceden acciones y reacciones entre –por simplificar- izquierda y derecha, que se descalifican mutuamente, sin analizar razones. Se sustituye el intercambio de razones por una especie de lucha para imponer la ideología: hace imposible el discurso civil, el debate respetuoso, valorado cada vez más como algo indeseable. Porque ni unos ni otros buscan la verdad, sino la victoria, sin escatimar ningún medio. Se llega, en expresión de George, a “una pesadilla nietzscheana”.

Si en alguna parcela de la realidad se puede y se debe superar el problema es en la universidad. En su declaración conjunta, George y West sintetizan sucesos recientes. Lamentan que las personas traten de inmunizarse de las críticas contra las opiniones dominantes en sus comunidades particulares. A veces lo hacen cuestionando intenciones y estigmatizando a los disidentes; o interrumpiendo sus discursos; o exigiendo que sean excluidos de un campus o, si han sido invitados, se cancele su presencia. A veces, los estudiantes y académicos dan la espalda a oradores cuyas opiniones no les gustan, o simplemente se retiran y se niegan a escuchar a aquellos cuyas convicciones ofenden sus valores. “Por supuesto, el derecho a disentir pacíficamente, incluso en los campus, es sacrosanto”. Pero cada uno debería preguntarse antes: “¿No sería mejor escuchar con respeto y tratar de aprender de un orador con el que no estoy de acuerdo? ¿Podría servir mejor a la causa de la búsqueda de la verdad involucrarle en una franca discusión civil?”

De ahí el énfasis de lo constructivo en la declaración conjunta: “debemos tratar de relacionarnos respetuosamente con personas que desafían nuestras opiniones. Y debemos oponernos a los intentos de silenciar a aquellos con quienes no estamos de acuerdo”. Recuerdan la enseñanza de John Stuart Mill: “reconocer la posibilidad de estar en un error es una buena razón para escuchar y considerar honradamente -y no simplemente para tolerar a regañadientes-, puntos de vista que no compartimos, e incluso perspectivas que encontramos chocantes o escandalosas”. Es más, la confianza de tener razón sobre un asunto discutido, “compromete de manera seria y respetuosa a profundizar, con las personas que no están de acuerdo, en la comprensión de la verdad, y agudiza la capacidad de defenderla”.

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