Opinión

Límites a la libertad expresión en la Sorbona: Esquilo censurado

Universidad de la Sorbona.
photo_camera Universidad de la Sorbona.

No resisto la tentación de reincidir en la defensa de la libertad ideológica, tan amenazada por lo políticamente impuesto (antes, correcto). Cuando en los Estados Unidos avanza una reacción favorable en importantes centros universitarios, leo una sorprendente noticia, que viene nada menos que de París y de la mítica Sorbona, como se sigue llamando a la universidad más antigua de Francia, aunque la tecnocracia la condensó en París-IV, salvo error por mi parte.

No sé si se seguirá estudiando la historia de la literatura universal, que comenzaba en mis tiempos con los clásicos griegos, incluido el teatro tras las imperecederas epopeyas: Esquilo, Sófocles, Eurípides. La tragedia de Las Suplicantes de Esquilo inició la más antigua trilogía, escrita en el siglo V antes de Cristo. Desembarcan en Argos las cincuenta Danaides, las hijas de Dánao, lideradas por su padre. Huyen de los hijos del rey de Egipto, que pretenden obligarlas a un matrimonio forzado. Visto con óptica actual, sería el primer drama feminista: un canto a favor de la libertad, aun con riesgo de provocar conflictos políticos, en este caso, la guerra de Argos con los egipcios, derivada de la liberal hospitalidad del rey Pelasgo.

Pero los responsables de la puesta en escena en el anfiteatro Richelieu de la Sorbona no podían prever que los antirracistas forzaran violentamente la cancelación de las representaciones, acusadas de propagar el odio. La causa: el uso de máscaras por los personajes, según la práctica del teatro clásico; con la particularidad de que eran negruzcas algunas de las que ocultaban rostros de mujeres egipcias.

Los activistas de una Liga de Defensa Afroamericana y del Consejo de Representantes de asociaciones negras denunciaron el drama, evitaron la representación y pidieron una disculpa de la universidad y la celebración de una “conferencia de reeducación” sobre la historia del blackface, presidida por las autoridades académicas. Más sorprendente aún para mí ha sido el apoyo de la gran asociación de estudiantes Unef, que acusa a la universidad de perpetuar modelos racistas en un momento histórico en que se detectan acciones racistas en el conjunto de la nación francesa.

Menos mal que, aunque tardaron casi dos días en reaccionar, Frédérique Vidal, ministro de Educación, y Franck Riester, ministro de Cultura, criticaron lo sucedido, calificándolos como “un ataque sin precedentes a la libertad de expresión y creación en el espacio académico, que es contrario a todos los valores universitarios y a los principios republicanos”.

Dentro del debate sobre el multiculturalismo de finales del siglo pasado, Francia destacó siempre por la defensa del universalismo, al que deberían someterse siempre los llamados “comunitarismos”. Forma parte del más amplio “laicismo”, sancionado en la propia Constitución, que define formalmente a la República como laica. A juicio del responsable de esta versión de Las Suplicantes, Philippe Brunet, respetado helenista, que aduce ejemplos bien reales que le alejan de toda sospecha de racismo, los activistas rompen, por desgracia, “con la tradición universalista de Francia”.

Los diversos comunitarismos tienden hoy a jugar el papel de víctimas, y se transforman con facilidad en verdugos. Con o sin violencia física, practican una asfixiante censura en defensa de posiciones no siempre ni mucho menos suficientemente justificadas intelectualmente. Se sigue dando una especie de reflejo cultural automático ante las censuras procedentes de las Administraciones públicas, las grandes empresas, la extrema derecha o las religiones tradicionales. Pero resulta cada vez más paralizante el silencio ante las opresiones de ese tipo de minoría visceral que no atiende a razones.

Al cabo, la práctica de las blackfaces fue claramente racista en los Estados Unidos en el siglo XIX: los blancos se embadurnaban el rostro para burlarse de los negros. Pero aplicar esa repulsa a las máscaras clásicas no deja de ser un anacronismo irracional. Delito –con agravante quizá de odio- sería más bien la censura violenta de la libertad de creación artística.

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