Opinión

La lucha contra las armas nucleares

En el acto conmemorativo celebrado el 9 de agosto en esta última ciudad, el primer ministro, Schinzo Abe, renovó solemnemente la voluntad de Japón ‑único país del mundo golpeado por la bomba atómica‑ de sostener el movimiento mundial contra esas armas letales.

Por paradoja, asistían a los actos la embajadora estadounidense en Japón, Caroline Kennedy, y la subsecretaria de Estado de EE.UU. para el control de armas y la seguridad internacional, Rose Gottemoeller. No faltaban otros representantes de potencias nucleares como Reino Unido, Francia y Rusia. El alcalde de Hiroshima, Kazumi Matsui, pidió el día 6 a los gobernantes de los grandes países del mundo que "trabajen incansablemente para lograr un mundo libre de armas nucleares". Y aludió a la posibilidad de “ofrecer un mensaje conjunto sobre la abolición del armamento nuclear” en la cumbre del G7 convocada el año próximo en Shima (centro de Japón).

No será fácil, pues la mayor parte de las grandes potencias siguen aferradas a la doctrina de la disuasión nuclear. Es más: la crisis económica ha supuesto un enfriamiento de las expectativas de paz mundial derivadas del entusiasmo por la globalización. El trato de no proliferación se aplica de hecho a los Estados que carecen aún de ese tipo de armamento, como se ha visto los últimos años en las gestiones laboriosas con Irán, que culminaron en los acuerdos de julio: recibidos favorablemente en los medios, son reticentes muchos senadores y representantes norteamericanos; está en peligro la ratificación de lo convenido; la suspicacia no afecta sólo a Teherán.

La doctrina de la disuasión se muestra cada vez más obsoleta, una vez superados los tiempos de la guerra fría, y a pesar del conflicto con Rusia, como consecuencia de los embargos derivados de Crimea y Ucrania. No parece que contribuya en nada a la solución de los conflictos regionales en África o en Oriente Medio. Como tampoco sirve para el gran combate cósmico impuesto por la expansión del terrorismo islamista. Ni para las consecuencias del crecimiento de ataques informáticos a escala planetaria, como el que sufrió no hace mucho la gran empresa Sony.

En un discurso sobre este problema, a finales de febrero de 2015, el presidente francés subrayaba, dentro de la política nuclear no modificada desde los tiempos del general De Gaulle, que las armas nucleares no tienen lugar en el cuadro de una estrategia ofensiva; sólo se justifican en términos defensivos. François Hollande reafirmó solemnemente que Francia no utilizará armas nucleares contra los Estados no dotados de esas armas, firmantes del tratado de no proliferación y que respetan sus obligaciones internacionales frente a las armas de destrucción masiva. Con estos principios, la diplomacia francesa ha actuado decididamente en las conversaciones con Irán. Pero sin la necesaria firmeza –ajena también al presidente Barack Obama‑ para frenar los propios intereses industriales.

A finales de 2014 se celebró en Viene una conferencia sobre el impacto humanitario de las armas nucleares. Cada vez se sostiene menos ética y políticamente ese tipo de armamento. Lo subrayó el papa Francisco en un mensaje dirigido al ministro austriaco Sebastian Kurz. Ahí se leía en concreto: “La disuasión nuclear y la amenaza de destrucción mutua asegurada no pueden ser la base de una ética de la fraternidad y la convivencia pacífica entre los pueblos y los Estados. Es tiempo de contrarrestar la lógica del miedo con la ética de la responsabilidad, para promover un clima de confianza y diálogo sincero. Gastar en armas nucleares dilapida la riqueza de las naciones. Dar prioridad a este tipo de gastos es un error y un derroche de recursos que sería mucho mejor invertir en los sectores del desarrollo humano integral, la educación, la salud y la lucha contra la pobreza extrema. Cuando se despilfarran estos recursos, los pobres y los débiles que viven en los márgenes de la sociedad pagan el precio”.

Por su parte, Barack Obama, tras el acuerdo con Teherán, ha puesto en marcha una campaña para conseguir el apoyo parlamentario en favor del tratado. Tiene que contrarrestar la del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahou, que considera ese acuerdo un grave peligro no sólo para su país, sino para la estabilidad mundial.  En su discurso en la American University de Washington usó como referencia la guerra de Irak: la aprobación del pacto con Irán sería la decisión política más importante desde que el Congreso apoyó en 2002 la ofensiva decretada por George W. Bush.

El mundo espera que los políticos de Washington recapaciten, y antepongan los intereses de la paz mundial a la ya próxima contienda electoral. Rechazar el tratado con Teherán significaría en la práctica primar la carrera hacia las armas nucleares.

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