Opinión

Ante el parón del crecimiento económico, se buscan paradigmas sobrios

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Después de medio siglo, el club de Roma vuelve a levantar cabeza. Su apuesta en la mitad del XX por el crecimiento cero, resurge en estos tiempos de crisis. Quizá por esto se ha reeditado el clásico y criticado informe Meadows.

En aquella época preocupaba quizá por encima de todo el boom demográfico, el miedo cerval a que el planeta tierra no pudiera alimentar a la creciente población. No se atendía entonces a voces proféticas como las de Colin Clark o Alfred Sauvy: la gran amenaza del futuro no era el exceso de habitantes, sino su envejecimiento. China, por ejemplo, lo sufre ahora en su propia carne, tras años de imponer la autoritaria política del hijo único.

El viejo término de sobriedad aparece cada vez más en estudios económicos. Se trata de un planteamiento menos ético de lo que parece a primera vista, pero con ecos, sin duda, de planteamientos estoicos y epicúreos, que –como rasgo propio de la postmodernidad- se entremezclan con los clásicos en el trasfondo de una cultura individualista que no deja de innovar. Como describe Juan Meseguer en Aceprensa, no dejan de aparecer macrotendencias que hacen pensar sobre el tipo de sociedad que tenemos… o querríamos tener.

Una cuestión decisiva es conseguir armonizar los distintos relojes del crecimiento económico: se impone afrontar las desigualdades desde perspectivas no igualitarias, impropias éstas de una sociedad compleja incompatible con estereotipos que llevan al fracaso.

Los dilemas surgen no sólo cuando se observa más de cerca a los países menos desarrollados: allí amplias franjas de la población malviven en auténtica pobreza, muy lejos de los mínimos de la educación básica o la asistencia médica primaria para todos.

También en el mundo desarrollado persisten importantes diferencias: no sólo por las inevitables cualidades personales; también entre las diversas capas sociales, en regiones con distintas circunstancias geográficas, o en las distancias entre niveles urbanos o rurales.

Si hay neta distinción de posibles objetivos sociales –también por razón ideológica-, no son menores las diferencias de motivación, a veces no fácilmente reconciliables. Al cabo, la sociología es tan compleja como la psicología humana. Se observa, por ejemplo, en la cooperación al desarrollo, no necesariamente altruista: no pocos la propugnan como modo de mantener el propio nivel, que se reduciría si disminuyese –algo de esto pasa ya hoy- la actividad económica global.

Pierre de Coubertin idealizó los juegos olímpicos modernos, plenos de ritos organizativos y de criterios éticos en la competición. Pero cuando le preguntaban a Juan Antonio Samaranch por qué no se incluía en las olimpiadas un determinado deporte, contestaba lisa y llanamente: -No da bien en televisión. Tal vez con el avance tecnológico todo pueda dar ya bien en pantalla: el problema se traslada al número de seguidores y a las perspectivas publicitarias. 

De hecho, los deportistas se profesionalizan. Los gobiernos invierten en la formación y entrenamiento de los atletas de élite. Hombres de fortuna o fondos de inversión compran y traspasan equipos de fútbol, aunque sigan siendo valorados por sus seguidores como una auténtica institución ajena al mercantilismo..., mientras reivindican participación en las decisiones.

 

Como se ha escrito recientemente a propósito de la compra del Red Star, club de fútbol francés fundado en 1897, no todo puede convertirse en víctima sacrificada en el altar del beneficio. Aunque, para quienes deifican al Estado, no es ocioso recordar que los mayores escándalos del dopaje deportivo no tuvieron como protagonistas a atletas, jugadores o clubs, sino a las autoridades gubernativas de sistemas comunistas.

Hasta en la gran tarea de difusión universal de la música clásica -¿cómo no recordar la inauguración de eventos deportivos o conciertos del tipo “tres tenores”?-, no faltaba el indispensable propósito empresarial con su ánimo de lucro.

No será fácil conseguir el equilibrio entre crecimiento y sobriedad. Hace falta visión de conjunto, así como, simplemente, flexibilidad para aplicar el ánimo de lucro que sigue siendo el motor liberal de la economía. Pero son ya demasiados los indicios –no sólo ecológicos- contrarios al crecimiento por el crecimiento.

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