Opinión

El presidente Erdogan derrotado de nuevo en Estambul

Recep Tayyip Erdogan
photo_camera Recep Tayyip Erdogan

Los hechos son conocidos. Pero se impone pensar sobre las consecuencias para el futuro de Turquía. Solía decirse que gobernar la gran ciudad histórica -centro social, económico y cultural del país- significa mandar en todo el país antes o después. De hecho, la fulgurante carrera política del presidente Recep Tayyip Erdogan comenzó como alcalde de Estambul en los noventa. De ahí su empeño en no perderla, recurriendo a la fórmula de invalidar unas elecciones legítimas y ordenar repetirlas. Mutatis mutandis, tenía experiencia positiva de las legislativas de 2015, cuando su partido no consiguió mayoría absoluta en la primera "vuelta".

Ahora, la repetición de los comicios municipales de Estambul ha llevado a la mayor derrota política de Erdogan, con la amplia victoria del candidato de oposición, Ekrem Imamoglu: una diferencia de diez puntos, a pesar de los recursos estatales a favor del candidato oficial. El fracaso del representante del partido de la justicia y el desarrollo (AKP) supone el fin de veinticinco años de dominio en la ciudad, así como del aura de invencibilidad del presidente, con la consiguiente debilidad de su control del poder político en Turquía. Y suscita grandes esperanzas para los defensores de la democracia.

En las municipales de marzo, AKP perdió también varias ciudades importantes, incluida la capital, Ankara. Entre las causas está la crisis económica, con crecimiento del desempleo y aumento de la inflación, así como las quejas cada vez más generalizadas contra la corrupción del sistema y su tendencia al totalitarismo.

Las primeras declaraciones de Imamoglu fueron conciliadoras respecto del presidente, y subrayaron la legitimidad de la democracia turca. Pero el apoyo recibido por la alianza de partidos de oposición muestra el rechazo a la deriva autoritaria de Erdogan. Podría llevar a la convocatoria de elecciones anticipadas a finales de este año o en 2020.

Entretanto, aunque Erdogan reconoció inicialmente el triunfo del candidato de la oposición, amenazó pronto de la posibilidad de inhabilitarlo judicialmente por un presunto insulto a un gobernador regional, durante discusiones en la campaña. Imamoglu niega los hechos, pero la amenaza es real: “Si la justicia lo decide, su alcaldía será revocada”, dijo Erdogan en una entrevista televisada en directo. Y es bien conocida la falta de independencia del poder judicial tras las reformas partidistas del actual presidente.

En su caso, confirmaría el clima de miedo y represión que se vive en el país en los últimos años, tras purgas masivas y procesos manipulados. Quizá Erdogan advierta que esas prácticas son rechazadas, especialmente por la joven generación que no ha conocido otro gobierno que el intrusivo de AKP en todos los ámbitos de la vida social. Aunque existe el riesgo de que se empecine en una lucha sin cuartel, para asegurar la supervivencia personal en la política.

Ihsan Eliaçik, musulmán marxista y teólogo atípico, condenado hace un año por “incitación al terrorismo”, concedió una entrevista publicada por Le Monde el 28 de junio: considera que, cuando llegaron al poder a comienzos de siglo los islamo-conservadores, habían suscitado el mismo pálpito de esperanza que transmite hoy Ekrem Imamoglu, del partido popular republicano (CHP), el partido del padre fundador de la Turquía moderna, Kemal Atartuk. Erdogan “estaba entonces en perfecta sintonía con su pueblo, prometiendo pluralismo, libertad, prosperidad y reformas. Sus discursos carecían de ideología, lo que le permitió reunir a los conservadores, parte de la izquierda, los kurdos, eminentes intelectuales. Diecisiete años más tarde, el reis (el "jefe") ha perdido su toque mágico en beneficio de Ekrem Imamoglu, convertido en el nuevo favorito de la escena política turca en pocas semanas”.

Pero será necesario que éste consolide su posición confirmando las expectativas suscitadas: un objetivo nada fácil, si se tienen en cuenta las dificultades del gran Estambul, con unos quince millones de habitantes, en medio de unas cifras tremendas de inflación y desempleo y continuas denuncias de corrupción. Necesitará que el gobierno central no trabaje en su contra; al contrario, será precisa su ayuda para abordar con eficacia problemas graves como los del transporte público, la contaminación o la necesidad de cumplir en la construcción las normas antisísmicas.

Por otra parte, se especula sobre los vientos de división que crecen dentro de AKP, con rumores serios sobre la ruptura con Erdogan de políticos de máximo nivel. Abonan la posibilidad de que los disidentes se unan a la oposición para apoyar un nuevo referéndum y derogar los poderes amplísimos de que goza el actual presidente desde 2017.

La solución de futuro se complica con el distanciamiento de Turquía respecto de aliados occidentales, como Alemania o Estados Unidos, que contribuirían –junto con las entidades financieras internacionales- a superar la actual crisis económica. En la cumbre del G20 en Osaka, Erdogan habría confirmado los acuerdos con Putin sobre el sistema de antimisiles de última generación, así como en materia de turismo. Por su parte, Trump afirmó que es “complicada” la respuesta a una situación, de la que hace en parte responsable a Obama, pero no excluye sanciones a Turquía. Demasiadas incertidumbres para el presidente Erdogan y la paz en el mundo, comenzando por Siria.

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