Opinión

Un tercermundismo africano de veras preocupante

Medicos occidentales tratando a pacientes con Ébola en África.
photo_camera Medicos occidentales tratando a pacientes con Ébola en África.

Daba vueltas a la inquietante situación de Costa de Marfil y de la República del Congo, derivada en cierta medida de la falta de consolidación del estado de derecho y de la cultura democrática. Y me he reafirmado en la importancia, también ética, de cumplir los procedimientos establecidos, para no volver a la selva.

            En esos dos países africanos se advierten serios riesgos de nuevas confrontaciones bélicas. No es el caso de Cataluña –no sabemos cómo valorará jurídicamente el Tribunal Supremo las carreras y zarandeos violentos de hace más de un año-, pero me parece una gran inmoralidad, al margen de las consecuencias, que las autoridades se empeñen en hacer propaganda partidista en lugares que deberían estar abiertos a todos. El desprecio –quizá inédito- a las decisiones de la Junta Electoral refleja un temple poco democrático, de escasa talla ética, un tanto tercermundista, impropio de Cataluña: no se lo merece. Lo digo positivamente, también desde mi condición de doctor en derecho por la Universidad de Barcelona.

            En la República del Congo no se pudieron celebrar elecciones en su día, por falta de seguridad, en algunas regiones como Beni, Butembo y Yumbi, afectadas por la epidemia del Ébola y por la presencia de grupos armados, que no permitían acudir a las urnas con seguridad. Hubo sospechas de manipulación electoral a las que me referí en su momento. Pero da la impresión de que se han acatado pro bono pacis los resultados proclamados por la CENI (junta electoral independiente).

            Pero, ahora, el nuevo presidente, Félix Tshisekedi, ha ordenado la suspensión de la toma de posesión de los senadores y el aplazamiento de la elección de gobernadores, teóricamente por su deseo de combatir la corrupción: pidió al Fiscal General del Tribunal de Casación que realizara investigaciones contra los corruptores y corruptos denunciados durante el curso de las elecciones para el Senado. Comunicó sus decisiones al término de una reunión interinstitucional con la presencia de los presidentes y fiscales del Tribunal Constitucional y del Supremo, el Consejo de Estado, y el Tribunal Superior Militar. También asistían los Presidentes de la Asamblea Nacional y del Senado, el Primer Ministro y el Director del gabinete del Jefe de Estado, así como, en calidad de invitados, el presidente y vicepresidente de la CENI.

            Entretanto, la república no se libra de la sombra del ex-presidente Joseph Kabila, que alargó la convocatoria de elecciones hasta que no pudo más: su coalición, el Frente Común por el Congo (FCC), ganó 20 de las 24 presidencias de las asambleas provinciales el 11 de marzo, lo que limita el margen de maniobra de Félix Tshisekedi y su gobierno en las provincias. Todas estas noticias no son precisamente tranquilizadoras para quienes confiaban en la normalización democrática del antiguo Congo belga.

            También llegan noticias inquietantes de Costa de Marfil: a medida que se acercan las elecciones presidencias de 2020, aumentan las tensiones y se intensifica la crispación. No es ajena a la situación la decisión salomónica del Tribunal Penal Internacional de La Haya sobre el expresidente Laurent Gbagbo, teóricamente absuelto, pero todavía privado de libertad. El líder del Partido Democrático, Henri Konan Bédié –presidente de la república desde 1993 a 1999-, no cesa en sus invectivas contra el actual, Alassane Ouattara. Las respuestas oficiales, a través del partido en el poder le reprochan con dureza pronunciar "declaraciones odiosas, tribalistas y chocantes".

            Las tensiones se agudizaron a comienzos de marzo, ante la elección de un nuevo Presidente de la Asamblea Nacional, tras la dimisión del líder histórico Guillaume Soro, forzada por el propio Ouattara. Los analistas africanos temen la vuelta a las batallas del final del siglo XX entre Bédié y Ouattara, que tanto daño hicieron al país: identidad marfileña como justificación de exclusiones, violencia verbal, movilización sobre bases étnicas y regionales, instrumentalización de las autoridades tradicionales... La amenaza de nuevos conflictos armados se cierne sobre el país antes de las elecciones del 2020, dentro de un clima de no consolidación de las instituciones políticas democráticas configuradas por la constitución de 2011.

            Sólo cabe confiar en que sirva de lenitivo la recuperación económica. Abundantes inversiones han permitido modernizar las infraestructuras viarias y portuarias. Existe un efectivo progreso económico y social, limitado por las excesivas desigualdades, aunque crece una clase media, atendida por las grandes cadenas de distribución, sobre todo francesas. Pero la inestabilidad política es un serio factor de riesgo para la seguridad y prosperidad del país.

            Cómo no recordar los tiempos de Felix Houphouët-Boigny, auténtico estadista que condujo con firmeza el país desde la descolonización en 1960, hasta su muerte en 1993, con un programa sencillo y ambicioso, pero realista: “alimentar, educar, cuidar”. La tragedia marfileña es que ese legado se cuestionó desde 2010 y provocó miles de muertos. Y los demonios familiares parecer volver al ataque diez años después: en el umbral de un evidente desarrollo, Costa de Marfil podría volver al tercermundismo como consecuencia de la crisis actual de liderazgo.

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