Opinión

Turquía, un gigante con pies de barro

Comencé a pergeñar estas líneas cuando se celebraba la gran final europea del baloncesto que, como viene ocurriendo con frecuencia, refleja la preeminencia de equipos españoles, griegos y turcos. Otras temporadas fue el Fenerbahce de Estambul; ahora se ha alzado con el triunfo su rival en la capital histórica, el Efes, que ganó al Real Madrid por un solo punto de diferencia. Ahí siguen, aunque en tantos otros campos lo turco se distancia cada vez más de lo europeo: el presidente Recep Tayyip Erdogan, con su arcaico partido confesional, y las no lejanas reformas constitucionales, ha convertido Turquía en una república islámica que, por paradoja, sigue formando parte de la OTAN, aunque cada vez más lejos del estado libre y laico creado por Kemal Atartürk.

No es necesario insistir en las peculiaridades geopolíticas de Turquía, inmemorial paso obligado entre oriente y occidente, amenazado en las últimas décadas por el terrorismo yihadista y las eventuales acciones violentas de los autonomistas kurdos, opuestos al liderazgo de Erdogan en la órbita musulmana. Pero la evolución política y económica induce a pensar que esas dificultades han servido al presidente para afianzar su autocracia con una creciente represión, indispensable para mantenerse en el poder, frente a la creciente oposición cultural y urbana de las grandes ciudades.

Su lucha por el poder incluye una radical kurdofobia, que le sirve también de comodín en el juego internacional, sea para justificar su presencia en Siria o, ahora, para rechazar el ingreso de Suecia en la OTAN. Erdogan ha mostrado cierto cinismo, próximo al chantaje, en conflictos precedentes: los más llamativos quizá, las crisis de refugiados de los últimos tiempos, y el objetivo de instaurar una zona de seguridad al norte de Siria, para proteger su frontera del "terrorismo kurdo", que niega el afán de independencia de un pueblo repartido entre diversos Estados del Oriente Próximo.

Terrorismo por terrorismo, los kurdos sirios son aliados de occidente contra el yihadismo: Ankara criticará a Washington por esa colaboración, porque no se podría combatir a un grupo terrorista con otro.

La lucha contra el terrorismo kurdo ha vuelto a aparecer ahora, ante la solicitud de ingreso en la OTAN por parte de Finlandia y Suecia. Ankara acusa sobre todo a Estocolmo de haber concedido asilo a terroristas del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) y del YPG, grupo kurdo que luchó contra el ISIS en Siria. En realidad, existe en el país nórdico una amplia inmigración desde los 80, hasta el punto de que cinco parlamentarios suecos son de origen kurdo.

La posición turca presenta una notoria ambigüedad: no se ha sumado a las sanciones contra Rusia, quizá porque depende mucho del gas natural, pero ha impedido el tránsito de buques de guerra por aguas turcas entre el Mar Negro y el Mediterráneo, y ha facilitado a Ucrania drones de alta precisión. Da la impresión de que el presidente Erdogan hace un juego calculador, sobre todo, en función de su permanencia en el poder, que no tiene asegurada ni mucho menos a pesar de las limitaciones de la libertad.

Muchos recuerdan su salto a la política nacional desde el ayuntamiento de Estambul: sueñan con que el actual alcalde repita la historia de Erdogan, y llegue a la presidencia nacional. En las municipales de 2019, Ekrem Imamoglu infringió una derrota histórica al candidato oficial (partido de la justicia y el desarrollo: AKP) y terminó con un cuarto de siglo de ediles islamistas. La muñidora del cambio fue la socialdemócrata Canan Kaftancioglu, líder del Partido Republicano del Pueblo (CHP) en la provincia de Estambul, que acaba de ser condenada por el Tribunal Supremo a cinco años menos un mes (no deberá ingresar en prisión por no tener antecedentes), por tuits difundidos entre 2013 y 2017.

A pesar de la represión política y jurídica, que confirma la corrupción también de la administración de justicia, crece la oposición al totalitarismo del sistema impuesto por Erdogan, especialmente agudizado tras el supuesto golpe de estado del verano de 2016, que dio lugar a purgas cuasi-estalinistas. Quizá el paradigma es otra parodia judicial que ha condenado a cadena perpetua a Osman Kavala, empresario y mecenas, mediador en las protestas contra el poder en 2013, tras casi cinco años de prisión preventiva.

En los últimos años se ha ido agravando –también por la coyuntura global- la crisis económica, con crecimiento del desempleo y aumento de la inflación anual, que supera actualmente el 70% y penaliza lógicamente a las familias más modestas. La subvención al pan en las grandes ciudades no es suficiente para reducir la sensación de impotencia ante la pérdida de poder adquisitivo. Además, da la impresión de que la política monetaria impuesta por Erdogan, a contracorriente de la tendencia mundial, está provocando aumento de precios de bienes indispensables para empresas, agricultores y familias, como energía, materias primas, medicamentos.

 

Las vacilaciones de Erdogan en sus relaciones con Putin, unidas a su intento de sacar máximo partido de su posición en la OTAN, están influyendo negativamente en la economía. Los inversores rehúyen la libra turca, que hace unos se depreciaba hasta casi 16 por dólar, su nivel más bajo desde diciembre (ha perdido un 16% frente al dólar desde principios de año): estos datos reflejan las serias dificultades económicas del país, con la consiguiente disminución de la maltrecha popularidad del presidente. Aunque tal vez se salve, si la oposición no consigue sumar fuerzas en torno a un candidato creíble, que no necesariamente es el actual alcalde de Estambul.

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