Opinión

La unidad en Palestina, obstáculo para acuerdos de paz con Israel

            A mediados de marzo se consideraba ya que las negociaciones de paz en Oriente Medio no tendrían éxito. A las dificultades conocidas, se añadía como obstáculo adicional la situación en Palestina: el grupo Hamas, que controla Gaza, acentuaba la rivalidad con Fatah, cuyo líder, Mahmud Abbas, viene presidiendo a trancas y barrancas la Autoridad Palestina, nacida en 1993 tras los acuerdos de Oslo, bajo los auspicios de Estados Unidos.

            Los problemas se agudizaron a partir de 2006, cuando ganó las elecciones legislativas el movimiento islámico. Al año siguiente, Hamas tomó el control de Gaza, con 1,7 millones de habitantes, algo menos de la mitad de los 2,5 gobernados por Fatah desde Ramala. Desde entonces, fracasaron los intentos de reconciliación entre los dos importantes partidos palestinos.

            La división impide en la práctica cualquier acuerdo entre la Autoridad y Tel Aviv, pues lo rechazaría casi la mitad de Palestina: Hamas se niega a reconocer al Estado de Israel. Ni siquiera sometido a referéndum, ese hipotético acuerdo sería ratificado con la oposición de los islamistas. Es más: lo más probable es que Hamas no permitiera la celebración de la eventual consulta.

            En ese contexto, se entendió la amenaza de Abbas de disolver la Autoridad Palestina ante el previsible fracaso de las negociaciones. No está claro contra quién iba la presión: Israel o Hamas. La Autoridad, a pesar de todo, es la responsable jurídica de la administración de los territorios. Si desapareciera, se convertirían en un "gobierno ocupado", bajo la autoridad de Tel Aviv. La medida provocaría un auténtico caos y plantearía un serio dilema a los donantes internacionales, sin los cuales aquella tierra no puede vivir. Además, previsiblemente, aumentaría la inseguridad, la violencia y el terrorismo.

            En vísperas de la fecha límite del 29 de abril, las conversaciones de paz seguían estancadas, sobre todo, desde que Israel se negó en marzo a liberar el último contingente de prisioneros. Abbas aceptaría prolongar las negociaciones hasta fin de año, pero con la condición de que Israel liberase a esos palestinos, congelase los asentamientos y se comprometiera a un debate formal sobre las fronteras. Como se sabe, los palestinos reclaman la vuelta a la situación de 1967, antes de la ocupación de la franja de Gaza y Cisjordania, tras la Guerra de los Seis Días.

            Cuando no se esperaba, una delegación de la OLP concluyó, en la noche del 22 al 23 de abril un acuerdo de reconciliación con Ismaïl Haniyeh,  jefe de gobierno de Hamas en Gaza. Prevé la formación de un ejecutivo de concentración nacional compuesto por tecnócratas dentro de cinco semanas, y la convocatoria de elecciones presidenciales y legislativas en seis meses. El texto no dice nada sobre cuestiones de seguridad, a diferencia de acuerdos precedentes. Para la unidad de Palestina, sería importante la fusión de los servicios de Hamas con los de Fatah en Cisjordania, y que la policía presidencial de Abbas pudiera desplegarse en la frontera de Gaza con Egipto.

            En todo caso, la gran duda es la viabilidad del pacto, habida cuenta de los fallidos precedentes de acuerdos firmados en El Cairo y Doha hace tres y dos años: intereses coyunturales prevalecieron siempre. Quizá ahora Abbas pretendiera sólo que Tel Aviv y Washington aceptasen la prolongación de unas negociaciones que concluyen con las manos vacías.

            Desde Ramala se confía mucho en los cambios de Egipto, con la caída de los Hermanos Musulmanes y la instauración de un régimen presidencial que, de momento, asegura el bloqueo de la franja de Gaza. Pero quizá no ha valorado suficientemente dos datos de hecho: la ausencia de la Yihad Islámica, cada vez más popular en Gaza –cuenta con ayudas de Hezbolá y de Irán‑, y la consideración de Hamas por Washington como organización terrorista.

            La opinión pública israelí desconfía de Palestina, aunque Mahmud Abbas anunciara oficialmente que el futuro gobierno formado por la OLP y Hamas descartará la violencia como medio de acción contra Israel. Pero Benjamin Netanyahu –el gran beneficiado de la crisis‑ pide más: el reconocimiento del país como “Estado judío”. Acusa de doble juego a Abbas y da por terminadas las conversaciones de paz. Y una vez más fracasa la diplomacia de EEUU, aunque la portavoz del Departamento de Estado valore lo sucedido en términos de transición, de fase de espera en la evolución de las partes en conflicto.

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