Opinión

El virus destapa la amplitud de la vulnerabilidad en el estado del bienestar

Escribiendo en el ordenador
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Pocos atendieron a los avisos que periódicamente se difundían sobre las deficiencias o quiebras del estado del bienestar, como si fuese algo adquirido para siempre y sin riesgos especiales. Así, en las discusiones de la vigente carta social europea, aparecía más el deseo de reflejar un mapa de lo conseguido que una hoja de ruta hacia el porvenir. Para críticos radicales, todo se reducía a una operación cosmética de la Europa de los mercaderes.

La magnitud de la pandemia hace aflorar las grandes virtudes ocultas de muchas personas, pero también la existencia de problemas sociales más serios de los que quizá pensábamos. Afectan a núcleos de población muy extensos, con notables diferencias lógicamente de unos países a otros, en función del desarrollo. Pero no hay una Arcadia feliz.

Querría repasar algunos de estos problemas, anotados según leía, para darle vueltas en tiempos de confinamiento. Escribo sin orden de preferencia: no hay jerarquía de valores; todos son importantes, porque afectan a personas singulares -no pocas, además. Excluyo de antemano, porque me parece ostensible, lo relacionado con los sistemas sanitarios y la lucha contra las enfermedades endémicas. A naciones de África, como el antiguo Congo belga, les llega el coronavirus cuando no acaban de salir de ébola, y siguen sin tener vacunas contra la malaria y enfermedades infecciosas, que causan un número incontable de muertos.

Alimentos. La tierra puede nutrir a muchos más habitantes que los actuales. Pero hay hambre en el mundo: porque no está resuelta la distribución. Así, en Estados Unidos, según informaba The Guardian,  los agricultores han de tirar parte de su producción -leche, huevos, pollos, verduras-, normalmente destinada a restaurantes, parques de atracciones o escuelas. A falta de posibilidades de transporte, los productos se destruyen: no hay modo de hacerlos llegar a países que sufren hambrunas.

Ancianos. Hace apenas dos años, plantearon en Francia un serio conflicto colectivo quienes trabajan en los Ehpad (establecimientos de albergue para personas de edad dependientes). Mucho se había avanzado, después de la ola de calor del verano de 2003, que produjo la muerte de casi veinte mil personas mayores. Pero las medidas han sido insuficientes; denotan una “indiferencia mórbida”, que planea sobre las 730.000 personas residentes en los diferente tipos de establecimientos privados o públicos que acogen a personas mayores, como señala la tribuna de un grupo de diputados y responsables de la salud: el diario Le Monde la publica con un título expresivo: “la situación actual de los Ehpad es un verdadero escándalo de Estado”. El manifiesto aparecía el día 13, cuando se habían contabilizado ya más de cinco mil personas muertas en residencias de ancianos por Covid-19. Días después, La Vanguardia se hacía eco de un estudio de la London School of Economics: en varios países europeos –incluida España– más de la mitad del total de fallecidos eran usuarios de geriátricos. La situación es un ejemplo dramático de la cultura del descarte tan criticada por el papa Francisco.

Trabajo “clandestino” y alojamientos precarios. No se trata sólo del típico servicio doméstico no dado de alta, que ha truncado la carrera de algún destacado político estadounidense. En los países desarrollados existe un vasto sector de independientes o trabajadores temporales no afiliados a la seguridad social: con frecuencia viven en situación de pobreza, hacinados en barriadas gigantescas e insalubres de las grandes ciudades. El actual confinamiento es casi letal para ellos, pues carecen de ahorros, viven al día. Será preciso establecer con urgencia programas del tipo “Bolsa Familia” de Brasil, o “Progresa” de México, que menciona François Bourguignon, antiguo economista-jefe del Banco Mundial. La solución resulta más complicada aún cuando afecta a inmigrantes. En todo caso, la universalización de la telefonía móvil y la posibilidad de la geolocalización –a pesar de su evidente peligro para derechos humanos básicos-, podrían facilitar soluciones a corto plazo, sin trabas burocráticas.

Franjas de población más vulnerables, como roms o afro-americanos. Nos hemos acostumbrado a convivir con realidades sociales que distan mucho de estar resueltas con un mínimo de humanidad. Pero descubrimos hoy que la voracidad del coronavirus puede destruir las cañadas reales en las metrópolis europeas o las barriadas predominantemente negras de grandes ciudades americanas. Según datos del Washington Post, parciales pero significativos, en Milwaukee los negros representarían el 70% de muertos, cuando son sólo el 26% de la población; en Chicago, 67 y 32, respectivamente; o en Luisiana, 70 y 32. Según cifras globales a 8 de abril, los afroamericanos representarían el 33% de hospitalizaciones ligadas a la pandemia, que sólo es del 13% para el conjunto de los estadounidenses. El propio Donald Trump ha reconocido que se trata de un “enorme desafío”. El coronavirus ha destapado lo que se sabía: existen serias diferencias de esperanza de vida –hasta nueve años menos- según el origen étnico y el nivel de pobreza.

Frente al repliegue identitario de algunos países desarrollados, se impone quizá reflexionar sobre individualismo y solidaridad, pensando en los propios nacionales y en la cooperación internacional. Hoy, muchos conflictos regionales están como aparcados, al menos informativamente. Pero, hacia el futuro, no se puede olvidar el desarrollo, como nuevo nombre de la paz, según el grito del papa Pablo VI hace más de cincuenta años.

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