Opinión

‘El Cardenal’ de Henry Morton Robinson – La novela grande del catolicismo

La sensación y el éxito que acompañaron a El Cardenal hace cincuenta años se volvieron largo olvido pero una relectura viene a explicar el porqué de aquel éxito, de aquella sensación, de tantas traducciones y ediciones. Un paseo por las librerías nos llevará a pensar con lamento en los tiempos en que los libros populares eran además los libros buenos, por contraste con la literatura de un solo uso, los catálogos de novelas que no va a leer nadie o los volúmenes impresos  para pulpa de papel.

Seguramente, a El Cardenal nada le pudo venir peor que su consideración como novela edificante cuando El Cardenal es ante todo una novela excelente, copiosa y ambiciosa, densa en alma y contenido humano; una novela con recovecos y meandros para perderse en la significativa ensoñación de la lectura. Entre los compromisos de los viejos novelistas estaban no abrumar y sí entretener, despertar el interés y la alerta de los lectores al plantear los temas abstractos que afectan a los corazones de los hombres a través de unos personajes de ficción que -en virtud de la ilusión- llegan a tomar la misma consistencia de los hombres.

Como quería esa vieja escuela, El Cardenal también nos habla de un tiempo y de un lugar, de una época que ya queda fijada en una novela que se corresponde con la definición de novela como historia íntima de las naciones. No habría desvalor en que El Cardenal fuese una novela edificante pero aquí no hablamos de un mensaje sino de una historia: he ahí, por otra parte, que en El Cardenal se trata a Dios como una realidad pero es que hasta anteayer eso era más común que el nihilismo. En esta orilla del Atlántico, Waugh diría que afrontar la relación de los hombres con Dios es de una naturalidad absoluta.

Pocos años después de El Cardenal, la Europa unánime se volcó a leer Siddharta tras aventar sus estéticos dolores desde los cafés famosos de París. El comunismo existía. Todo lo olvidamos demasiado pronto, igual que se olvidó en las librerías de viejo El Cardenal, desempolvado apenas para ver la versión cinematográfica de Otto Preminger. Al final, no es reaccionarismo sino ortodoxia el pensar que es por lo menos igualmente humano rezar una oración que aspirar cocacína o manejar una pistola, del mismo modo que la vida y la historia de un sacerdote pueden aportar a la literatura las complejidades más reales de un carácter.

La historia del sacerdote Stephen Fermoyle está escrita según la vida del Cardenal Francis Joseph Spellman, arzobispo de Nueva York, de tanta influencia en la definición actual del catolicismo norteamericano, poeta y hombre de Iglesia, pastor de su rebaño incluso frente a instancias políticas, amigo del presidente Franklin Roosevelt y enemigo –sólo intelectual- de Eleanor Roosevelt. Versátil para escribir los estudios más eruditos sobre Joyce o para la prosa fácil del Reader’s Digest, Morton Robinson delinea la vida de un Fermoyle recién egresado del seminario hasta su nombramiento para el Sacro Colegio Cardenalicio. Ahí transcurren tentaciones y aventuras, la presencia inevitable de la cruz, la respuesta de la fe. La historia de El Cardenal es la de Fermoyle y cuantos le acompañan: el bravo capitán Orselli, Ghislana Falerni como Venus fatal, sacerdotes santos y otros no tan santos, la familia como cuna de la alegría y también del dolor, la vida en la Curia y la vida en la parroquia más remota. Por estas páginas pasa también la sombra del cardenal español –tan fascinante- Merry del Val.

El cura Fermoyle está lejos de las tensiones interiores del “curé de campagne” de Bernanos: el humus espiritual del joven Fermoyle surge de una familia tan piadosa como natural, de ascendencia irlandesa, con la tendencia de catolicismo espiritualizante propia del lugar por aparente oposición –por ejemplo- al catolicismo de Sevilla. Es una piedad que hace que los conductores de autobús descubran su cabeza al pasar por la puerta de la iglesia. Quizá todo suene a formulismo preconciliar pero –en un ámbito más general- todavía está por hacer el elogio de lo que significaron la piedad y las distintas formas de devoción para Occidente, el sentido reverencial de una liturgia entendida como ostensión de lo invisible y que no en vano tiene sus continuidades en la pintura, en la música. Ese catolicismo familiar es vínculo y arraigo y piénsese en las familias de religiosidad recia y consistente que hicieron posible la estatura espiritual de un Juan Pablo II o de un Benedicto XVI. De un cardenal Fermoyle, en la literatura.  

El Cardenal será susceptible de una lectura ligera pero son muchas y son hondas las intuiciones y conjeturas que hay por dentro: la Iglesia entre dos guerras mundiales, la Iglesia entre Benedicto XV y Pío XII, el engranaje de la diplomacia vaticana, los debates –todavía y siempre- en torno a la relación Iglesia-Estado. Están el casamiento y la separación por motivos religiosos, los dramas asfixiantes del aborto, el racismo o la discriminación anticatólica como pecado original de la sociedad norteamericana. El Cardenal es ante todo la biografía espiritual de unos años de consolidación costosa del catolicismo norteamericano, dato con tantos rasgos de epopeya hasta su ascenso a religión que asume las mayores obediencias del país y que con los años verá a uno de los suyos como presidente sin temor a una sumisión vicaria al Vaticano. Ahí, el debate Iglesia-Estado se resuelve como mutua autonomía y libertad, según los postulados evangélicos en torno a lo que corresponde al César y lo que corresponde a Dios. Es algo que el catolicismo europeo vio como lección en la advenediza savia americana e importó de la otra orilla. De Roma a Boston y New York, es este el diálogo que se perfila en estas páginas a través de uno de los sacerdotes más genuinamente sacerdotes que han habitado la literatura.

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(“El Cardenal” tiene edición en la Bibliotheca Homo Legens)

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